lunes, 29 de abril de 2013

On connaît la chanson: Resnais lanza un muestrario musical.






Paris y la chanson.




Alain Resnais es peculiar y con eso hay que partir. Hoy la palabra más que al cineasta se la tomamos a las canciones francesas que nos presenta en su película On connaît la chanson (1997). Cuando surgió en su momento se destacó en ella a la pareja Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri porque con Resnais elaboraron el guión, porque formaban parte del elenco y porque a partir de ahí ellos mismos elaboraron sus propias películas. Ya colaboraron con Resnais en 1993 en Smoking/No Smoking. En realidad es ella la que ha dirigido las cuatro películas que escribieron juntos. Y ella aunque aquí no cante, lo hace y hasta lo ha hecho en español. Ya que hablamos de ellos, ellos intervienen en una de las escenas que más me gustan: la de la tesis de historia y los capullos preguntando.





Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri.





Esta película me desborda en el mejor sentido de la palabra. Contiene más de treinta y cinco canciones francesas. Cuando la vi en el cine me faltaba tiempo para reconocer, aprender, recordar y disfrutar de todas ellas. No se trata de un musical usual. Aquí no se baila, ni se mueve la cabeza un pelo; el dinamismo de los actores está dictado por las letras de las canciones que cuadran con la vivencia de ellos en ese momento. Mueven la boca pero es un entrecomillado pues a quienes escuchamos, es a los cantantes originales de tales canciones. Eso forma parte del encanto del reconocimiento. La voz de Edith Piaf, al escucharla en la película, la reconocía pero esa canción concreta no. Y en otras ocasiones al revés. Y al volverla a ver disfruto más porque ya conozco más de la historia de la chanson française.






Él la consuela a ritmo de Julien Clerc.




Al igual que era inabarcable para mí tanta canción junta, también lo es ahora que puedo detenerme en ella porque me parece excesivo mostrar cada una de las canciones. Con pena de mi corazón y en aras de la imposible brevedad intentaré escoger algunas.










Para empezar, antes hablábamos de Edith Piaf y si hay una canción que me guste mucho de ella, que enseguida cuajó en mí es L’accordeoniste. Cuando alguna canción me gusta voy a la parte de dentro buscando al compositor y ahí me encontré con Michel Emer. Cuando en el cine fui a ver el biopic que hizo Olivier Dahan de la cantante esperaba el momento de la aparición de dicha canción y allí estaba el mismo Michel Emer (el personaje) entrando en el salón de Edith vestido de uniforme tocándosela al piano. A Edith le bastó un par de líneas para saber que la quería hacer suya. En On connaît la chanson no está L’accordeoniste sino J’m’en fous pas mal que canta Camille (Agnès Jaoui) a su hermana (Sabine Azéma) al hablar de Marc (Lambert Wilson).










Hay otra canción de la Piaf que aparece pero en diálogo, sin reproducción musical ninguna; la primera frase del estribillo de la célebre Non, je ne regrette rien. La «parole» es lo que importa aquí y la tradición. Por eso ningún actor canta en realidad con su propia voz pero resulta que aparece en escena Jane Birkin interpretando el pequeño papel de esposa de Jean-Pierre Bacri, cantando curiosamente su propia canción que compuso su pareja Serge Gainsbourg.











Gainsbourg también «canta» aquí pero aprovecharé para suplantarle por Rufus Wainwright ya que aquí mando yo. Admiro a Gainsbourg como compositor pero como intérprete me parece un poco cargante. Me pasa lo mismo que con Marlon Brando. Ambos me parecen demasiado oscuros, como si por mi parte necesitaran espabilarse. Esa sensación se instauró con el actor cuando le vi en  La ley del silencio (On the waterfront, Elia Kazan, 1954). En fin, que disfrutemos de Rufus en esta canción en la que colaboró para que el hijo de Serge, Lulu, sacara su primer álbum, como no, relacionado con su padre.








El recorrido artístico de la película es asombroso: France Gall, Johnny Hallyday, Gilbert Becaud, Alain Bashung, Charles Aznavour, Léo Ferré, Sylvie Vartan… Tal vez sea Téléphone por tratarse de un grupo de rock el que propone cierto aire contemporáneo.











