domingo, 20 de mayo de 2012

Disturbios: la historia en particular.



Invitación a un hotel.


La editorial Acantilado editó a mitad de 2011 Disturbios de James Gordon Farrell, una novela que nadie debería perderse. La razón práctica para la nueva edición de esta novela escrita en 1970 fue que le concedieron con cuarenta años de retraso el premio Booker, uno de los de más prestigio en lengua inglesa.  Por el cambio de reglas a la hora de conceder el premio muchas novelas no fueron tenidas en cuenta ese año y el año pasado se saldó la deuda concediendo una especie de premio al Booker perdido a esta novela.
El aparente protagonista, el comandante inglés Brendan Archer tras batallar en la Gran Guerra nos adentra en el hotel Majestic, verdadero protagonista de la novela. Un enorme hotel situado en la costa sureste de Irlanda, de más de 300 habitaciones que en su época brillaba en todo su esplendor y ahora está en decadencia. El comandante va en busca de su supuesta prometida y allí se encuentra con un grupo curioso y representativo de la Irlanda de un determinado momento histórico. Un grupo, un país, descrito con un irónico humor sorprendente: «Pienso que no hay ninguna necesidad de prescindir de la razón simplemente porque uno esté en Irlanda».

Un premio tras cuarenta años.


Aunque publicada en 1970 está ambientada en los años 1919-1921. Ambas fechas se encuadran en un momento crucial del país. La novela se desarrolla justo cuando se producía una «guerra desigual, esporádica pero brutal que se inició en 1919 entre el Sinn Féin/IRA y el ejército británico de ocupación» en palabras de John Banville el autor del prólogo; la «guerra» anglo-irlandesa por la independencia es llamada de forma eufemística «Troubles», título original de la novela que aquí han traducido como Disturbios. Los ecos de esa guerra se dejan entrever en el hotel pero con cierto humor y surrealismo en ocasiones. Decíamos que coincidía el marco en el que se desarrolla la historia y el momento de su publicación pues en 1970 renacieron esos disturbios en Irlanda del Norte. Si en la primera ocasión era la oposición unionistas-fenianos ahora será la de los protestantes-católicos, oposición también presente en la novela sobre todo en el personaje de Edward Spencer, el director del hotel.


El señor James Gordon Farrell.



Más allá del sentido metafórico, observamos la decadencia física del hotel y de la gente que lo habita. Inconveniente decadencia para este grupo pero acorde a los tiempos: la desaparición de esa fauna que fue la aristocracia anglo-irlandesa que produce al tiempo horror y humor. Vienen a la mente dos referencias claras en este sentido: el cuento La casa tomada de Cortázar (los ruidos, el arrinconamiento) y la película El ángel exterminador (1962) de Buñuel (sobre todo el metafórico final de la película que en la novela saltea durante toda la narración). Y porqué no, también de El gatopardo de Lampedusa porque es un reflejo de una época de cambios inevitables; la decadencia, las ruinas, la violencia, envuelto todo en un surrealismo absurdo en el que unos luchan por mantener su estatus y otros por violentarlo. La novela está salpicada con noticias, artículos de los periódicos de entonces, donde no solo se habla del contexto inmediato del hotel (Inglaterra-Irlanda) sino también de sus colonias en un momento crucial como son Egipto, India, etc. Una referencia muy real. La mayoría de los títulos de J.G. Farrell tienen un contexto histórico muy marcado. Es una especie de novela histórica personal. Aquí aparecen salpicadas referencias al lejano Oriente (donde pasó parte de su infancia), Oxford e Inglaterra-Irlanda que de un modo u otro forman parte de su biografía.

Troubles/Disturbios.


