martes, 6 de diciembre de 2016

Annemarie Schwarzenbach en busca del lugar feliz





Nuestra arqueóloga.





Le preguntó André Malraux a Annemarie que qué iba a hacer en Persia, a lo que ella contestó que estar muy lejos. Anne Marie Schwarzenbach era viajera y luego, todo lo demás, porque ese ir a otra parte continuo era fruto de una mezcla extraña pero muy entendible de feroz autonomía y temor a la soledad. Escritora, fotógrafa, periodista,  arqueóloga y adicta a la morfina son los otros títulos que acarreaba esta mujer suiza que acabo de descubrir a través de un pequeño libro llamado El valle feliz editado por La línea del horizonte.




“Es que yo no soy una arqueóloga. No tengo profesión. Y podría haber ejercido todas las profesiones. Y haber pasado por todas las ciudades y haber vivido en todos los países. Pero yo no hago tratos conmigo misma: el precio a pagar a cambio de una “buena vida” era demasiado alto.”


En Francia tiene editados  una docena de libros. Incluso en 2015 se realizó un documental  llamado Je suis Annemarie Schwarzenbach (Véronique Aubouy). En España junto con el que tengo entre manos, la editorial Minúscula tiene editados otros cuatro. Y creo que poco más. Su obra consta de novelas, relatos, poesía, artículos y recopilación de cartas. Podría haber sido mayor lo que nos quedase, pues su madre, tras su muerte en 1945, destruyó buena parte de su obra y correspondencia. ¡Ay esas madres! Esas madres generadoras de tanta angustia cuando no acogen al ser que trajeron al mundo… Otra escritora cuya obra también acabo de descubrir, que ofrece en casi su totalidad una obra autobiográfica es Violette Leduc, que tiene en común con Annemarie ese perfil materno, esa lucha feroz consigo misma y la estancia en algún sanatorio mental. “Mi madre nunca me dio la mano” reconoce y relata Violette Leduc en L’Asphyxie.




“Sí, mi único temor, el que todavía me importa, el de no poder ya anotarlo todo…
-¿Qué quieres anotar? ¿Has ido acumulando experiencias, aprendiendo cosas valiosas, reconociendo la Tierra Prometida? ¿O es que quieres contar tu dolor para conmover el corazón de la gente y conseguir una sentencia benévola?”


Leyendo estas palabras de Annemarie se entiende esa necesidad de confesión y me viene a la cabeza lo que escribió Simone de Beauvoir en el prólogo a La bâtarde de Violette Leduc: “Cualquiera que nos hable desde el fondo de su soledad nos habla de nosotros”. Simone de Beauvoir justifica y bendice mi vinculación con ellas. Y ellas muestran cierta brutalidad en la confesión de ese dolor de existir y de escribir. La escritura fue un aliado, un alivio, una lucha y un sentido vital en ellas.





La feroz Violette.





También habría que añadir al grupo, a Leonora Carrington. Ella con el pincel no desgrana, explica o matiza la experiencia como con la pluma pero sí la evidencia. De todas formas hace unos pocos años Elena Poniatowska narró creativamente su vida y ahí la podemos ver desgranada, explicada y matizada. Leonora también tuvo ese tipo de madre que le negaba ser a su hija caballo que es lo que Leonora deseaba ser: “Mi hija no lo volverá a hacer. Le tengo prohibido creerse caballo”.  Curioso que el único halago que le hizo su madre a Annemarie Schwarzenbach fuera compararla con un caballo ya que demostraba más pasión por estos que por el género humano. Ambas se rodearon de gente afín, artistas en los años 30 del siglo XX en un mundo de apertura y encuentro que pronto derivó en un mundo de locos con la llegada de la II Guerra Mundial. Annemarie formó familia con los hermanos Mann: Klaus y Erika Mann y Leonora con Paul Éluard y Max Ernst.





Klaus Mann, Annemarie, Erika Mann y Ricki Hallgarten, 1932.


Paul Éluard, Leonora Carrington y Max Ernst, 1937.




El “ángel devastado” Annemarie Schwarzenbach, como así la llamó Thomas Mann, recorrió Turquía, Siria, Palestina, Persia y EEUU entre otros países. Que su deseo de huida fuera su gran motivo, no resta que valorase, amase, viviera y pensara en esos países culturalmente tan diferentes. En El valle feliz la encontramos en el valle del Lahr no lejos de Teherán, un valle suspendido frente al Caspio. Esta obra la escribió en 1935 estando allí, pero la reescribió entre octubre de 1938 y febrero de 1939 perfilándola tal cual es: una obra con tono confidencial, llena de dudas e incertidumbres ante la que no nos queda otra que agradecer la capacidad de esta mujer no solo de vivir esa vida que buscó sino de volcarla en toda su magnitud. No solo lugares, animales, costumbres y gentes ocupan el relato sino sobre todo su lucha interior, sus debilidades, anhelos, caídas y reproches.



