jueves, 12 de septiembre de 2013

Me llamo Ana...Ana María.





Adaptando la realidad a una misma.





Dime tu nombre y te diré quién eres. Exagerado sí. Pero de nombres va este texto. Del mío concretamente. Me llamo Ana María. Me hago llamar Ana. Me hace más gracia celebrar el día de mi santo que el de mi cumpleaños. Y con más razón por ser verano en vez de otoño, por estar de vacaciones en vez de trabajando. Aunque no lo digo, aunque no lo celebro.



Es evidente que naces. Y ya todo empieza a fraguarte: el mes, el año, el tipo de árbol que tienes ante tu casa, la madre que te da unas indicaciones y no otras, la cantidad de hermanos que tengas, la edad en que te dan las llaves de casa, la distancia de tu casa al colegio, las prohibiciones y las libertades, la cantidad de sol que entra por tu ventana, la profesora que te cae en suerte, la anchura de tu cintura, la profesión de tu familia, los acentos de tu alrededor… Y una de esas cosas es tu nombre. Al fin y al cabo es en lo que primero te reconoces, te individualizan y te individualizas.





La sobremesa francesa.





Unos meses atrás me vi viendo una película que por mí misma no hubiera elegido, pero como era en francés y ahí estoy dándole al idioma pues acepté. Sé que debo dejarme llevar y más en estas cosas tan poco importantes. Pues agradecí la propuesta. Se trataba de Le prénom (El nombre, 2012, Alexandre de La Patellière y Mathieu Delaporte). La elección del nombre del futuro bebé del protagonista, una cosa a priori tan inocente provoca un gran caos alrededor del grupo de amigos. Y como buena película francesa que se precie está llena de diálogos ligeros, jugosos e ingeniosos. Justo hace escasos días una de las actrices, un puntal importante en la película, Valérie Benguigui que consiguió el César a la mejor actriz de reparto falleció.







Un nombre ¿puede importar tanto? En la película aparece el caso extremo, a nivel mundial, de lo que nos pasa a todos. Nuestra opinión sobre un nombre u otro viene asentado por las personas que hemos conocido durante nuestra vida, llamadas así. Seguro que es así, si no, comprobadlo. A uno o una no le gusta un nombre porque así se llamaba el que te hizo la vida insoportable en el colegio, o porque era un don nadie, o porque era la repipi del lugar, etc.
Eso en el tema de la mirada a los otros pero con el nombre propio ¿qué referencia te creas? Reflexiono sobre esto porque siempre que encontraba  a alguien reconocido con mi nombre no sé, me sentía mejor. Y no era habitual pues no es curioso ni singular y es compuesto con lo que lo hace más difícil. Ana María. Puede que esta necesidad de reconocimiento fuera por el tema de la falta de autoestima juvenil. Puede ser.





"Dichosa tú, Ana María, sirena y pastora al mismo tiempo, morena de aceitunas y blanca de espuma" Lorca.




El caso es que las primeras personas con ese nombre que conocí fueron Ana María Dalí y Ana María Moix. Hermanas de. Y esta situación de dependencia, de ser detalles de la historia principal pues no ayudaban la verdad. Y para más inri Ana María Gómez González, va la muchacha y se lo cambia a Maruja Mallo. ¿Cómo me iba a sentir importante con mi nombre? Partiendo de esa base me iba a ser difícil destacar.





La Ana María por excelencia.





Luego aparecieron Ana María Sánchez, soprano nacida a pocos kilómetros de donde yo y Ana María Matute que ya ella cubriría cualquier duda pero no llegó a tiempo.


En torno al tema, tengo un recuerdo de la universidad que de tantos que he olvidado y lo insignificante que es me lleva a pensar que esto de lo que ahora hoy hablo tiene mucho peso en mí. Veíamos unos compañeros y yo, en el paraninfo de la universidad, la obra Yonquis y yanquis de Alonso de Santos en noviembre de 1996. Ahora reviso los personajes y no coinciden,  pero en fin, yo recuerdo que en un momento de la obra un grupo habla y ese grupo tenían los mismos nombres que los de mis compañeros y el mío. No recuerdo nada más de la obra, sólo eso. Y en ese momento crecí sentada en la butaca. Nadie es libre conscientemente de los restos encallados en su memoria. Veo que el nombre era más yo que cualquier otra cosa.