Muestra un evidente cambio generacional y se hacen repetidos comentarios a la frívola generación de entreguerras en relación con la seriedad de sus mayores. La alta sociedad que aparece por el hotel son a veces absurdos, a veces crueles y son por ello satirizados pero también hay cierta atracción. Algo parecido a Evelyn Waugh. Nos encontramos con el director del hotel Edward Spencer que deja de hablar con su hijo por casarse con una católica; sus hijas, la huidiza prometida del comandante, Angela Spencer y las desubicadas gemelas; la impertinente Sarah Devlin que ya no desea los hábitos de ligue de antaño; el tutor Evans; el adusto doctor Ryan; y una  cohorte de damas ancianas que se muestran con toda su indolencia. Todos se ven reflejados en una verdadera fauna que les rodean y que forman parte de los elementos más cómicos de la novela: innumerables gatos, pavos reales, cerdos, etc. Hilarante el momento de la aparición de la hembra de pavo real. Personajes brutales pero cómicos, incluso surrealistas. Todos observados de cerca por el comandante, el único que tanto el autor como los demás personajes identifican sin el nombre de pila o apellidos. Es como un espectro que pasa por allí, manipulado inconscientemente, como llevado por la narcótica inercia del país. Un fuera de lugar que incomprensiblemente se ve arrastrado como si la voluntad se le hubiera evaporado. Algo hay en Irlanda, como si se viera arrastrado por la locura de sus habitantes que le hace quedarse. Atracción y extrañeza, las mismas que expone muy bien el autor.
Y ante todo, el hotel, el más importante; ese hotel que una vez fue y ya no es, con un reloj de péndulo «que había sobre la mesa de recepción que sólo indicaba la hora correcta, por accidente, una vez cada doce horas», ventanas sin cristales, lámparas sin poder encenderse porque han sido invadidas por una marea verde, un bar invadido por los gatos, sofás que tapan raíces que surgen del suelo, pistas de tenis invadidas por tréboles y alfombras de las que salía polvo si se andaba fuerte por ellas entre otras cosas y muchas más por descubrir.
Espacios, personajes, historia; un cúmulo de incentivos para acercarse a un autor que falleció a los 44 años cuando estaba realizando la parte más importante de su obra. Acantilado está preparando la edición para este 2012 de la última parte de «la trilogía del imperio», La defensa de Singapur (1978) de la que Disturbios es su primera parte y El sitio de Krishnapur (1973), la segunda.
[Texto publicado originalmente en Neosib]

lunes, 14 de mayo de 2012

Clarice Lispector: lo enrevesado tiene un tope.



Clarice Lispector.



Lo habitual, lo sano es gastar saliva y tinta en hablar de algo que te guste. Este es el momento de la excepción.  Sobre todo cuando encuentras algo tan particular, cuando das varias oportunidades y se va conformando el rechazo. Y sobre todo porque te pones a darle vueltas a cómo será ese perfil de gente que opine lo contrario, que le guste lo que a ti no y no te haces a la idea.





¿Clarice o Cindy?





Pues llegó el turno de descubrir, siempre en parte, a Clarice Lispector la escritora brasileña (1925-1977). He de reconocer que cuando escuché por primera vez su nombre creí que se trataba de una cantante, tal vez por el productor Phil Spector (más tarde apareció Regina Spektor que cubrió esa suposición). Tan fuerte y atractivo me parecía el nombre, que parecía inventado para una actriz. Algo así como lo que Jean Cocteau dijo sobre Marlene Dietrich: «Su nombre empieza con una caricia y termina como un látigo». Se forjó en mi mente como nombre de diva. Y ahora que la descubro físicamente parece ser una de esas mujeres inventadas de Cindy Sherman. Ella misma de alguna manera me lo confirma en su Solo para mujeres: «Tu trabajo es descubrir en tu propio rostro la mujer que serías si fueses más atractiva, más personal, más inconfundible. Cuando “creas” tu rostro, teniéndote a ti misma como base, tu alegría es la de un descubrimiento, la de una revelación».