“El dolor ya ha roto los diques y se ha desbordado por completo. Por completo: los caminos del porvenir han quedado inundados”



Escuchen: el mar de Aral, Turfán, Ankara, Persépolis, Alepo, los bosques de Mazandarán (el país del diablo), la meseta de Pamir, Tiblisi (la ciudad de cien idiomas), los pantanos de Basora, Ormuz, Cachemira, la playa de Biblos, Urmía, Konya, Farmanié… Nombres que se respiran porque en ellos aparecen maravillas como lámparas de queroseno, caravanas de camellos, la pirámide del Damavand, la caída incesante de rocalla, beduinos con ojos maquillados con kohl, fumadores de narguile, cúpulas doradas, tiendas de campaña, calderos de cobre, cascabeles, truchas, opio, samovares, mantas de lana de cabra, caballos del Sah… Nos presenta el raki, una bebida de color blanco de sabor anís dulce; a los niños huérfanos de caldeos y armenios asesinados por turcos, persas y kurdos; Kuwait lo define como azul celeste; nos informa de que en Guilán sustituyen los campos de arroz por el cultivo del té y que este sabe a paja y el arroz de Mazandarán a estiércol seco o que la ciudad de Pamir en kirghiz significa soledad.




¿Qué dice y qué te dice la mirada de Annemarie Schwarzenbach?




Tanta riqueza vital envuelve un interior turbulento. Europa convulsionaba y sus intentos de suicidio fueron algo más que un tumulto interior. El fascismo italiano y alemán pisoteaba Europa. Era una situación tremenda que muchos artistas e intelectuales comprometidos y con la sensibilidad abierta al mundo no pudieron comprender y asimilar. Su amigo Klaus Mann (hijo de Thomas Mann) sin ir más lejos se suicida en 1949  y aunque ella muere con 34 años por un accidente de bicicleta, sufre ese proceso de traición al que se somete Europa (fallece justo en medio del desarrollo de la II Guerra Mundial).




“En Europa las clínicas mentales están completamente llenas. Los ejércitos están pertrechados. La juventud es disciplinada. Las maquinas funcionan. El progreso está en camino. Y todas las naciones están afligidas por diversas psicosis”.




La sensibilidad sobre sí misma y ante el mundo que le rodea se revela en su literatura y El valle feliz está lleno de sensibilidad. Es maravilloso descubrir una prosa con una gran capacidad de definir las materialidades y las emociones, sobre todo siendo estas tan extremas y tan íntimas. El yo, el nosotros, el vosotros y el ellos se entremezclan personificando esas emociones lo que hace que nos sirva al mismo tiempo un retrato íntimo y una reflexión social y filosófica.




“Debemos saber lo que queremos”. Debemos, queremos… Pero ¿y qué es lo que sabemos? Es la fórmula estéril de nuestra falta de libertad.”




Una mirada al mundo que no es obra de una sola obra, valga la redundancia. Parece ser que la mayoría de los artículos que escribía eran reportajes socialmente bastante comprometidos. No sé el tono que tendrán estos artículos porque no los he leído pero las reflexiones que en El valle feliz aparecen no son tajantes a modo de dar lecciones, sino una mirada al mundo concreta, la suya de primera mano pero siempre con incertidumbre, con dudas, lo que hace que lo que cuenta esté más conectado con una misma que es ella, que eres tú, que soy yo.


El tono poético de su narrativa es otra cosa a resaltar. Y si lo he hecho no es por entender lo poético como un divagar edulcorado sino que a la hora simplemente de definir objetos, paisajes o gentes elige unas palabras certeras pero a la vez mágicas que hace que llegues a conocer más profundamente esa montaña o esa jarra que si tuvieras una fotografía ante tus ojos. Porque es la visión de la experiencia personal. Es la visión de la historia vivida.  




“En las sienes me estaban quemando unas lágrimas secas, el dolor estaba respirando, yo no sentía deseos, estaba mortal e inmisericordemente cansada”



Concreción en objetos y en emociones. Y en esto es inevitable no ir hacia Los Abel de Ana María Matute, por cierto tocaya de la suiza y que escribió esta obra diez años después de que escribiera la suiza El valle feliz. No es una obra testimonial esta primeriza obra de la escritora española escrita cuando tenía veintiún años, tal y como en esa época de posguerra era lo habitual. Se puede decir que es una obra de disidencia. Recuerdo esa vena poética de la novela Los Abel que fue una de las cosas que más me impactaron y ahora al leer lo que antes he copiado de Annemarie: “En las sienes me estaban quemando unas lágrimas secas”, pienso y releo lo que Ana María escribió: “Me quemé en mis sentimientos” o “Me mordía la respiración”.




La Matute en grande y en alto y claro.





Annemarie ofrece esas fotografías mentales tan certeras: “búfalos de agua sobre melancólicas dunas”, “desiertos de color amarillo lepra”, “amaneceres de color azufre”, “montañas que parecen barcos varados”… Una de esas fotografías recurrentes en la obra es lo que ella llama magia negra o magia prohibida. La droga que le ayudaba y que aunque no podía superar a la infalible soledad era un recurso ante su marasmo interior.




“Ahora tomo parte en las comidas de los comedores de hachís y de los fumadores de opio, noto el sabor de la muerte de las delicias terrenales… ¡Ay qué terrible alivio! Mis sienes, tengo que deshacerme de las imágenes atesoradas y de las penas acumuladas, mecerme sobre un puente colgante, bañarme entre coronas de espuma de mar”





No pararía de reproducir sus palabras porque todo el texto no es una narración como cualquier otra de hechos e impresiones. Todo destaca, todo mueve nuestro interés, todo es materia literaria y vital. Como la de esas otras mujeres que han ido apareciendo. Me ilusiona sobremanera saber que me quedan tantas obras de ellas y de otras por descubrir enlazándose unas con otras, que siento que “soy a menudo una adolescente con las ventajas de mis cuarenta años”. Frase que robo y reproduzco de La folie en tête de Violette Leduc. 


lunes, 23 de noviembre de 2015

NO HOME MOVIE. CHANTAL AKERMAN SE DESPIDE CON UNA SONRISA.