Agnès Jaoui interpreta a una guía que prepara una tesis de historia muy particular. André Dussolier, enamorado, le sigue encantado por esos recorridos parisinos admirándola. Uno de esos paseos guiados les lleva ante la tumba de Victor Noir. La tumba, la escultura que hay allí es una excusa para que tenga lugar una conversación entre ellos pero como tengo ahora curiosidad por todo lo francés pues me he encontrado curioseando con que esta tumba tiene una historia muy curiosa.




Victor Noir fue un periodista y también se le puede llamar mártir republicano. Su tumba se encuentra en el cementerio de Père Lachaise. Su escultura, bastante realista, reproduce su cuerpo tal como quedó en el suelo tras recibir un disparo. La escultura tiene algo destacado: una protuberancia en sus pantalones. Y alrededor de eso se ha generado el mito de que la tumba genera a las mujeres una vida sexual feliz, fertilidad o encontrar pareja. Se dará lo que se pida. Pero para que se llegue a buen puerto hay que hacer un ritual que consiste en colocar una flor en el sombrero de la estatua, besar sus labios y rozar el área genital. Por lo que ambas zonas brillan destacadas ante tanta oscuridad verduzca.  












On connaît la chanson tiene un gran comienzo. Empieza con una broma al nivel del Ser o no ser (To be or not to be, 1942) de Ernest Lubitsch donde la rigidez de los alemanes durante la II  guerra mundial se rompe con la famosa canción de la artista norteamericana que triunfó en Francia Joséphine Baker. Es la única vez que una canción no la canta el elenco de la película sino un personaje histórico: el general alemán que tal vez por su amor a París evitó el desastre.










Algunas canciones, unas pocas, se usan en más de una ocasión con una sola frase como comentario de la situación. Estos repuntes para nada agotan la situación sino que hace que nos sintamos más cómodos como espectadores sobre todo si no reconoces muchas de las canciones. Una de estas canciones es la que escuchamos aquí arriba; una canción de France Gall que «interpreta» el personaje de Odile a la que da vida Sabine Azéma compañera del director y siempre muy presente en sus últimas películas.










Otra de las canciones repetidas gracias al personaje de Jean-Pierre Bacri que hace una gira por algunos médicos intentando descubrir qué le pasa es una de mis preferidas: Je n’suis pas bien portant. Se trata de un casi esfuerzo lingüístico de velocidad de los que me gustan a mí como el que realizaba Jacques Brel en Le vals à mille temps. Por cierto, excuso la no aparición de Brel por ser belga aunque sea una excusa muy débil.











Para mí hubiera sido redonda (aceptando la excepción de Brel) si hubieran incluido alguna canción de Françoise Hardy. En vez de eso nos dejan una de su pareja Jacques Dutronc muy adecuada para describir al personaje mujeriego y egoísta de Marc que interpreta Lambert Wilson.




Hermanas comentando una infidelidad a modo Alain Souchon.





El padre de Odile y Camille termina la película dirigiendo la mirada a cámara y preguntándonos si conocemos esa canción, la de cada una de esas canciones de la historia francesa, pero sobre todo la de ese plancton de historia que recorre todas ellas, la de las relaciones personales que al fin y al cabo cuentan. Y así termina una película hermosa y muy francesa inevitablemente. Homenaje a la chanson française con los primeros títulos de crédito surgiendo de la derecha como reproduciendo la canción en una caja de música con manivela. 



martes, 16 de abril de 2013

Querida profesora, querido profesor: lo siento pero no voy a seguir su camino.





Una escuela en positivo la del profesor Lopez.




Más que reflexionada o incluso expuesta, la posibilidad de llegar a ser profesora era algo en lo que aparecía la palabra no. Un no sin violencia. Siempre fue y sigue siendo un simple no. Pero aunque no haya  hablado de ello, la cuestión ha ido apareciendo puntualmente como una estrella fugaz. Una aparición cíclica. Hoy me ha tocado. La aparición tal vez esté vinculada a esos momentos de tu vida en los que te planteas que si no logras tus objetivos, tus deseos, primero es que tal vez no los hayas identificado bien y después te planteas algo más complejo: ¿No se han dado las circunstancias o es que no has sido capaz/valiente de buscarlos? En todo caso, me preocupa más lo que hay delante de mí sin nombre que lo que dejo atrás nombrado.