La bienvenida en mi hogar.






Otro recuerdo que ha florecido al ir escribiendo y a alguno que a otro se lo he contado es que en mi habitación, en la que dejé atrás, hay un pequeño cuadrito de esos de las ferias donde te dicen unas cuantas características de tu persona a raíz de tu nombre. Una especie de horóscopo no numérico sino alfabético. Y sí, como una letanía me lo sé. Y… o mis padres ahorraron para no comprar dos o yo decidí que sería simplemente Ana, no lo sé. Pero declara el cuadrito: “Ana. Nombre de origen hebreo. Significa graciosa. Las Anas están muy dotadas para los trabajos difíciles. Disciplinadas y filosóficas”.





Maruja Mallo eliminó su Ana María.





¿Qué fue antes el cambio en la persona o el cambio de nombre? ¿Qué fue antes el huevo o la gallina? ¿Reduje mi nombre y eso ayudó al cambio? ¿O el cambio se había iniciado y la reducción del nombre fue un síntoma?
Pero ¡qué transcendencia madre mía! Si me llego a construir otro nombre a mi imagen y semejanza… Pero solamente lo reduje. Pequeño cambio. Una pequeña osadía que me permití. Y como siempre sin ser consciente del todo. Mi firma, la firma tan declarativa ella, empezó con la escritura de mi nombre completo: los dos nombres propios y los dos apellidos. No recuerdo edades pero después llegó el momento de escribir los dos nombres propios y las iniciales de los dos apellidos. Hasta llegar al que actualmente reina y campea: Ana. Capicúa, asidua y breve. Todo un proceso de depuración. Y una vez realizado el cambio ya no necesitaba identificar Anas importantes. ¿La madurez y la confianza? Esperemos que sea eso.




A mí me cuesta muchísimo llamar a otra persona de manera diferente a su nombre, incluso acortarlo de manera cariñosa. Me parecería extraño, ya no sería esa persona, sería un sacrilegio. Toda la gente que conozco permanece con su nombre. ¿Les gusta? ¿Se reconocen en él? ¿Habrán considerado la posibilidad de cambiarlo? No es tan simple como el cambio del color del pelo. No es cuestión de media hora. ¿Los que lo acortan o lo decoran es porque no se reconocen o porque quieren llamar la atención? ¿Huyen o se reconocen? ¿Cuáles son los motivos?

domingo, 25 de agosto de 2013

Ev'ry time we say goodbye... Dejar ir.





¡Que se vaya! - No seas borde Candela.




Se trata de aceptar que las cosas se acaban como también aceptar abrirse completamente, dejarse invadir ante la venida de nuevas cosas. Parece evidente y obvio pero a ver quién es la lista o listo que se deja experimentar. Porque da miedo tanto una cosa como la otra, porque aunque nos aburramos, aunque nos quejemos de monotonía, alterar el día a día da vértigo. Y la caída en picado es mayor cuando tenemos que decir adiós.




La cancioncilla.




Para esos momentos recomiendo una canción que tiene casi setenta años y que es y será imperecedera para esas emociones. Se trata de la canción de Cole Porter Ev’ry time we say goodbye. Primero os la pondré sin letra ninguna pero con la emoción total saliendo del saxo de John Coltrane.










Ev’ry time we say goodbye fue la única canción que sobrevivió de un musical de Broadway que unía arquitectura, pintura, escultura, danza, drama, música y literatura. Su nombre visto lo visto era The seven lively arts. La de nombres que contenía el dichoso espectáculo: se celebró el estreno en el Zeigfeld Theatre que tiene mucho, mucho de musical; la música del ballet era de Igor Stravinsky; las canciones de Cole Porter;  Benny Goodman dirigía la orquesta y actuaba y Salvador Dalí realizaba la escenografía ya que andaba por entonces por EEUU y al año siguiente realizaría la secuencia onírica para Recuerda (Spellbound, 1945) de Hitchcock. Además el libreto  era de George S. Kaufman y de Ben Hecht (inabarcable aquí lo que hizo) y los sketches de entre otros Moss Hart y Robert Pirosh.






Pues sí, compongo melodías.