Chantal sonriendo.





Tengo una carpeta en mi ordenador que se llama “escritos en proceso”. Casi todos los documentos que tengo dentro no hacen honor a ese nombre pues lo que más hay es estancamiento. El único que crece es el que se titula “suicidio”. La razón de su crecimiento es porque lo único que hago es incorporar datos, paso previo a la investigación  para poder llegar a la escritura. Porque con eso del suicidio, no se alarmen, no es que esté armándome de razones para tenerlo en cuenta sino como parte de un proyecto futuro, de escritura, repito. Mi recolección va encaminada a descubrir si los artistas que cometieron suicidio dieron avisos encubiertos o no en sus obras.  Si se instaló en ellos disfrazado de creación artística. Si para algunos, la creación artística fue el enganche vital que evitó durante un tiempo llevar a cabo aquello que tenían claro. Si para otros, toda su obra fue una constatación. Descubrir si muchos ayudaron, no a incitar a la humanidad a desertar, sino a reflexionar  y ver con más lucidez para así ser más conscientes y por lo tanto más capaces del disfrute de la vida aunque suene irónico.


Es largo el proceso que me espera si es que en algún momento me pongo en serio. Es largo y controvertido. A las pocas personas que se lo he comentado de pasada, me han mirado raro o al menos con preocupación. Sus  miradas y comentarios han hecho que reflexione y analice el proyecto y a mí misma. Tal vez por eso no hago nada: por miedo a que tengan razón, por miedo al desacuerdo, por miedo a simplemente acabar las cosas.





Su último testimonio.






Es evidente que todos los que entran a formar parte de mi base de datos son artistas ya desaparecidos. Aún no he llegado al punto de advertir indicios en artistas vivos ni por trabajo hecho sobre el tema ni porque sea tan macabra. La mayor parte de los artistas que están en mi carpeta son escritores. Es el gran ejercicio íntimo. No es un trabajo colectivo como es el caso del cine. Tal vez por eso Chantal Akerman se desveló en lo que escribió y no en su obra. Al menos yo que tanto he visto sus películas no he visto indicio directo.





Sus heridas desveladas.
El 5 de octubre de este año 2015 murió con 65 años la directora de cine belga Chantal Akerman. Lo último que rodó fue No home movie, un documental donde graba a su madre en su casa en Bruselas. El final de su madre estaba cerca y el suyo también aunque estuviera trabajando con El idiota de Dostoievski. En el documental no aparece la muerte de la madre pero sí se intuye ese final. La hemos visto comiendo, leyendo, hablando con ella por skype y andando por la casa hasta que en la parte final la vemos de espaldas en la mesa del comedor y sentada en un sillón. Son dos escenas que avisan del final. Chantal, que le gusta filmar su recorrido está filmando a su vez su propia despedida. Su madre murió un año y medio antes que ella, en abril del año 2014. Y ella ya avisó de lo que sucedería tras fallecer su madre. Así lo dijo en 2013 cuando escribió Ma mère rit (Mi madre ríe):




« Un jour j’ai même voulu me suicider mais en souriant, surtout en n’oubliant pas de sourire comme si c’était un geste sans conséquence. Heureusement ça l’était puisque j’ai survécu. J’ai survécu à tout jusqu’à présent et j’ai souvent eu envie de me suicider. Mais je me disais je ne peux pas faire ça à ma mère. Après, quand elle ne sera plus là »


 « Yo quise, incluso, un día suicidarme pero sonriendo, sobre todo no olvidando sonreír como si fuera un gesto sin consecuencia. Afortunadamente lo fue porque sobreviví. He sobrevivido hasta ahora y he tenido a menudo ganas de suicidarme. Pero me decía que no podía hacerle eso a mi madre. Después, cuando ella ya no esté”.





Madre e hija.





La tranquilidad de una decisión, la tranquilidad de ser consciente de una decisión, la tranquilidad de la despedida. La sonrisa es la gran pista. Que haya titulado así el libro que escribió sobre su madre o que dentro de él hable de las ganas de su despedida con una sonrisa en la cara. Incluso su madre en el documental le dice por skype: “Cuando veo tu sonrisa, me hace feliz” y en otra ocasión “tienes una sonrisa muy bonita”. Y lo afortunados que somos de haber vivido su recorrido personal y profesional y asistir a su despedida.




Anna abre cortinas.



Chantal cierra cortinas.