Traspasada cierta línea peligrosa.
Todo en ella es una expresión de su subjetividad. Y esa expresión se hace particular trasladada a los temas y formas empleadas. El tema me interesa pero existe una delgada línea que se puede traspasar y llevar al hastío. Y Clarice Lispector me lo ha provocado. Tal vez fuera, me decía, que empecé mal la travesía con ella. Aprendizaje fue lo primero que cayó en mis manos. Ella misma declaraba que sus libros reclamaban «una lectura irracional, una empatía natural». Tal vez ese sea el único modo, en parte, de conexión. La empatía de raíz no llegó y eso que intenté no juzgar, pero conforme iba avanzando en la lectura me iba violentando. Las reflexiones, dudas y descubrimientos de los protagonistas se quedaban en ese límite vergonzoso, de fácil novela rosa y manual breve de psicología y que no llega a salvarse. Salvación que hubiera llegado si tuviera ese punto kitsch, naif pero no es así: «Eres la misma de siempre. Solo que te abriste en rosa rojo-sangre. Tiré las dos docenas de rosas porque te tengo a ti, rosa grande y de pétalos húmedos y espesos. Lori, voy a estar tan ocupado que tal vez lo mejor sea casarnos para estar juntos» o «¿Te parece que ofendo mi estructura social con mi enorme libertad?» representaban el iceberg de mi impaciencia.





Una mujer se desvela...
La pasión según G.H. sobrepasó cualquier nivel de abstracción establecido. Supone la versión más enrevesada y retórica de los libros de autoayuda en modo ficción. De una idea pasa a treinta, no sé cómo en un mismo párrafo, en una misma línea si me apuran y no te queda sensación de riqueza sino de pérdida: perdido tú lector, perdida tú lectora. Ella lo intuye y te dice: «Por hablarte ¿te asustaré y te perderé? Pero, si no hablase, me perdería y por perderme te perdería» en una especie de captatio benevolentiae que parece una constante suya. Hablarle al lector le habla mucho, eso sí. Algún que otro crítico le ha llamado «egocentrismo literario».








Hechos en carne viva.
En realidad el propósito de la autora, su mirada, es interesante pero cómo la filtra juega en su contra. Cuando entra en materia, cuando filtra mejor su yo, algo que aparece constantemente y enseguida en su obra, tiene un interés exótico. En La hora de la estrella, durante las doce primeras páginas te dice que te va a contar, se enreda, se explica, ahora de verdad te lo cuento nos dice, pero antes otra cosa, y te voy a contar: «Pero volvamos a hoy. Porque, como se sabe, hoy es hoy. No me están entendiendo y sigo, no muy claro, que se ríen de mí con risas entrecortadas y ásperas de viejos». Cuando decide entrar en materia nos cuenta una historia, extrema, particular con imágenes muy definidas y duras donde la muerte y la intensa vida aparecen salpicadas tanto en la misma historia como cuando la narradora (aquí narrador) se deja caer: «Si todavía escribo es, porque no tengo nada más que hacer en el mundo mientras espero la muerte». Este es mi pequeño interés en Clarice lispector, que aparece cuando ella, el narrador no aparece, cuando deja hablar a los hechos, un hecho, valga la redundancia que hasta ella misma destaca: «Estoy entrando en un terrible interés por los hechos. Los hechos son piedras duras. No hay modo de huir. Los hechos son palabras dichas por el mundo». Pero estos encuentros son diminutas islas en un inmenso océano farragoso.




Pose mentirosa porque no hay resistencia.





El interés de base de la escritora viene por la nueva voz dada a las  autoras, la visión particular, la reflexión desde las entrañas, pero hay que superar el modo y esa es una barrera a veces infranqueable. Tal vez sea una cuestión de estilos y de empatía como se ha dicho antes. Otra autora, Simone de Beauvoir de una escritura también muy del yo, de mirada al mundo, tiene eso que a mí me hace introducirme en su mundo sin impedimentos: el yo no molesta, no apabulla, resurge con una voz cristalina hasta en la duda: «Quizá toda admiración sea un engaño; quizá solo se encuentre en el fondo de todos los corazones un mismo carnaval incierto; quizás el único lazo posible entre dos almas sea la compasión. Ese pesimismo no bastó para reconfortarme» (Memorias de una joven formal). En cambio, en los textos de la brasileña se necesitan resoluciones aunque fueran cuestionadas después de identificadas, aunque fueran repensadas después de ignoradas pero aquí hay un largo, largo camino de reflexión que no son más que galimatías. Sé que cualquier texto aquí puesto está sacado de contexto pero ante esto que les cito ¿qué me dicen?: «Sólo después iba yo a entender. Lo que parece falta de sentido es el sentido. Todo momento de “falta de sentido” es exactamente la aterradora certidumbre de que allí hay un sentido y que no solamente no capto, sino que no quiero porque no tengo garantías». Parece que todo lo que escribiera supusiera para ella una lucha, una dura lucha contra las palabras.