Durmamos que Rachel también lo hace.




Por eso, por poder nombrarlo y dejarlo atrás creo que se puede incluso jugar con ello. Y he fantaseado con que  en ello haya tenido algo que ver alguna que otra película, concretamente dos. Y esas dos se pueden permitir el contraste con otras dos que también me emocionaron pero que no jugaron al mismo nivel que las otras. Estas cuatro películas donde el «personaje» del profesor  ocupa un lugar primordial en mi recuerdo son: Picnic (Joshua Logan, 1955), Rachel, Rachel (Paul Newman 1968), Hoy empieza todo (Ça commence aujourd’hui, Bertrand Tavernier, 1999) y Ser y tener (Être et avoir, Nicolas Philibert, 2002).





Philippe Torreton, un profesor todoterreno.




Dos de estos profesores pertenecen al  bando de los malos y dos al bando de los buenos. La bondad y la maldad no se miden aquí por datos objetivos, sobre la calidad del profesorado o si son malévolos o unos santos sino por la calidad de la vida interior o personal de los mismos. Vamos, que mi objetivo era representarme, reflejarme y dio la casualidad que el reflejo posible era ante los negativos. También cuenta que fueron los primeros que vi. Menos sorpresa descubro al fijarme que eran personajes femeninos (los positivos eran hombres). Y curiosamente  son dos películas francesas y dos norteamericanas las que se reparten en pack la categoría bueno/malo. Aquí están representadas las dos cinematografías que desde sus inicios ya tuvieron fricciones. Edison y Lumière entonces se disputaban el descubrimiento. Aquí  y ahora, la ficción pertenece a los norteamericanos y la documentación a los franceses.




La comunidad haciendo un picnic.




Esos personajes  femeninos en lo que me fijé aparecen en películas norteamericanas de ambiente también norteamericano de los años cincuenta y sesenta. Vale. Es evidente. Pero esa es la pura historia, historia que impregnada en la piel cuesta limpiar y que es necesaria revisar. Rosemary, Rachel Cameron, Daniel Lefebvre y George Lopez son todos pueblerinos. En todas estas historias era necesario un ambiente recogido, cercano, de comunidad. Y esa comunidad en ellas es perpendicular y en ellos es paralela. El camino de ellos aunque difícil es anhelado y les compensa lo que tienen alrededor. En cambio el camino de ellas es inadmisible y desasosegante. Ambas, Rachel y Rosemary (Picnic) terminan yéndose y despidiéndose de la escuela. Rosemary le saca la lengua al pasar ante ella y Rachel se despide de ella misma recordándose como niña saltando en la misma puerta. Son profesoras pero eso no les llena; tienen una vida vacía. Están amargadas, constreñidas.



Por mucho que usted me lo diga, yo no estoy bien.




¿Otra perspectiva es posible?




Rachel, Rachel empieza en el cementerio y la primera imagen que vemos de la protagonista ella está en la cama con los brazos cruzados sobre el pecho y sus primeras palabras son: «estoy muerta». Cuando se entera de que lo que tiene es un quiste en vez de un embarazo (un seguir y no una salida), ante el consuelo de la enfermera ella declara: «¿Cómo puedo estar fuera de peligro si no estoy muerta?». La vida no se desarrolla y de ahí que aparezcan tantos recuerdos en imágenes y también proyecciones de la misma Rachel. Una de esas proyecciones es la de ella tirándose por la ventana de su habitación. No hay futuro: por lo tanto, imaginemos y recordemos. Es lo único que tiene.
La sociedad opresiva en la que se inscriben ambas películas está representada en esas madres-araña. La de Rachel directamente le espeta desde lejos y sin mirarle siquiera: «¿Porqué no te casaste como una mujer normal y tuviste hijos como tu hermana Stacey?».  En esas estábamos. En Picnic, Rosemary tiene unos años más que Rachel y la madre está representada aquí por la de Kim Novak que también insiste en que la única salida es casarse con el joven rico. La soledad las envuelve y el contacto humano es esa cosa que no tienen. La muerte tan buscada por Rachel es la ausencia de cariño por parte del padre que sólo veía que contactaba con los cadáveres y no con ella (el padre tenía una funeraria).