Porque Chantal se despide de nosotros en el documental al tiempo que sale de la casa de su madre. Sentada en  la habitación donde ha dormido, se pasa las manos por la cara repetidamente y se ata los cordones de sus zapatos. Esos cordones que siempre de pequeña llevaba sueltos; detalle que antes habíamos escuchado en boca de su madre. Antes de salir de allí se levanta y cierra las cortinas dejando la habitación a oscuras. Esas cortinas son  muy significativas ahora. Esas cortinas que siempre ha descorrido ahora las cierra. Es el momento de la despedida. La imagen que ahora mismo recuerdo es la de Anna, la protagonista de Les rendez-vous d’Anna descorriéndolas y mirando hacia la calle unas veces vestida, otras desnuda. Viendo ahora a Chantal, de país en país y de aeropuerto en aeropuerto, Anna sigue siendo su álter ego.





Jeanne en su cocina.





No home movie es un compendio de su obra que está íntimamente relacionado con su persona. La cocina de su madre es un lugar muy importante para conversar con ella mientras comen o desayunan. Una cocina de color verde/azul que inevitablemente recuerda a aquella otra, la gran cocina, la de Jeanne Dielman. Curiosamente lo primero que rodó Chantal fue el corto Saute ma ville (1968) y se desarrolla en una cocina, donde ella se encierra y hace saltar por los aires. Ya desde el principio había una despedida, aparte de representar las convenciones de género que ella destroza. Y los graciosos y rápidos momentos de la propia Chantal en la cocina en L’homme à la valise (1984) para no coincidir con su inquilino es otro de los momentos que más recuerdo. Curiosamente, ahora, al final, en No home movie, descubrimos que la comida le angustiaba. Su madre incluso le recuerda que cuando ella estaba preparando la sopa ya lloraba porque tendría que comer.





El reclamo de una madre.






La madre, su madre. Por skype su madre le pregunta por qué la está grabando y ella le contesta que graba a todo el mundo pero especialmente a ella. Ella ha sido siempre determinante y ha estado representada en su obra. En 1977 salió News from home que ya por el título está ligada con esta última obra inevitablemente. En esta maravilla de News from home vemos los paisajes neoyorkinos que Chantal recorrió mientras vivió allí entre 1971 y 1973. El sonido ambiente de las calles solo se rompe con la voz de la propia Chantal que lee las cartas que su madre desde Bruselas le enviaba a Nueva York. Unas cartas demandando su presencia. Siempre he visto una vinculación entre Chantal y Simone de Beauvoir más allá incluso de lo razonable. Y la figura de la madre aunque con mucha diferencia las vinculaba. La madre de la escritora francesa también le reclamaba: “¡Me has tenido dos meses sin carta!” cuenta en Una muerte muy dulce, la obra que es el paralelo de Ma mère rit de Chantal. Pero es en Chantal donde realmente hay dulzura por ella y por el perfil de madre. Porque según Simone de Beauvoir su madre “vivió contra sí” y le confesó: “Tú me das miedo”.





El encierro de Chantal en Tel-Aviv.






Volviendo a No home movie, como obra final, también nos muestra la propia sombra de Chantal reflejada en el agua de la playa. La playa es el único momento en que Chantal filma un exterior en su documental Là-bas (2006), único momento donde sale de su apartamento en Tel-Aviv. No la vemos, solo vemos lo que observa en su apartamento y desde su apartamento. Aquí recuerda el suicidio de la madre de Amos Oz y el de su propia tía Ruth. Tal vez un detalle simplemente pero la primera pista que encuentro sobre este tema en su obra cinematográfica aunque sea indirectamente. Y no es solo la playa lo que lleva a Là-bas sino esa insistencia en averiguar, en hablar o no, en poner sobre la mesa, sobre la pantalla la Shoah. La historia de su madre, la historia de su familia, la historia del pueblo judío son intentos de conocer su propia historia, tal vez de entender, de justificarse. Pero ella ya realizó su trabajo. Tal vez lo entendió ya todo o simplemente quiso descansar. 


miércoles, 30 de septiembre de 2015

La lucidez de Georges Bernanos


 


Georges Bernanos no puede escribir sin mirar y escuchar.






Los imbéciles me rodean. Más bien quienes señalan a los imbéciles y nadie puede librarse de ser señalado. En solo un par de días leo que Umberto Eco y Javier Marías al hablar de Internet declaran la invasión y organización de los imbéciles. Uno dice que dañan a la colectividad y el otro, que tienen una gran capacidad de contagio. Al mismo tiempo, leo Los grandes cementerios bajo la luna de Georges Bernanos, quien no vivió esto de la red pero sabía de su expansión; la de los imbéciles: «La ira de los imbéciles llena el mundo. Es fácil de entender que la Providencia, que los hizo sedentarios, tenía buenas razones para ello. Ahora vuestros trenes rápidos, vuestros automóviles y vuestros aviones los transportan con la rapidez del rayo». Imbécil es una palabra vertebral junto con la de Terror en esta obra de Bernanos. Imbécil fue también el insulto rápido que me llevé durante unas vacaciones por parte de una amiga que también recogí por escrito en mi diario de viaje.

 
 

Imbécil de mi puño y letra.
 
 
 

De estas cuatro declaraciones nos quedamos con la de Bernanos por su propio peso. Imbécil se escribe exactamente igual en francés que en castellano así que no hay posible error de traducción en la obra del escritor francés. Bernanos quería escribir «imbécil» y quería dirigirse a los imbéciles. El interlocutor de Georges Bernanos son los franceses. El tema, la guerra civil española que vivió durante sus primeros meses en Porto Pi, un pueblecito a orillas del mar a cinco kilómetros de Palma. Allí vivía. Allí había escrito en 1934 Diario de un cura rural. Allí apoyaba en cierta manera a la Falange Española. ¿Pero qué pasó a partir del día del alzamiento?
 