Pero el musical a pesar de todo no triunfó, no marcó una época, ni siquiera una bifurcación. Y como dije antes solo sobrevivió una canción; la nuestra. Así el crítico teatral de The New York Times Lewis Nichols escribía el día posterior al estreno, el 8 de diciembre de 1944 lo siguiente: «Cole Porter has written the music for the show, and the tunes definitely are not his best. Probably the nearest approach to the old Porter style--he will regret having written all those good ones in former years--is "Ev'ry Time We Say Goodbye».













Esta vez no va aparecer por estos lares Rufus Wainwright aunque podría porque también  ha cantado la canción de Cole Porter. Y también podrían aparecer otros pero aparte de Coltrane selecciono a la inevitable por imprescindible Ella Fitzgerald.  Esta versión es una delicia. Lo que me gusta de ella es que no es un susurro lo que escuchamos, ni una carrera de intensidad. Aquí hay lentitud, fraseo pero con fuerza,  donde la voz quiere decir más de lo que le manda la música. Fuerza y determinación en una queja.  Emotividad y suavidad en el recuerdo del encuentro. La unión del sino de la vida: acercarse y alejarse. Porque dejar ir es también dejar venir. Porque todo tiene que fluir. Be water muy friend.


martes, 16 de julio de 2013

Una ráfaga cinematográfica sobre las cartas que quedaron atrás.



La escritura como arrebato nocturno.



¿Cuándo fue la última vez que recibisteis una carta? ¿Y la última vez que mandasteis una? Y no me refiero a cartas bancarias, publicitarias, administrativas, etc. Me refiero a cartas de puño y letra donde la gente se desvela aparte de con el contenido con la grafía. Yo he de confesar que fue en el 2008 cuando recibí y envié mi última carta, si la memoria no me falla. Postales sí, siguen circulando pero están hechas de retazos breves muy discretos debido a su exhibicionismo intrínseco. Pero echo de menos las cartas, con su sobre, su sello, sus hojas dobladas y su letra a descifrar.



Una carta puede ser lo más inocente y lo más sangrante. Lo más revelador y lo más drástico. Pueden ser largas, demasiado largas o excesivamente breves. Una carta depende mucho de dónde se escriba y de dónde se lea.



Aquí os lanzo un recorrido fílmico basado en ráfagas de recuerdos. No se trata de un recorrido personal, ni estrictamente formal, sino de un vistazo atrás a base de ramalazos.




La carta de despedida en La chica del adiós.





Hay historias que arrancan con una carta. En La chica del adiós (The goodbye girl, Herbert Ross, 1977), un tal Tony, actor, abandona a madre e hija con una carta: «Esta no es una carta fácil de escribir…Hoy me he marchado pronto porque no creo que una especie de despedida nos haga ningún bien». Lo bueno de esta carta es que la lee la niña haciendo comentarios a cada frase para terminar confesando que es una de las peores cartas que ha leído en su vida. A partir de ahí llega otro hombre, Richard Dreyfuss, otro actor y ¿la historia volverá a repetirse?





Addie Ross envía una carta a sus amigas.




Y hablando de arranques, es imposible no nombrar Carta a tres esposas (A letter to three wives, Joseph L. Mankiewicz). Tres amigas, casadas, a punto de embarcarse en una especie de excursión reciben una carta de otra amiga en común diciéndoles que ese día, cuando regresen, uno de sus maridos se habrá ido con ella. Hasta la vuelta no lo sabrán y la película consiste en recordar, sospechar y desear que no sean la afortunada.





Bette Davis se arrodilla por "la carta".




En otras, la carta es el problema, el súmmum de la historia. La aparición de una carta escrita de puño y letra de Bette Davis al amante, complica la liberación de esta tras asesinarle en La carta (The letter, William Wyler, 1940): «Quizá hayas olvidado lo que dice la carta. ¿Quieres volver a leerla? - No, no quiero hacerlo».  Es una prueba inoportuna que provocará un duelo de mujeres bajo la luna llena. Una luna llena en Singapur que compite en redondez y brillo con la mirada de Bette y encuadra la película. Si la misma Bette Davis dice de su oponente que tiene ojos de cobra, ella misma no se queda atrás como todos sabemos, sobre todo aquí que muy delicadamente se le llama malvada y frívola. Es el hombre, objeto de deseo y venganza el que nunca se visualiza. Un caso este, pero en drama, similar al de Mujeres (The Women, 1939) de George Cukor.