Ese nivel filosófico, psicológico o metafísico si lo quieren llamar es lo que más destaca en su literatura y si estás en ese nivel te enganchará, digo yo, y si no, solo te quedan los hechos que te los cuenta traspasándote las entrañas y son tan pocos que te provoca impotencia y tirar la toalla. La conciencia liberada tiene esos peligros. Cada uno estará de un lado o de otro. Es necesario que a no todo el mundo le guste lo mismo, es algo incluso de pura supervivencia y lógico. Por mi parte me desvío, las oportunidades que le di serán para otro u otra.  

viernes, 4 de mayo de 2012

Las zapatillas rojas: la pasión cobra vida.





Un clásico.




Todo gira en torno al ballet; todo es arte, todo es una representación. La vida fuera del teatro escasea. Las zapatillas rojas, tal como dijo Michael Powell uno de sus directores, junto con Emeric Pressburger, formaba parte de ese ansia de una generación hambrienta de ideales de paz, de un mundo imbuido en una total devoción por el arte. La película se rodaba en 1948, tras la II Guerra Mundial, basándose como bien deja claro, en el cuento de Hans Christian Andersen escrito un siglo antes.





El juego de los espejos/reflejos.






La  película se abre en un teatro cuando va a comenzar una función y se cierra con el comienzo de otra representación. En esa continuidad donde no parece que se haya detenido el tiempo, disfrutamos de una historia paralela, la de la ópera que los protagonistas crean, Las zapatillas rojas y la historia de su propia vida. Un reflejo de la obra en la vida, un espejo que demuestra toda su realidad al final.





Vivir para bailar.
Unas zapatillas rojas que para la protagonista simbolizan al igual que para Dorothy,  su hogar, y el hogar aquí es el ballet. Incluso cuando ha construido un hogar real guarda en un cajón de este, todas sus zapatillas que acaricia como para no perder la conexión. Son un objeto que le permite volar, huir y algo más que vivir. A Victoria Page (Moira Shearer), la joven bailarina, y a Lermontov (Anton Walbrook), el director de la compañía de ballet les une un interés por la danza que excede a una simple pasión. En su primer encuentro él le pregunta por qué baila y ella le responde con otra pregunta: « ¿Porqué vive? ». Y ya está sembrado el conflicto: la  vida o el ballet. Y uno de ellos tiene que vencer. El siguiente punto de inflexión, lo introduce de nuevo Lermontov. Se dirige indirectamente a Vicky Page y ésta indirectamente lo recibe: «No se puede tener todo. La bailarina que confíe en el dudoso recurso del amor humano jamás será una gran bailarina. Nunca».  La vida en uno de sus puntales: el amor. Vivir frente a bailar; el dilema nuclear que como en todo cuento no admite combinaciones.





Lo bueno y lo malo de tener una pasión.




Claro está que aquí la vida y el arte se enfrentan casi en igualdad de condiciones partiendo de una elección sana. Victoria Page es una mujer activa, que no se relaciona mal consigo misma ni con los demás: porque estamos en un cuento, en la lucha de contrarios, no en la lucha contra uno mismo. Definitivamente está en el otro extremo de Cisne negro (Black swan, Darren Aronofsky (2010). Incluso la diferencia en los tipos de bailarina es acusada. La mayor parte de los actores incluida la protagonista eran bailarines profesionales y muy conocidos y sorprende la diferencia corporal en el ballet de antes y de ahora. Y el tema físico, aunque no venga a cuento de la historia, no aparece ni en un solo detalle en Las zapatillas rojas.





La energía en los pies.





La energía en la boca de una monja.