No estamos acostumbrados a reflexiones profundas que puedan variar las propias costumbres ni a instantes de lucidez que nos obligan a romper con antiguas ideas o que impliquen un esfuerzo moral. Incluso con desastres evidentes, nuestra conmoción no llega ni a arañar la inmovilidad de ciertos usos. Los grandes cementerios bajo la luna es una metralleta de inteligencia contra el fascismo. La injusticia que allí vio, la sangre derramada, la crueldad y la impunidad de los delitos que vio, le hizo cuestionarse muchas cosas. Bernanos destaca por eso, por su rabiosa sinceridad en esa su nueva toma de postura. No se vende como un nuevo abanderado de la libertad y sabe que lo llamarán anarquista por lo que defiende, pero ante todo, necesita llamar imbéciles a todos los bien pensantes, a ese estado social que hace dóciles a los ciudadanos; cosa que para él es un crimen. Él, monárquico y católico, no gustará a todos pero desarma y consigue que le escuches porque quien habla sin venderse al mejor postor tiene nuestra emoción y percepción activadas.  Simone Weil, desengañada de la Guerra Civil en la que participó uniéndose a la columna Durruti, le escribió una carta a Bernanos tras leer Los grandes cementerios bajo la luna: «Usted es monárquico, discípulo de Drumont: ¿qué me importa? Usted me es más cercano, sin comparación,  que mis camaradas de las milicias de Aragón, esos camaradas a los que, sin embargo, yo amaba».




Simone Weil miliciana.






Bernanos en sí mismo era y es una de las voces más lúcidas y desinteresadas. No se entiende que no esté en boca de todos: «Ni soy, ni he sido, ni seré nacional, aunque el gobierno de la República me dispense un día funerales con ese nombre. No soy nacional porque me gusta saber exactamente lo que soy y la palabra nacional, por sí sola, es absolutamente incapaz de enseñármelo». La lucidez es un esfuerzo que quiere mantener cueste lo que cueste incluso con la angustia y repulsión que siente. Tampoco quiere que le etiqueten de irreprochable ni que figure como un emblema para nadie, llegando a rechazar en tres ocasiones la Legión de Honor y el Ministerio de Cultura. Incluso rechaza ser escritor, cosa que no podemos tomarnos como una boutade ni como falsa modestia: «No soy un escritor. Me angustio al ver una hoja de papel en blanco. El recogimiento físico que requiere este trabajo me resulta tan odioso que hago lo posible por evitarlo. Escribo en los cafés, a riesgo de que me confundan con un borracho, y acaso lo sería si las poderosas repúblicas no gravaran con impuestos, implacablemente, los alcoholes consoladores».





Antonin Artaud, hermano lúcido de Bernanos.
 

 

La prosa de Bernanos es hiriente pero no por insultar banalmente. Sí encontramos casos como « ¿Sois idiotas u os lo hacéis?» pero en realidad, es violenta verbalmente porque está llena de razones. Es una violencia sincera tal cual él se muestra a su vez, sincero con lo que es, lo que vio y lo que piensa. Artaud, en 1927 le llamó su «hermano desoladoramente lúcido». Bernanos apoya el abucheo, a los vocingleros y a la revuelta de la gente denunciando al tiempo el doble rasero con que se miden las reacciones. En varias ocasiones denuncia esa desigualdad. La última queda clara: «Es así cómo esas ventosas repugnantes chupan la sangre a nuestro pueblo, pero la prensa de derechas se confabula para callar un hecho de todos conocido. Esta reserva puede tener varios motivos. Solo mencionaré el principal: las ventosas obran en silencio. Basta con eso para las personas de orden. En cambio, piden que se reprima a los vocingleros. El que grita mientras le desangran es un anarquista que no merece el perdón». Desenmascarar ciertas dualidades es casi una constante que aparece desparramada por el libro: patriota/nacional, analfabeto/ignorante, justicia para el amo/justicia para el esclavo, sociedad/estado de cosas, usos/costumbres, ira/miedo, fácil/sencillo, opinión/argumentos, etc.
 

El libro es una reacción ante lo que vio en Mallorca cuando empezó la guerra civil pero es mucho más que eso si es que no fuera suficiente. Es una denuncia de ese presente, de la asquerosa connivencia de la Iglesia con los crímenes de los sublevados y un aviso de lo que vendrá a sus contemporáneos franceses y al mundo en general. El libro lo escribe durante su estancia en Mallorca y tras abandonar la isla, y lo publica en 1938 cuando aún no había acabado la Guerra Civil y todavía no había dado comienzo la II Guerra Mundial. La reflexión está llena de comparaciones y referencias a la política francesa y a su historia. Esa concreción, a un lector español no le distancia sino que forma parte de una enseñanza, porque esos nombres propios representan unas ideas y unas consecuencias que podemos ver muy bien. Se trata de la conciencia y el contexto de un francés puestos sobre la realidad de nuestro país. Esa mezcla es un punto de vista posible y muy necesario. Sobre todo porque Bernanos alerta de un par de cosas a su país: que lo que está sucediendo en España se expandirá más allá de sus fronteras y que Europa tiene mucho de culpa en este tema: «Detrás del general Franco encontramos a las mismas personas que fueron tan incapaces de servir a la monarquía, para acabar traicionándola, como de organizar una república, después de contribuir durante mucho tiempo a su llegada; los mismos, es decir, los mismos intereses enemigos, agrupados momentáneamente por el oro y las bayonetas del extranjero ¿y llamáis a eso revolución nacional?».