La profesora haciendo su papel norteamericano.




Rosemary tiene un ritmo diferente del de Rachel. Ella es la inquietud, la alegría y el movimiento impuesto para no pararse y pensar. Hasta que llega al límite y no para y le toca pensar. Su presentación es un constante embadurnarse la cara con crema. Rosemary también hace proyecciones aunque aquí no las veamos porque son subidas de tono provocadas por el cuerpo presente del protagonista Hal Carter (William Holden).




Rosalind Russell, un reflejo mío.




Rosalind Russell, la réplica que te espera, muchacho.




Anita Loos, una de las responsables.





Aún recuerdo el impacto del personaje de Rosemary. La vi hace mucho aunque no recuerdo la edad que tenía. Pero tenía la suficiente para que sonara una campanita en mí. El impacto fue mayor porque yo admiraba a Rosalind Russell. Antes la había visto en Mujeres (The women, George Cukor, 1939) y en Luna nueva (His girl Friday, Howard Hawks, 1940) y evidentemente la verborrea me atrapó. Yo si aún no era esa cosa parlante, me proyectaba en el encanto de la palabra sagaz, irónica, rápida e inteligente de Hildy Johnson. Si no convencía con el físico (Madge (Kim Novak) en Picnic sufría por su belleza la pobre), tendría que convencer con la palabra. Y después de ver estas dos películas me encuentro con que Rosalind Russel ha llegado a esa profesora, sí de verborrea pero esto no era lo que yo proyectaba. ¿El parloteo llega a esto? ¿Ese es mi futuro? Bofetada simulada y reacción a continuación. Me parece bonito que ambos personajes (Rachel y Rosemary) formaran parte de mi reacción. En el fondo, mi parte consciente sabe que la admiración se debe fundamentalmente a esas palabras de entre otros Anita Loos y Ben Hecht. Benditos guiones.





Jojo, ese niño...





La vida personal del profesor.





Ellas me provocaron huella. También ellos pero más endeble, menos personal. Más emoción pero temporal. Es inevitable no empujar desde la pantalla a Daniel en Hoy empieza todo ante esa lucha que parece infructuosa por el presente y futuro de los niños. Y también enamorarse de Jojo en Ser y tener. Pero es su contexto el que puede con ellos. Su historia personal aunque no sea muy buena no les sobrepasa. Aquí también los padres están presentes. La diferencia es que si el espejo de las hijas son las madres, el de los hijos son los padres aquí. El del profesor Lopez, exiliado español, fue un trabajador eterno que luchó para que su hijo fuera alguien más de lo que fue él. El padre de Daniel sigue presente, duro como una piedra. Hombre violento con su hijo en la infancia, Daniel sabe qué figura paterna fue pero ha seguido con su vida y está ahí y por estar tal vez le da una lección a su propio padre: una lección serena, a través de la escritura donde se unen dos generaciones.





La clase de Daniel en el norte de Francia.




Y yo sigo diciendo que no a la maestría. Mi caos no permite mantener la norma. El caos que llevo conmigo es incompatible con la organización metódica que una educación merece. Por eso admiro a los hombres que han aparecido en estas imágenes cinematográficas pero me quedo con el apoyo en mi decisión que provocaron indirectamente Rachel y Rosemary. ¡Qué se le va a hacer!

sábado, 23 de marzo de 2013

Lou Andreas-Salomé: ¿Qué es eso de la libertad?





Lou con Freud servido en frío por David Levine.





Dentro del ejercicio de visibilidad que todas debemos hacer, hoy me dedico a desvelar a una escritora que descubrí hace unos meses: Lou Andreas-Salomé. « ¡Vamos a ver si no resulta que la mayoría de las llamadas barreras insuperables que el mundo traza vienen a ser inofensivas rayas de tiza!». Esta frase suya la deberíamos adoptar ahora mismo y revela, por el impulso de libertad y curiosidad que contiene, una mujer muy interesante de finales del XIX y principios del XX.





Historia del periodismo español.