La amada y su lacayo. 




La curiosidad del mensajero.




En otras ocasiones toda la película la ocupan las cartas. Joseph Losey con preferencia por el verde, viste de verde al jovenzuelo que se convierte en una especie de Mercurio, mensajero de dos dioses: Julie Christie y Alan Bates en El mensajero (The Go-Between, 1970). Es un intercambio secreto entre amantes y el joven quiere saber qué es eso de ser amantes: «Hagamos un trato. Te explicaré todo. A condición de que sigas siendo nuestro mensajero».





¡Oh! ¡No! ¡No hay carta!





Otro ir y venir de cartas pero en otra sociedad, en otro estatus, menos fogoso y más recatado; las que se envían Margaret Sullavan y James Stewart en El bazar de las sorpresas (The shop around the corner, Ernst Lubitsch, 1940).





Sea la hora que sea, Chantal ha recibido una carta.





Y por cantidad de cartas, gana News from home (Chantal Akerman, 1977). Es la misma Chantal la que lee las cartas que su madre le envía a Nueva York mientras hacemos un recorrido por las calles y el suburbano de la ciudad. La lectura se hace en tono monótono y en muchas ocasiones su voz se oculta por el ruido de la ciudad. Solo se apaga su voz en los últimos diez minutos, en la despedida de Manhattan partiendo del muelle. Sólo el regreso de la hija parece acallar la insistencia y el reclamo de la madre.






Exhibida de cuerpo, exhibida de letra.






En Chantal ni las cartas ni las llamadas telefónicas arreglan mucho las distancias. Las cartas en Je, tu, il, elle (1974) forman parte del despojo antes de decidir salir al encuentro de la amante. Un despojo del que forman parte también el vaciado de la habitación y el comer azúcar sin descanso. En Les rendez-vous d’Anna (1978) las llamadas no dejan las cosas más claras.





Lisa desde la distancia.




La oportunidad perdida de Stefan Brand.





La carta que es toda una historia es la de Carta de una desconocida (Letter from an unknown woman, Max Ophüls, 1948). Esa carta abre y cierra la película y toda ella es un flash-back. Lisa Berndle le escribe a Stefan Brand: «Si esta carta llega a tus manos, verás cómo fui tuya sin que tú siquiera supieses que existía». Las historias paralelas de dos seres sobre la misma historia.





Henrik y Ana, los padres de Bergman.




Las cartas interceptadas son las peores o las mejores, en realidad, si ponemos el foco en enriquecer la trama. Aunque no es una carta, pero sí una nota de puño y letra, en L’innocente (Luchino Visconti, 1976)  Giancarlo Giannini se enfada y rompe la nota que iba dirigida a Jennifer O’Neill por celos. «Leer las cartas de los demás no está bien» le advierte divertida su amante. En Las mejores intenciones (Den Goda Viljan, Bille August, 1992),  las peores intenciones  son las de la abuela materna de Bergman: «A veces sé perfectamente lo que está bien y lo que no y sé perfectamente que es malo que estén juntos Ana y Henrik, de manera que voy a quemar las cartas». Fue Bille August quien puso en pie el guión e historia familiar del director sueco Ingmar Bergman.






El pasado se despide en El sur.




Las cartas pueden suponer el único anclaje con el pasado. En El Sur (Víctor Erice, 1983) el padre de Estrella tiene un pasado oculto. Ese pasado le responde con una carta: «¿Qué quieres de mí? Es mejor que no respondas a esa pregunta. No merece la pena. Sinceramente preferiría que no me escribieras». En otras ocasiones una carta puede suponer el anclaje en el futuro: vean Antes del anochecer (Before Midnight, Richard Linklater, 2013). Desde otro terreno, las cartas suponen un ligero alivio dentro de la tragedia. Así sucede en muchas películas bélicas como en Invasión en Birmania (Merrill’s marauders, Samuel Fuller, 1962), donde el teniente Stock, a imagen y semejanza de su mentor el general Merrill escribe una por una todas las cartas que recibirán los familiares de cada uno de los fallecidos en la misión.





Palabra de Zweig.