El paisaje brumoso de Narciso negro.
Cuando la vi por primera vez, la historia me llevó a recordar un cuento de Espronceda La pata de palo, un recuerdo angustioso que se fijó en mí, cosa curiosa, visualmente. Ese recuerdo era el mismo que se imprimió para mí de la película. A pesar de los colores, de la magia del baile, la historia tiene mucho de tragedia, de oscuridad, de telúrico. Un contraste y un tono que también se encuentra en otra película de los mismos directores, Narciso negro (Black Narcissus, 1947) donde también aparecía el rojo, esta vez en unos labios pintados; otra pasión en un mundo que no permite que se le incluya ninguna pasión. En Narciso negro el contexto era un grupo de monjas en el Himalaya. Ambas historias presentan un mundo onírico, irreal, envuelto en una atmósfera fantástica dentro de un mundo tremendamente real sobre todo cuando se descubren las consecuencias. Y los primeros planos, violentos, frontales, excesivamente expresivos, con rostros angustiados, sudorosos, sorprendidos, donde la formalidad inglesa queda fuera destacan, violentan al espectador. No es extraño que sea una de las películas favoritas de Brian De Palma. Fascinación (Obsession, 1976) o Doble cuerpo (Body double, 1984) tienen conexiones y texturas similares.





Un primer plano de Moira Shearer.





El tándem Michael Powell-Emeric Pressburger realizó desde El espía negro (The spy in black, 1939) hasta 1957 veinte películas que firmaban conjuntamente, aunque el primero se dedicaba más a la dirección y el segundo al guión. Llegaron a sacar adelante obras que producían ellos mismos, sin interferencias, sin impedimentos, obras que guardan algo muy particular, curioso, con escenas tan sugerentes como algunas que encontramos en Las zapatillas rojas, como la del baile con el periódico o el baile entre celofanes en una calle desierta en ralentí. Una película, Las zapatillas rojas que se reestrenó en Cannes en 2009 de la mano de Scorsese, como no podía ser de otro modo, porque se ha erigido en el rostro conocido de la conservación de la historia del cine con su The Film Foundation creada en 1990 y porque la montadora de gran parte de su filmografía Thelma Schoonmaker era la mujer del mismo Michael Powell.





El buen travelling.






Otro ejemplo de extraños dúos bailarines.


jueves, 26 de abril de 2012

Mr. Bojangles: un baile nunca está de más.










Mr. Bojangles hace referencia a un hombre de carne y hueso que a mitad de los sesenta se encontró en la cárcel el autor de la canción. El cantante de country Jerry Jeff Walker estaba encarcelado por ir ebrio y en la cárcel conoció al citado Bojangles, nombre de guerra de un ajado hombre blanco de historia triste y ropa gastada. Allí, como la canción cuenta, le narra sus penas para a continuación bailar. La alegría y la tristeza correlativas, que a veces se confunden, se trasponen y donde el límite de una es el comienzo de la otra. La vida es una combinación de contrastes, de opuestos. Jerry Jeff Walker escribió al poco tiempo del encuentro esta canción que tantos y tantos artistas han versionado.






El generador de Mr. Bojangles.





La canción siempre se ha relacionado con la figura de un hombre negro,  bailarín de claqué que acompañó, por ejemplo,  a Shirley Temple en el cine en alguna de esas películas tan, tan lejanas. Se trataba de Bill Bojangles Robinson. Entre esta relación y que Sammy Davis Jr. fuera el que más fama aportó a la canción, la ubicación ya estaba errada. El mismo autor de la canción lo negó.









Mr. Bojangles es una de esas canciones con algo de canción de cuna, con algo de cuento; una historia contada más que cantada. Mezcla exacta de ritmo y letra en una historia que en sus pequeños golpes rítmicos va regresando al pasado poco a poco, como una pugna entre la melancolía del recuerdo de alguien que ya no está y  la tristeza que eso conlleva, y la animosidad del baile, de esa imagen de un hombre bailando, intentando superar su edad, su pena y su recuerdo. Un hombre solitario con su compañía perdida (su perro) y en una cárcel, se pone a bailar para animar el ambiente. Los claros y las sombras de todo en esta vida: pena y superación.





El gran Sammy.