La fuente de mi descubrimiento data del año 1976, concretamente se trata del número 15 del mes de febrero de la revista Tiempo de historia, publicación que dirigió Eduardo Haro Tecglen que costaba 60 pesetas.  Esta revista que se publicó hasta agosto de 1982, nació para que otras voces hablaran sobre la historia pasada y presente española desde su prisma y no desde el habitual (el franquista). Esto lo he descubierto ahora pues me encontré este número (junto con el número 4) en un armario en casa de mis abuelos.



Allí un artículo hablaba de Lou von Salomé. Cuando empecé a buscar en las bibliotecas se convirtió en Lou Andreas-Salomé. El cambio es debido al matrimonio. Tal vez una revista tan republicana defendiera a la mujer sin apoyos maritales de ningún tipo pero es que resulta que Lou, una mujer que declaraba que su principal objetivo en la vida era la libertad, contrajo matrimonio: un matrimonio sorprendente pero al mismo tiempo consecuente. Una paradoja a estudiar. Lou von Salomé y Friedrich Carl Andreas, profesor de lenguas orientales, estuvieron casados cuarenta y tres años sin consumación matrimonial y realizaron cada uno la vida que quisieron para sí. 




El peculiar matrimonio Andreas.





Al final de su libro Mirada retrospectiva, Lou habla sobre su marido y sobre un cuchillo por ahí agarrado entre ellos. Suceso que queda bastante  naturalizado sobre todo porque ella tuvo una total asunción de ese tipo de matrimonio: «Hacia el exterior no cambió nada: hacia el interior, todo. En todos estos años hubo muchos viajes […]. La perfecta libertad en que cada cual estaba a lo suyo nos era, sin embargo, consciente a ambos, como una comunidad de la que estábamos ciertos».




No hay porqué mirar hacia abajo.





Lou Andreas-Salomé (1861-1937) se relacionó de distinta manera con Nietzsche, Freud y Rilke entre otros personajes europeos de entonces. Partiendo de esto, su historia, su obra, tiene que atraer ya de base. Y lo que me encontré al curiosear fue una doble vertiente en sus escritos: ficción y ensayo, añadiendo las muy importantes y numerosas cartas que escribió. En todos sus escritos existe una reflexión vital que gira sobre ella misma, sobre el estatus de la mujer, sobre la psicología del ser humano, sobre las costumbres y sobre la gente que conoció. La vida volcada que tanto me gustó y me gusta de Simone de Beauvoir.




Acerca de esa doble vertiente que comparten la reflexión y reflejo vital, ella sí hace una diferenciación de enfoque muy curioso de nuevo en Mirada retrospectiva: «A este respecto quiero confesar una curiosidad: en estos trabajos conceptuales me sentía intensamente empeñada en algo femenino, mientras que todo lo que fuese a dar en lo poético lo sentía como algo masculino; por eso, la mayoría de las figuras femeninas las miro con ojos de hombre. La razón de ambas cosas se remonta a la época infantil y juvenil porque en lo conceptual, para lo cual me educó mi amigo, iba incluido femeninamente el amor que le profesaba, y por el contrario, todo lo que pusiera en movimiento la fantasía estaba sometido a su prohibición y sólo podía sustraerse a la obediencia en una actitud de desafío de orientación masculina. No es maravilla que estos efectos no hayan desaparecido sino a una edad harto avanzada – más o menos a los sesenta».





"Su sencillo vestido negro con aire de monja" en Fenitschka



Lou Andreas-Salomé, nacida en San Petersburgo era una mujer deseosa de libros. En su obra Fenitschka, la protagonista, con mucho de ella, vinculaba ante el coprotagonista Max Werner,  la liberación de la mujer con los libros:

-                     «Yo, tal como estoy aquí, acabo de abandonar el estudio y los libros como al peor de los trabajos esclavos. Y usted, una mujer, se subyuga voluntariamente».
-                      « ¿Y eso, por qué habría de ser un trabajo esclavo? […] ¿Eso que nos amplía el horizonte, nos abre el camino a la vida, nos hace autónomas? ¡No! Si algo se asemeja a una liberación lo es la preparación intelectual […] Para nosotras no significa ningún ascetismo ni tampoco una existencia de escritorio. ¡Qué absurdo pensar eso! ¡Justamente así nos metemos en medio de la lucha –por nuestra libertad, por nuestros derechos-, en medio de la vida! ¡Aquellas de nosotras que se dedican al estudio no lo hacen sólo con la cabeza y la inteligencia sino con toda la voluntad, con todo el ser!»