Me he dado cuenta, al final, de que la mayoría de las películas aquí citadas son adaptaciones de obras literarias previamente existentes. Tenemos entre manos a Stefan Zweig, Somerset Maugham, L.P. Hartley, Gabrielle D’Annunzio, Adelaida García Morales, etc.,  y  también unos no menos importantes adaptadores. Tal vez porque el germen de las historias con cartas perviven en el pasado igual que en cierta manera, cierto tipo de cine pervive en las novelas. 


lunes, 8 de julio de 2013

Que Dominique A nos ilumine (Vers les lueurs)





Entre la luz y la sombra, nada más.





En estos días de luz y energía en que parece que todo es posible, que todo sale a la luz, que la expresividad gana terreno a la ocultación, Dominique A, concretamente su último álbum Vers les lueurs, se convierte en la mejor bandera a enarbolar, en la mejor cura ante la negatividad. No es de extrañar  que el álbum quede inundado de palabras como les nuages, le  feu, le bleu, l’ombre, éteindre, l’aube, le ciel ouvert, la nuit, la lumière, la chaleur, le lueur,  etc. (nubes, fuego, azul, sombra, apagar, alba, cielo abierto, noche, luz, calor, resplandor). Un vocabulario donde se juega con airear malas artes, con iluminar ciertas vivencias o con revelar lo escondido. La dualidad oscuridad/claridad si no es central, al menos es algo más que una metáfora; una transmisión de un estado de ánimo, que al fin y al cabo es lo que contiene básicamente cada canción. Un disco en realidad lleno de luz bien para huir de ella por extrema, bien para encontrarla.










Rendez-nous la lumière
Rendez-nous la beauté
Le monde était si beau
Et nous l’avons gâché




Partiendo de los títulos, la intención es evidente. En Rendez-nous la lumière nos pide que se despeje el mundo, que haya más diversidad, que el paisaje sea más salvaje, que no acumulemos tanto; una defensa del vegetarianismo y del cuidado al medio ambiente. En nuestro presente la lluvia, una lluvia naranja y malva nos da besos que espantan. Pero ante todo es una esperanza, un reclamo, una petición de que la luz vuelva y llegue la claridad a nuestra conciencia. Esto ya le venía de antes.











Mais comment vais-je faire pour
Te faire passer le gout du feu ?
Mais comment vais-je faire pour
Pour te ramener vers le bleu ?




En Vers le bleu asistimos a la historia del hermano; de la protección y ayuda al descarriado. Aquí la luz es excesiva, se ha convertido en fuego que quema y se pretende bajar de nivel y llegar hasta el azul, hasta la luz del día, a la claridad sin peligro de arder, de sobrepasarse.












La canción que juega con el título del disco y que aparece en último lugar del corpus principal es todo un homenaje al renacer. En un crescendo que nunca llega a ser estridente, Par les lueurs es un empuje suave, un consejo dicho con tacto. La música tarda en aparecer y también después su voz: envoltorio que te eleva del suelo, del asfalto, para hacerte ver que en esa calma e incluso en ese vaivén de nuestro día a día uno puede tener atisbos de conciencia; que nos pueden atravesar fulgores. El cambio de preposición del título del disco Vers les lueurs (hacia) a la canción Par les lueurs (por) es la esperanza y el propósito hecho presente: “Nous voilà traversés / par les lueurs”.





Característico gesto de Dominique A.






Dominique A es la abreviación de Dominique Ané y nació en el particular año francés del 68. Se estaba formando el futuro Dominique con las revueltas de por medio. Parece una bonita metáfora, un perfil a lo bruto de las consecuencias posibles: un hombre duro de aspecto, grande, con la cabeza completamente despejada y  habitualmente vestido de negro. Su música que tiene tacto, palabra exacta y compromiso se convierte en el escenario en furia, calor y mucha energía. Y esa furia se combina con una gestualidad de director de orquesta. La dureza del rostro y la descarga enérgica de su cuerpo se combina con unos brazos que son en el escenario, extensión de la mano creativa del compositor. Es todo un espectáculo, un dominio de la escena que deriva de la fuerza de sus canciones.






Entre ojos y hojas.