 

Dos libros hermanados.




 

Esta mezcla franco-española en realidad la descubrí gracias a una novela de Lydie Salvayre, Pas pleurer que se llevó el premio Goncourt en el 2014 y está traducido en Anagrama. La autora, hija de exiliados españoles que se instalaron en Francia, recoge el testimonio y reflexión de Georges Bernanos y lo entrelaza con el testimonio de su propia madre que le cuenta sus vivencias desde el estallido de la guerra hasta su exilio. Emocionante novela que se disfruta enormemente leyéndola en su idioma original, el francés, no por pose mía sino porque la obra se sustenta por la mezcla de los dos idiomas. El francés estructura y narra, y el castellano surge para dotar de intensidad a ciertas consignas, palabras de rabia, retazos de poemas o canciones: «patada en el culo», «joder», «fachas», «coño», «paseos», «novio», «pesetas», «A mis soledades voy, / De mis soledades vengo»,  etc. También está su madre con ese particular francés que la autora llama fragnol. La autora confesaba en una charla que de niña tenía vergüenza de esa manera de expresarse de su madre y que hasta la adolescencia no empezó a apreciar el español. Agradece, a día de hoy, esa mezcla de las lenguas, esa libertad de acoger a la lengua migratoria (en realidad más a pie de calle que a nivel académico), que hace que las lenguas a día de hoy sean más generosas que los hombres. Incluso equipara el lenguaje de su madre con el de Bernanos por ser un lenguaje vivo, agresivo y a veces vulgar, cada uno con sus respectivos referentes culturales: las pinturas negras de Goya y Rabelais.






Giacometti esculpe el "tirar hacia adelante".
 

 

El título de la novela de Lydie Salvayre, ni aparece ni se explica en su interior pero hace referencia a esa resistencia y fuerza, a esa queja oculta por el simple hecho de tirar hacia adelante. La autora afirma que el título lo cogió de un poema de Marina Tsvietáieva de 1926 escrito en su exilio en Francia.

 

No, eso no.
Llorar, eso no. No
Llorar.

Nosotros, hermanos,
pescadores errantes
bailamos –no lloramos.

Bebemos, no lloramos.
Con sangre ardorosa pagamos
-no lloramos.

Hundimos en el vino
las perlas –somos reyes
del mundo –no lloramos.

 

A su vez, el título le lleva directamente a una escultura que representa ese tirar hacia adelante. La escultura de Alberto Giacometti, El hombre que camina, captura el instante constante del movimiento, del andar hacia adelante con decisión, como una inercia de las piernas aunque los brazos cuelguen y no ayuden en el avance. Ese avance es el que realizó Montse, la madre de Lydie, el 20 de enero de 1939 cuando salió de su pueblo catalán y cruzó la frontera con Francia. Dejó atrás su gran momento de felicidad al descubrir la libertad en Barcelona, felicidad que se truncó al volver al pueblo y sus costumbres y verse sorprendida por la guerra, tras lo que emprendió un camino hacia adelante. Solo un par de meses después de que emprendiera el camino Montse, la poeta rusa, Tsvietáieva, escribía otros versos muy vinculados a nuestra historia y, ahora sí, con lágrimas en los ojos. Los acontecimientos habían ido cada vez a peor y solo dos años después terminaría suicidándose.


 

Lágrimas en los ojos:
¡de cólera y amor!
Está Chequia llorando
y España ensangrentada.


Los grandes cementerios bajo la luna debería formar parte de nuestra educación junto con la carta que le dirigió Simone Weil a Georges Bernanos en 1938. Dos figuras cada una de un bando que desenmascaran los motivos y crueldades de la Guerra Civil.  Sin excluir a otras muchas, la lectura de ambas nos explica social y políticamente cuál era el gran caldo de cultivo de la Guerra Civil, te hace ser consciente del mal en el ser humano, que las guerras son al fin y al cabo guerras de mercenarios, que el miedo es el verdadero enemigo: «Solo se mata por miedo, el odio no es más que una coartada»… Que tal vez, estas lecturas nos hagan conscientes del esfuerzo continuo que debemos poner en experimentar la convivencia: «Escribo en las mesas de los cafés porque no podría pasar mucho tiempo alejado de la cara y la voz humana de las que creo haber intentado hablar noblemente». Mirarnos y escucharnos en definitiva.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Forzando el recuerdo



Acabo de terminar un artículo sobre un viaje a Marsella que pronto se publicará. Quería acordarme de cosas incluso de las que no había visto por una necesidad de aprovechar el viaje, por una necesidad de crear recuerdos y sobre todo por una necesidad de no perderlos. Y últimamente por lo que leo, por lo que me cuentan, por mi esfuerzo, estoy recuperando algunos de esos recuerdos.