Es una canción que no se dirige al cerebro sino a otra parte nómbrese como se quiera nombrar, y que se filtra en ti. Se te llega a incrustar esa mezcla de ánimo (por el crescendo rítmico) y tristeza (por el tono) que nunca se deja liberar aunque aumente el volumen. Tengo en mi recámara muchas de estas canciones duales. Tanto es así que de una exposición de hace tres años en el MNCARS recordaba sólo la imagen en blanco y negro de un hombre, de nuevo equivocado, bailando con esta canción de fondo, y recuerdo en qué lugar estaba la pantalla y solo eso es lo que quedó. Al escuchar la canción esta vez, me vino como un flash esa imagen que hace tres años se ocultó en mi memoria y que olvidé completamente. A veces el cerebro te juega buenas y malas pasadas haciéndote llegar en forma de flashes momentos que creías abandonados. Aprovechando y rastreando este pequeño flash descubro de qué exposición se trataba; una sobre Paul Thek, un artista neoyorquino de la vanguardia de los sesenta, amigo de Susan Sontag y Robert Wilson al que la primera le dedicó dos libros, Contra la interpretación (1967), libro fundamental de reflexión cultural y El sida y sus metáforas (1988). Con Robert Wilson colaboró como actor y como diseñador escenográfico. Aquí termina todo el errar.





Hombres, todos, de sus épocas.




Y acabar, tenemos que acabar con mi mejor opción; la versión de Neil Diamond. Es la primera versión que escuché sin saber qué historial traía la canción a sus espaldas y se quedó en la mía. La modulación de su voz subiendo y bajando pero manteniendo el tono en esta canción, tranquiliza y emociona al tiempo. Y de eso Neil Diamond sabe mucho. Disfrútenla sin temor de dejarse llevar.









viernes, 20 de abril de 2012

El inicio de la primavera de Penelope Fitzgerald.



El buen cuidado de la editorial Impedimenta.


Tras constatar que uno de los atractivos de la novela es su ambientación, más allá del simple contexto, en la segunda década del siglo XX en Rusia, parece increíble que haya sido escrita por alguien ajeno a la cultura rusa. Un viaje en 1972 y la lectura de la literatura del país son los únicos bagajes que la inglesa Penelope Fitzgerald contaba en 1988 para construir su ficción.

Penelope Fitzgerald comenzó su carrera literaria casi con 60 años, prácticamente cuando se queda viuda. Junto con algún ensayo y biografías escribió unas cuantas novelas que podríamos dividir en novelas históricas y novelas inspiradas en experiencias directas como La librería (1978), editada en España por Impedimenta al igual que El inicio de la primavera, que está basada en su experiencia como librera, como A la deriva (1979) que está inspirada en el tiempo en que vivió en una casa fluvial sobre el Támesis o como Human voices (1980) sobre la base de su experiencia trabajando en la BBC en tiempos de guerra.


Para que leamos La librería.



El inicio de la primavera se enmarca en lo que hemos llamado novela histórica pues está ambientada en Rusia, concretamente en el año 1913 a solo cuatro años de que comience la revolución rusa. No es una reconstrucción árida porque sigue la historia íntima de una familia y los datos históricos aparecen transversalmente como cuando se comenta que las vacaciones escolares terminan el día del aniversario de la zarina. El protagonista, Frank Albertovich Reid, aunque nacido en Rusia y aún viviendo allí, es un inglés que nos hace de guía entre los distintos caracteres y espacios rusos. Y en un breve lapso de tiempo que es lo que tarda en hacer su entrada la primavera nos deja ver una perfecta radiografía del ambiente social, político y personal de entonces.

Estamos en el momento del deshielo, cuando el río arrastra turbios residuos en su periplo hacia el Volga y se comenta que “uno de los entretenimientos favoritos de los moscovitas consistía en ver cómo pasaba el hielo por debajo de los puentes”. La primavera trae novedades y el cambio físico de la ciudad se traduce en un cambio anímico, partiendo del abandono del hogar por parte de Nellie, la mujer de Frank, de la que se cuenta que cuando se casó a los 26 años no iba a dejar que le constriñeran los corsés. La ciudad poco a poco va despertándose y la incógnita de dónde está Nellie y si volverá es una excusa soterrada para que veamos la idiosincrasia del carácter ruso.