Vers les lueurs, álbum que se presenta con ilustraciones de Gabriella Giandelli es el noveno álbum del francés que casi al mismo tiempo ha publicado su primera novela Regresar que ha editado en España Alpha Decay. Parece ser que es una breve novela centrada en sus recuerdos de infancia en Provins donde el lugar adquiere completo protagonismo. La importancia del espacio: desde el terreno mismo, la naturaleza (la elección de las ilustraciones para el álbum no es una elección puramente estética) hasta el horizonte, el cielo, el aire que respiramos. Al fin y al cabo, el espacio en el que nos movemos y bajo el que nos movemos, más que contextualizar al hombre le define y le proporciona vida. Así que, a escuchar a Dominique A y que nos insufle algo de claridad.



jueves, 20 de junio de 2013

Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir.



“MI VIDA SERÍA UNA HERMOSA HISTORIA QUE SE VOLVERÍA VERDADERA A MEDIDA QUE YO ME LA FUERA CONTANDO”.





Tríptico focalizado.





Hace unos años recibí un regalo, un regalo en su verdadero valor. Me regalaron el primer tomo de las memorias de Simone de Beauvoir Mémoires d’une jeune fille rangée (Memorias de una joven formal). Todo un descubrimiento  que se convirtió en una especie de droga que me hacía pedir más y más. Pedirlo podía porque sabía que Simone de Beauvoir  narraba su vida en otros tres volúmenes. Edhasa sólo reeditó el primero que tenía entre mis manos, los demás descatalogados aún estoy esperándolos. Pero menos mal que existen eso que llamamos bibliotecas públicas. Allí encontré los otros. Una lectura que avanzaba con velocidad y una emoción que jamás había sentido en otras lecturas. Pero a más avanzar, más se asentaba la conciencia de que la dicha tenía su final.



“A MI MODO DE VER, NO BASTABA SOLAMENTE PENSAR, NI SOLAMENTE VIVIR: YO SOLO ESTIMABA SIN RESERVA A LA GENTE QUE PENSABA SU VIDA”.



Aún le doy vueltas a qué es lo que me atrajo y aunque me parece estupendamente que aún no se aclare, puedo intuir ciertos motivos. Y son varios. El primero: el relato de vida. Una vida que se vivió y se reflexionó. Una vida que te muestra la búsqueda de una inquietud, la búsqueda de uno mismo en la relación con otros, la búsqueda de la palabra reveladora. Ese glorioso proceso de ir reconociéndose a una misma. Y tras este, la misma escritura. Simone relata con el punto justo de información, poesía, filosofía y relato. Algo que aparece desde el primer momento es que sus emociones y sentidos los traza en relación a los colores. Nace rodeada de rojo, habla de su pasado en cierto momento como una época que ha perdido todo su colorido y de un libro prohibido quiere sacar «el color de su secreto».





La sonrisa del camino propio.





Me sirvió también como fondo cultural, en realidad literario. Si uno quiere, puede seguir en paralelo sus lecturas desde las primeras, infantiles, hasta su mayoría de edad. Andersen le enseñó la melancolía, El aventurero de las junglas la trastornó, en Mujercitas creyó descubrir su rostro y su destino,  La Odisea la leyó «para poner a toda la humanidad entre mí y mi dolor particular» y recuerda la censura de la madre que le cosía con alfileres las hojas que no podía leer como un capítulo de La guerra de los mundos de Wells. Una pequeña muestra de su recorrido puede ser el siguiente: El mono de Zamacoïs, Madame de Ségur, los cuentos de Perrault,  de Madame d’Aulnoy, Julio Verne, André Laurie, los álbumes de Töpffer, Las vacaciones de Madame de Ségur, Alfred de Musset, , Marcel Prevost, Maupassant,  Adam Bede, El colegial de Atenas de  André Laurie, El molino sobre el Floss de George Eliot, Daniel Cortis de Fogazzaro, Gide, Claudel,  Adrienne Monnier, El gran Meaulnes, Etienne  de Marcel Arland, La noche kurda de Jean-Richard Bloch o Mi vida de Isadora Duncan. Pero estos son solo retazos, el recorrido es mayor pero sin la pesadez de los datos como aquí he colocado yo sino con la fluidez de la vida.






La mítica Gallimard.