Tengo el recuerdo claro en dos ocasiones y eso no significa que no pasara más. Escribía en una libreta corriente, de tapa roja y dura con hojas cuadriculadas. En esa época eran así. Más tarde me hice de las de una línea y ahí sigo. Recuerdo esas dos ocasiones en que escribía enrabietada cuando algo quería cambiar, cuando había que dar un paso más allá del simple pensamiento y repetía, maquinalmente, con un bolígrafo, consignas. Me interpelaba. Recuerdo que me daba instrucciones, deseos en forma de mandatos. Y tenía que ver con el deseo  de salir de donde estaba, de cambiar, de descubrirme otra distinta a la que estaba allí conmigo y que no se asomaba en el día a día. Tendré que ir a ver si todavía existen esas libretas que eran restos de las libretas del instituto que no llegaba a completar y ver qué es lo que escribí realmente. Estaba comenzando la salida. Justo este verano descubrí un escrito mío anterior, más narrado, más extenso, donde no hay interpelación, no hay llamada a la salida sino constatación de una derrota. Es, era, el paso inmediatamente anterior. 







La constatación de la derrota de una adolescente.







Yo no recuerdo querer escribir, ni escribir siquiera, salvo esos pequeños arrebatos. Yo he sido, si es que lo soy, una escritora tardía, igual que fui una lectora tardía…incluso una portadora de sujetador tardía. Mis primeros escritos en un diario con hojas de color azul eran banales desencuentros con las amigas y algo que me importaba muchísimo: las veces que iba al baño a hacer pipí. Las contaba y las anotaba. Estoy cómoda con ser tardía. Más joven era un inconveniente, ahora es una ventaja. Siempre he intuido como tardía que soy, que mi madurez sentimental vendrá cuando tenga cincuenta y tantos años. Podéis pensar que es una excusa para no apostar ahora por las cosas o una justificación ante mis fracasos. Yo no lo veo así. Acumulo experiencias y esas experiencias no forman parte de un regodeo lastimoso del pasado o del presente. Estoy en un momento donde hago caso a Spinoza, ese enemigo de las pasiones, que preconizaba que más que reír o llorar es preferible comprender. Lo que no sé es cuánto durará este momento.


Asumido lo de ser tardía, otra confesión que expando es que siempre me ha sido difícil saber para qué servía o qué me gustaría hacer. Estoy en ello. Y a medida que avanzo descubro que en lo que pongo últimamente energía o se me da bien es algo que antes ya había apuntado. Por ejemplo, el francés. Tras cuatro años estudiándolo me fijo que en mi casa del pueblo tengo alguna novela en francés que compré hace muchísimos años cuando no entendía nada de nada el idioma. También compré un libro de gramática y un diccionario y recordé cómo palabra por palabra intentaba saber si era un verbo, un sustantivo o un adjetivo. Y hay más. En mi pueblo, una francesa casada con uno de allí me daba clases particulares de francés. Y en la universidad por las tardes me quedé algún tiempo a un curso de francés. Todo esto lo rescato de mi memoria ahora mismo porque no hubo continuidad, todo lo que aprendiera entonces fue enterrado. Ahora lo resucito. Recuerdo que la profesora  de esas clases universitarias era morena y que salió en clase el adverbio “autant” y yo dije en plena clase que yo conocía a un director de cine que se llamaba Claude Autant-Lara. Dios mío lo pedante que en realidad puede que fuera cuando yo me sentía la más estúpida del mundo mundial. Tal vez por eso me atreví a hacer ese comentario; para sentirme un poco menos estúpida, menos ignorante. La fuerza de la censura hace que hagas lo que hagas te haces sentir estúpida.


Llevamos dentro intereses, ganas, gustos, ideas que no es sino más tarde, cuando el contexto o tu energía son los adecuados, cuando salen a la luz. La idea de escribir no era más que una idea que se verbalizó pero no se hizo carne. Así que ahora espero que fuera otra de esas cosas que inconscientemente podía hacer, a pesar de que no lo hacía, ni nada podía demostrar que podía hacerse realidad. Y por qué no seguir con la idea e imaginarse escribiendo ante una enorme cristalera que me dejase ver el mar a modo Lillian Hellman o Joan Didion.




”Mientras escribo esto, me doy cuenta de que no quiero terminar este relato. Ni tampoco quería terminar el año. La locura disminuye, pero la claridad no la sustituye. Busco objetivos y no encuentro ninguno”.

                                   El año del pensamiento mágico. Joan Didion.




Estas palabras, las que más me emocionaron de este libro donde relata la muerte de su marido entremezclada con la de su hija, hablan de la escritura misma, de la escritura como fijación de la memoria, del recuerdo. No quiere olvidar a su marido al tiempo que no quiere asumir que ya no está con ella. Terminar el libro que escribe y nosotros leemos sería como asumir definitivamente la pérdida. Resistirse al olvido.





Foto premonitoria: el marido e hija de Joan Didion se le adelantan.