Tolstói campea por la novela.


La novela está llena de grandes personajes como la niñera Lisa Ivánovna o el buen samaritano y poeta Selwyn Osipych admirador de Tolstói. De su personaje surgen los dos puntales que enmarcan la novela: Tolstói y los abedules que de manera muy sutil y metafórica (y no revelo nada) oculta la solución a la trama.

De Tolstoi muerto un par de años antes de la narración, se cita su novela Resurrección que relata la complejidad de los límites entre los siglos XIX y XX. Esta obra funciona como un espejo con la novela de Penelope Fitzgerald pues también da cuenta de eso por ejemplo en la imprenta propiedad del protagonista donde aún se trabaja manualmente. Así, un personaje le dice al protagonista: “La imprenta manual se asocia hoy día a los tolstoianos, a los estudiantes revolucionarios y a los activistas que se esconden en buhardillas y sótanos. Hemos de ser conscientes de que el futuro pertenece al metal caliente”.


Otro marco: el abedul.


Refleja muy bien el control por parte de la policía, la circulación de los sobres con dinero, la dificultad en los negocios por las aleatorias medidas legales y la censura pues se habla de las imprentas ocultas hasta en los baños públicos. Y siempre se hace con una sutileza que nace de la inventiva y de la observación como cuando se comenta del libro de poemas de Selwyn Los pensamientos del abedul  que “estaban aún en manos del censor y, dado que toda poesía, por su propia naturaleza, era sospechosa, alguien estaría leyendo los poemas de Selwyn en ese instante con más atención de la que nadie volvería a dedicarle jamás”.


Para los atrevidos.


La novela está llena de detalles de Rusia nada obvios sino sutiles que hacen detectar el sentido ruso mientras se está atento a las relaciones entre los personajes como que no se cobraba los sábados para evitar que la gente utilizara el dinero para emborracharse, las maneras protocolarias en el trato en sociedad, que no estaba permitido que sonaran las campanas salvo las de la propia iglesia ortodoxa, que los rusos están obsesionados con cortar árboles, que su tradición les hacía sentarse un minuto en el coche antes de partir para asegurarse el regreso, que la bombilla más potente que se podía encontrar en Rusia era la de 25 vatios, etc.

La novela alterna entre curiosos detalles como el de la porcelana retenida en la aduana, auténtico hallazgo y escenas como la nocturna en la dacha, poderosa visualmente, donde lo maravilloso aporta un destello en la realidad del deshielo ruso. Por esos momentos, por unos personajes tan bien perfilados y por unas situaciones descritas con inteligencia, se agradece que una editorial como Impedimenta haya rescatado este año una novela como El inicio de la primavera.

[Texto publicado originalmente en Neosib]

viernes, 13 de abril de 2012

Un lavabo, por favor.



Época de mecanografía en tinta.





Me ha llenado de melancolía para no variar, el ver que se estrena Madrid, 1987 la película de David Trueba que andaba ya meses, pendiente de estreno.  Y no por el viaje atrás de veinticinco  años  que nos propone sino por el baño, aseo, servicio, wáter, tocador o lavabo según sea el gusto del consumidor, que me llevó unos ocho años atrás a recordar a una compañera entonces, a una amiga a día de hoy. Esta amiga decidió que su ejercicio, su pequeño corto tuviera como marco un aseo.  Nuestro profesor, Paco Lucio, un hombre con el que era imposible no sentir cariño, con un gran sentido del humor, de gran sabiduría y demasiada paciencia, respetuoso y cercano recuerdo que no lo aconsejaba. Ese espacio íntimo se unía a trabajar con niños y con animales como cosas que no te ayudan en nada en esto del cine. Pues mi amiga lo rodó y yo estuve allí y luego lo vimos y todos, incluido Paco Lucio se sorprendió en positivo.




María Valverde, una toalla y un aseo.