Mikhail Vrubel, Tamara and demon.




Lou muere en 1937 con 76 años. He leído que una vez muerta, la Gestapo subió a la colina donde vivía en Hainberg para confiscar su biblioteca. La razón de esta confiscación es que se dedicaba al psicoanálisis, una ciencia judaica. Con la alergia que les provocaban los judíos se entiende esta acción. Algunas fuentes dicen que la biblioteca la quemaron. Creo que confiscación y hoguera con libros son un sinónimo en este caso. Aunque la biblioteca, no tuvo que ser muy grande, si hacemos caso a la misma Lou: «Uno de los principales y penosos motivos de la mísera situación de mi biblioteca es el que sigue: que el grosor y peso de los volúmenes se me hacían tan molestos al leer tendida, que prefería leerlos en pedazos sin que luego volviera a encuadernarlos. Por último, no he parado nunca de prestarlos y regalarlos, especialmente los que más valiosos me resultaban».






Entre libros anda el juego.
Antes hablaba de Simone de Beauvoir. Otra cosa que emparenta a ambas es su experiencia del rechazo de la idea de dios cuando eran jóvenes. En la intimidad de ambas, Dios ocupaba un lugar preferente en un principio. Simone, que hasta inventó mortificaciones relata así este descubrimiento en Memorias de una joven formal: «Hundí mis manos en la frescura de la enredadera, escuché el borboteo del agua y comprendí que nada me haría renunciar a las alegrías terrenales. “Ya no creo en Dios”, me dije sin gran asombro. Era una evidencia: de haber creído en él no hubiera aceptado alegremente ofenderlo [...] Advertí que ya no intervenía en mi vida y comprendí por ello que había dejado de existir para mí. En cuanto la luz se hizo en mí, corté de golpe».



Así lo cuenta Lou: «La primera rememoración inmediata de mis viejas y tempranas guerras de fe me llegó, cuando tenía 17 años.  […] Tampoco ahora le estaba yo exigiendo mucho: bastaba con que su boca muda dejase pasar un par de palabras entre sus invisibles labios. Pero el que no se aviniera a hacerlo significó una catástrofe. […] De la pérdida de Dios se derivó, por lo pronto, un efecto inesperado: en lo moral –porque con ella, en efecto, me hice bastante más buena, más obediente probablemente porque el abatimiento actuaría como un freno para todas las barrabasadas. Pero también por un motivo más positivo: por una especie de inevitable compasión por mis padres, a quienes no podía darles guerra, después de haber sido tan golpeados como yo: porque también ellos habían perdido a Dios, solo que no lo sabían».




La hora sin Dios es el relato que escribió acerca de esta experiencia. Es la obra como decíamos embuída de su vida. Otras de sus obras de ficción surgieron de la misma manera: Una lucha por Dios, que fue su primer libro publicado, refleja la relación con Nietzsche y Paul Rée donde condena el estado de inferioridad de la mujer, reclamando una verdadera igualdad; en su novela Ruth refleja el momento en el que el primer hombre del que se enamora le pide en matrimonio y ella marcha al extranjero; en el cuento La casa convirtió su propia casa en un escenario de peripecias «para las cuales empleé a muchas de las personas que me eran íntimamente conocidas, entre ellas a Rainer, en la figura de un niño con unos padres felices; también utilicé en el cuento, con su autorización, una carta suya». A estas se suma Fenitschka que antes hemos comentado.




El joven Rilke.




El citado Rainer es, por supuesto, Rainer Maria Rilke. Con él afirma que perdió la virginidad con 36 años. Se conocen en 1904 cuando Rilke tiene 22 años y ella 36. La relación casi es de madre e hijo, de cuidado y muy intensa: «Así nos convertimos en esposos aun antes de habernos hechos amigos, y nuestra amistad apenas si fue elegida, sino que provino de bodas igualmente subterráneas. No se buscaban en nosotros dos mitades: la totalidad sorprendida se reconoció con un escalofrío, en la increíble totalidad. Y así fuimos hermanos, pero como de tiempos remotos, antes de que el incesto se tornara sacrilegio».