En ciertos momentos de reflexión, de cierto bajón,  mis mayores deseos eran y son vivir; que me sucedieran cosas. Claro está que cuando esos bajones se convertían en algo más serio, yo lo que verbalizaba era que quería no sentir, no sufrir, que todo fuera normal, ansiaba cierta monotonía. Esa dualidad está ahí.
Decía arriba que había escrito sobre mi breve y tranquilo viaje a Marsella y me encuentro ahora por la noche leyendo Lugares que no quiero compartir con nadie de Elvira Lindo. Y le doy gracias por ubicarme en Nueva York. Quiero decir, en ubicarme en el recuerdo de  cuando yo estuve en Nueva York en abril de 2008, concretamente en mis dos últimos días allí porque echo mano al diario de viaje y se corta abruptamente cuando faltan esos dos días. Elvira Lindo lanza un dato y yo capturo un recuerdo; la última mañana que yo estuve en Nueva York paseé por el Meat Packing District. E hizo mi mente un recorrido mental de imágenes y sensaciones que acaban en una foto en el aeropuerto sentada sobre una de mis piernas doblada con los dos brazos hacia afuera y una sonrisa de oreja a oreja. Y ahora sonrío también. Ya os decía que no hago “regodeo lastimoso del pasado o del presente”. El dato que daba Elvira es que allí estaba cambiando el barrio, pues ahora estaban abriendo tiendas de moda. Una de esas tiendas era la de Stella McCartney. Recuerdo que la persona con la que daba el paseo por ese barrio, inconscientes de que se me hacía tarde para coger la maleta e ir al aeropuerto porque ya volvía a Madrid, me dijo lo mismo: me señaló la tienda de Stella y me hizo esa misma observación del barrio. Y ahora me pregunto ¿cómo es que lo sabía? ¿Y cómo me llevaba tan seguro por las calles andando hasta el East Village donde estaba nuestro hostel si él no era de allí? ¿La educación práctica, humanista y amplia de un alemán comparada con la de una española tal vez? Me escudo en eso. También recuerdo pararnos en un parque por allí cerca y hablar de Fassbinder, tema que saqué yo porque él era alemán y a mí me encantaban y me encantan las películas de este director. No todo era tan sesudo. El momento parque fue para Fassbinder, pero el de la comida fue casi en silencio para hacer manitas debajo de la mesa. Sí, si me esfuerzo recuerdo cosas pero ¡quedan tantas cosas en el olvido!




“El día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrarán los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido”

         Ese gran simulacro. Mario Benedetti.





La clave es el viaje. Ahora que viajo poco me doy cuenta de cómo quiero viajar, de que necesito implicarme, fijar recuerdos vitales después de que hayan pasado por la emoción. Ahora creo que la parte  “quiero que me pasen cosas” pasa por el espacio, por mi movilidad externa más que interna. Y eso es un cambio muy positivo créanme. Porque comprendo qué es lo que quiero y estoy en calma. Al menos durante un momento. Lo que no sé es cuánto durará este momento.









viernes, 20 de marzo de 2015

Recuerdo y urgencia: Truffaut y La chambre verte



 
Julien observa su pasado.


 

Jean-Pierre Léaud, el cinco veces Antoine Doinel, orgulloso de su padre cinematográfico confesaba que nos parecemos a quien amamos. Toda una declaración de amor y sinceridad para con Truffaut. Quien ama a Truffaut se parece a Truffaut.  Y Truffaut más que ningún otro es todo su cine. La conexión personal entre su obra y su persona es uno de sus rasgos reconocibles. En su obra, la ficción pura es solo una pequeña parte.



Truffaut ejercitaba lo mismo que nosotros aquí: la memoria. ¿Veis cómo nos parecemos? Les quatre cents coups (Los 400 golpes, 1959) partió de un trabajo de memoria; de búsqueda por entre su memoria. Al mirar su foto escolar durante horas recordó nombres, lugares, profesiones de padres, situaciones, etc. que construyeron su ópera prima. Y a partir de ahí toda su obra es una reivindicación del derecho a no olvidar. 
 
 
 
Recuerdos en azul.
 
 

Diecinueve años y diecinueve películas más tarde en La chambre verte (La habitación verde, 1978)  ese derecho se encarnaba y verbalizaba en su misma persona. La chambre verte empezaba y empieza con imágenes en azul de la Primera Guerra Mundial; imágenes al aire libre con derrotados, heridos y muertos a los que al final el protagonista, nuestro Truffaut, superviviente sufriente, daba cobijo y protección. Protección contra el olvido. Pues a luchar contra el olvido se dedica su personaje Julien afanosamente: siendo un virtuoso escribiendo necrológicas en un periódico local, enseñándole a su hijo fotografías de los muertos de la guerra, y finalmente dedicándole a estos y principalmente a su mujer fallecida diez años atrás una capilla; un bosque de llamas.

 

Sí, Truffaut rendía pleitesía al pasado pero era un hombre lanzado al futuro con intensidad. La urgencia por hacer le quemaba la cabeza y las manos. Era tiempo lo que le faltaba para realizar todas las ideas que circulaban por su cabeza. Ideas que eran vivencias sufridas, disfrutadas; vividas y nunca postergadas.
 
 
 
El bosque de llamas.
 
 
 

Entre su vuelta al pasado y su urgencia del futuro estamos nosotros perpetuando en el presente un asiduo y constante tributo. Porque Truffaut es el ciclo vital. Al final de Le chambre verte, el personaje de Nathalie Baye colabora en ese bosque de llamas que el personaje de Truffaut creó, encendiendo una vela por él. Tributo último a esa su última fisicidad en pantalla. Y ahí está; entre los muros transparentes de nuestra imaginación. La imaginación vital que él nos provocó.