Memorias de una joven formal se divide en cuatro partes desde su nacimiento hasta la época en que decidió que Sartre no saldría de su vida. Su  infancia la declara dichosa («El color rosado de los caramelos se degradaba en matices exquisitos, hundía mi cuchara en una puesta de sol») pero luego  vendrán los desmoronamientos en la adolescencia. Desmoronamientos muy vivos y marcados, algunos muy  fuertes sobre su soledad y el deseo de morir: «nadie me conocía ni  me quería por completo». En este proceso «había perdido la seguridad de la infancia; en cambio no había ganado nada». Una Simone, que con 17 años se veía desaliñada, palurda, torpe e inepta en las conversaciones mundanas, que no sabía sonreír, atraer, ser ingeniosa, ni hacer concesiones. Todo este cataclismo duró hasta el momento en que se envalentonó, salió a los bares, se censuraba menos, confiaba más y se dijo «pronto viviré de veras».



“EN EL CAMPO ME IMPORTABA POCO ESTAR RELEGADA EN UNA ERMITA: LA NATURALEZA ME COLMABA; EN PARÍS TENÍA HAMBRE DE PRESENCIAS HUMANAS; LA VERDAD DE UNA CIUDAD SON SUS HABITANTES”.




A grandes rasgos se puede decir que lo que construyó su vida fueron sus lecturas, las personas que conoció, la separación de Dios y la familia. Las personas que le marcaron articulan de alguna manera el libro: Zaza, Garric, Jacques, Pradelle, Stépha, Herbaud y Sartre. Otras aparecen como fantasmas paralelos: Simone Weil de la que no supo aprovechar su encuentro en la Sorbona y también Lévi-Strauss y Merleau-Ponty durante las prácticas en un liceo.




“QUERÍA A LOS QUE ME RODEABAN, PERO CUANDO DE NOCHE ME ACOSTABA, SENTÍA UN GRAN ALIVIO ANTE LA IDEA DE VIVIR, POR FIN, ALGUNOS INSTANTES SIN TESTIGOS; ENTONCES PODÍA INTERROGARME, RECORDAR, EMOCIONARME, PRESTAR OÍDO A ESOS RUMORES TÍMIDOS QUE LA PRESENCIA DE LOS ADULTOS SOFOCA”.





Su amiga Zaza, triste historia de una muchacha viva e independiente que termina ahogada en las obligaciones familiares y sociales supone su primera conversación seria fuera del ámbito familiar. Su primera relación fuera de la familia. La importancia de esta amiga se ve claramente al terminar la primera parte: «No concebía nada mejor en el mundo que ser yo misma y querer a Zaza». De su profesor Garric bebía sus palabras, lo admiraba y en su primo Jacques, encarnación viva de la inquietud, averiguó sus emociones, el tipo de amor que quería. Le ayudó, aunque con sufrimiento, a descubrir que era refractaria al matrimonio y a la maternidad, que simplemente no los veía en su porvenir. Sintió que «la vida en común debía favorecer y no contrariar mi empresa fundamental: apropiarme del mundo».





La mayor parte del trabajo, en los bares.






Y al final, Sartre: «Sartre no tenía una cara desagradable pero se decía que era el más terrible de los tres y  hasta lo acusaban de beber». Primero citado, luego el intermediario es un dibujo, después el deseo de Sartre de conocerla y su primer encuentro en la habitación del pensador con un gran desorden de libros y él fumando en pipa. A partir de ahí todo el tiempo que no pasaba con él le parecía tiempo perdido. No fue Sartre el que la bautizó como Castor sino Herbaud, amigo de Sartre y de Simone (Beauvoir – Beaver).



Algo que aparece como una constante a lo largo del libro es que hablaba por los codos, contaba y contaba su vida, como una tendencia espontánea. Relataba sus experiencias y sus ocurrencias. Ese rasgo natural mezclado con la consciencia que le dio los años desembocó en que su sueño, desde siempre, fuera escribir una novela de la vida interior. Lo logró y ese objetivo está volcado tanto en su ficción como en su autobiobrafía.



“ESCRIBIENDO UNA OBRA ALIMENTADA POR MI HISTORIA ME CREARÍA YO MISMA DE NUEVO Y JUSTIFICARÍA MI EXISTENCIA”.




Ninguna explicación o cita puede llevar directamente a la importancia de esta obra fundacional. Es la historia de una escritora, de una mujer, de una ciudadana del siglo XX, de una pensadora, de un ser reflexivo que intenta entenderse y entender el mundo en el que vive. A mí me ayudó mucho. Me sigue ayudando en realidad. Es la mano que te acompaña para como ella descubrirnos.