Rilke, depresivo, tiene presente una constante lucha entre creatividad y vida y ella es su confesora. Así en una carta de 1914 le escribe a Lou: «Esta vez nadie puede ayudarme […] pues desde ahora ya no dudo ni por un instante de que estoy enfermo, de una enfermedad que me ha gravemente corroído y cuyo foco se encuentra en lo que hasta entonces llamaba mi trabajo, de tal modo que por el momento no hay ningún refugio por ese lado».  Ella le hace ver al respecto: «Por eso, puede que en su caso ocurriera más tarde que el despliegue de la plenitud de la vida, por una parte, y el de la genialidad artística por la otra, no se fomentaran mutualmente, sino que crecieran casi el uno contra el otro ».




Rainer Maria Rilke y Clara Westhoff.





Viajes y muchas cartas forman parte de su historia hasta que puso fin a ella la escritora. Y viendo el recorrido de esas cartas me doy cuenta de lo rápido que funcionaba el correo entre Francia-Rusia por entonces. Tal vez la obra de Lou Fenitschka, refleje un poco esa relación por la intimidad (no física en la ficción) alcanzada entre el hombre y la mujer y ese baile de espacios Francia-Rusia. Rilke poco a poco ganaría confianza. Se convirtió en discípulo de Rodin y se casó con la ayudante del escultor Clara Westhoff. Hay un verso de Rilke alejado de ese periodo depresivo que cuadra perfectamente con el ánimo de la primera frase de Lou que aparecía al principio de este escrito: «Deja que todo te suceda: la belleza y el espanto» (Lass dir Alles geschehen: Schönheit und Schrecken).




Los tres pensadores: Lou, Paul y Friedrich.





Pero antes que Rilke, llegó Paul Rée y con él Nietzsche. En esta fotografía está Lou subida a un carro junto con los dos filósofos. Se tomó el 13 de mayo de 1882 en Lucerna y fue idea de Nietzsche: «Nietzsche se empeñó en hacer la fotografía de nosotros tres a pesar de las violentas protestas de Paul Rée que conservó toda su vida un terror enfermizo a la reproducción de su rostro. Nietzsche en plena euforia, no solo insistió en hacerla, sino que se ocupó personalmente y con celo de la preparación de los detalles como la pequeña carreta que resultó demasiado pequeña o incluso la cursilería del ramo de lilas en la fusta, etcétera».





Reflejo cinematográfico.







Historia del trío teatral.





De esta relación existe, al menos en mi conocimiento, una obra de teatro, Chaste de Ken Prestininzi y la película de Liliana Cavani Más allá del bien y del mal (Al di la del bene e del male, 1977). Paul Rée la conoce en Italia y se enamora de ella. « ¿Por qué los hombres no pueden ser simplemente amigos de las mujeres? ¿Por qué tienen que ser siempre maridos o amantes?».  Después de quince años sin verse, el filósofo terminó suicidándose cuando ella le anunció que se casaba. Esa atracción hacia la vida amorosa que convive con la alerta de no perder su libertad aparece en casi todas sus ficciones. En Una divagación, la protagonista ante su primer contacto amoroso reflexiona así: « ¿Acaso era el mismo Benno que me tenía entre sus brazos enseñándome la primera embriaguez del amor y el primer terror ante la dependencia amorosa?».




El airado Nietzsche.





También Nietzsche fue rechazado. Ella le habló de su fundamental aversión al matrimonio y nació en él cierto odio y que de la depresión en la que cayó tras ese rechazado, se dice nació Así habló Zaratrustra. Pero con ellos Lou cumplió un sueño que tenía, que era vivir con dos hombres, ser amigos y trabajar juntos. Pero un sueño nocturno tan amado por los psicoanalistas como ella era: «Lo confesaré honradamente: lo que de manera más inmediata contribuyó a convencerme de que mi plan, que era una afrenta a las costumbres sociales entonces vigentes, podía realizarse, fue en primer lugar un simple sueño nocturno. En él vi un cuarto de trabajo, agradable, lleno de libros y flores, flanqueado por dos dormitorios, y entrando y saliendo de nuestra casa, camaradas de trabajo reunidos en un círculo alegre y serio.  Pero no puede negarse que nuestra existencia en común de casi cinco años llegó a semejarse de manera sorprendente a la imagen de este sueño».