Pues ese riesgo también lo ha corrido David Trueba muy admirado a su vez por mi amiga. Su última película transcurre casi en su totalidad en un baño donde dos personajes inevitablemente tienen que estar ahí con una toalla como único material contra el pudor. Fui a verla cuando la pasaron por la Filmoteca para esto de las votaciones de cara a los Goya, por la curiosidad de cómo lo resolvía. Pero la película me desilusionó. Es áspera sobre todo por unos diálogos que aunque tengan ingenio llegan a saturarte y a no poder escuchar por más tiempo ni a José Sacristán ni a María Valverde pues parecen dos guiñoles, dos tipos, dos trazos en una libreta y en un megáfono. La película se mostró allá en Utah en el Festival de Sundance y ahora se estrena en España. Periodismo, Madrid en verano y «conflicto» generacional. Una rara avis que no sé porqué me resulta incómodo criticarla pero en el fondo no convence en nada.





La belga Amélie, concisa en su estupor.





Y justo ahora termino de leer Estupor y temblores de Amélie Nothomb donde los servicios de una empresa japonesa se erigen en espacio protagonista. A la pequeña novela de la autora belga me acercaba con resistencia ya que mi único acercamiento con Mecánica de los tubos no dejó ningún poso en mí,  pero Estupor y temblores es una obra concisa, con un ritmo perfecto donde se nos desvela mucho del mundo japonés en un espacio reducido como es el de una empresa japonesa desde la mirada de una europea. Es como un pequeño mecanismo de relojería donde con cuatro o cinco personajes, dos despachos y un aseo y un año mecánico a su vez te sumergen en una obra que se mueve con humor entre lo absurdo y la sorpresa.  La novela es un proceso de degradación tal que termina en los servicios.




La soledad del portero al fondo.
La novela de Amélie me llevó inevitablemente a El último (Der Letzte mann, F. W. Murnau, 1924), una de mis películas preferidas del cine mudo si no lo es más. No hay intertítulos y el espectador no los necesita, no los echa de menos. Fue la primera que se hizo así y más allá de este detalle es una película tan hábil para contar una historia a través de imágenes que te quedas enganchado literalmente a la pantalla observando unos movimientos de cámara tan modernos, una tensión y una emoción que son difíciles de igualar. Hollywood fue verla y querer tener en su nómina al alemán y claro, luego llegó e hizo Amanecer (Sunrise, 1927), otra maravilla. Pero volviendo a El último, aquí Emil Jannings empezaba en la entrada de un gran hotel para terminar (en el final del director que no de la productora), en los servicios. Aquí si es un espacio total de degradación, la película muestra ese proceso. En la novela de Amélie Nothomb la gracia estaba en la aceptación de la protagonista de ese bochorno, de esa degradación porque ella está ahí de paso, con perspectiva, como una entomóloga: es joven, es europea y saldrá de allí. En la película de Murnau el protagonista no tiene salida, es un anciano, está en su tierra y no saldrá de allí.









Reducir una historia a un solo espacio es un riesgo que cuando sale bien se disfruta. El resultado es más rico, más metafórico. Fue el caso de La soga (Rope, Alfred Hitchcock, 2008) y en otro extremo el corto Saute ma ville (1968) de Chantal Akerman que os dejo aquí arriba. El extremo, extremísimo extremo puede ser el ataúd que ideó Rodrigo Cortés en Buried (2010). De todas formas volviendo al aseo, a no ser que sea el antaño tocador hollywoodiense donde  el wáter estaba mal visto hasta nombrarlo, es un buen lugar para asesinatos, líos pasajeros, drogarse y demás. Pero se trata en pequeñas dosis. Son pequeñas escenas de paso a la que pocos se adscriben a darle más metraje. David Trueba lo ha hecho y evidentemente era un riesgo. Pero confío en que alguien llegue más allá. Recuerdo que cuando se estrenó Asuntos privados en lugares públicos (Coeurs, Alain Resnais, 2006), me imaginé una serie de escenas y encuentros de personajes en unos deslumbrantes aseos, pero no, no era eso y maldita la desilusión. Supongo que mi relación con el aseo o baño no es por nada escatológico sino porque ese era un lugar en el que me concentraba mucho para estudiar. Claro está, cuando no vivía en una gran ciudad, pues ahora no puedo tumbarme, ni siquiera sentarme para retener mínimamente nada.