Lou tuvo un sueño, en realidad tuvo muchos. Ese punto me interesa enormemente a mí también. El reflejo de ese interés más allá de sus ensayos sobre psicoanálisis se ve reflejado en su ficción. Así habla la protagonista de Fenitschka sobre este tema: « ¿Y por qué los sueños deberían ser inteligentes? Creo que nuestros pensamientos sensatos contribuyen muy poco al tejido de los sueños. Todos estos pensamientos sensatos que adquirimos poco a poco, todas estas opiniones ilustradas y razonables no son casi nunca contenido de nuestros sueños. En el sueño nos valoramos de otra manera, a nosotros  y a las cosas, tal vez incoherente y confusamente, pero en todo caso con mucha sinceridad».




Lou Andreas-Salomé abrazó con todas sus fuerzas la vida porque para ella era algo amado y esperado; estas son casi sus mismas palabras. Ese interés derivó en un ir más allá: «No es posible cambiar nada a través de la facultad del pensamiento, por mucho que se la ejercite, sino solamente por medio de una revolución del pensamiento para la cual el conocer se torne reconocer». Para todo esto Freud fue fundamental. En ella tuvo una fiel seguidora y defensora del psicoanálisis. Freud, de ella, destacaba sobre todo que era infatigable. «En momentos en que él mismo experimentaba repugnancia, me expresó su asombro de que a pesar de todo yo siguiese tan profundamente fiel a su  psicoanálisis: “porque yo no enseño otra cosa que a lavar la ropa sucia de otra gente”». Freud nos habla de una Lou llena de energía, con ganas de saber, con un ciego optimismo en el ser humano, con jovial confianza, cosa que cambió cuando Europa entró en guerra.






Volcando y curioseando.




Estamos descubriendo a una mujer que se interroga sobre sí misma y sobre su condición de mujer y lo que ve es injusto, ve que hay que desmontarlo. Una parte de esa cerrazón en la que gira el mundo femenino es el sexo. El sexo y el intelecto, dos terrenos vedados para la mujer, que Lou encontró en la atmósfera vienesa completamente ensamblados. El erotismo es un ensayo de 1910 bastante áspero y a veces inextricable pero curioso al menos a la hora de desvelar el ser humano que es la mujer. Aquí reflexiona y opone la naturaleza y pensamiento del hombre y la mujer: el primero posee un pensamiento individualista y la mujer: «Prefiere la plenitud del círculo a la singularidad de la línea recta […] posee  mayor capacidad de asumir las contradicciones y elaborarlas orgánicamente que el hombre, que debe sufrirlas teóricamente primero antes de verlas con claridad».



El estado femenino. En Una divagación aparece una reflexión sobre la situación de la mujer, de su comportamiento, de su responsabilidad en torno a esa sumisión al hombre a raíz del comportamiento del ama de la protagonista: «Quizás no sea ni una casualidad ni la voz de un pajarito mágico que nos lo cuenta prodigiosamente, sino la costumbre de muchos siglos, los goces de generaciones de mujeres esclavizadas que nos susurran algo que resuena dentro de nosotras mismas. Es un idioma que ya no conocemos y que solamente podemos entender en los sueños, en los estremecimientos, en las vibraciones de las células nerviosas». Es un paso ser consciente de que se puede acceder a otra cosa, se pueden romper reglas pero también se es consciente de que detrás hay un bagaje contra el que también nos toca luchar, un historial detrás que hay que mirar de frente: « ¡Nuestras pobres tatarabuelas! […] ellas no sabían en efecto nada de tales innovaciones. Su única manera de amar, probablemente era la subordinación. ¿No crees que debe quedar algo de todo esto en nosotras?».



Una mujer tan decidida a descubrir y experimentar la libertad es necesaria tenerla en cuenta hoy en día. Y para terminar y ya que tanta cita os habéis encontrado en el texto, termino con otra abanderada de la libertad: «No se puede dejar de predicar libertad y más libertad, y se deben derribar todos los armarios y rincones para conseguir más espacio, incluso para descubrir las voces de anhelo en personas aun cuando las expresen de forma falsa bajo la expresión de teorías hechas y justificadas».