domingo, 6 de septiembre de 2015

Forzando el recuerdo



Acabo de terminar un artículo sobre un viaje a Marsella que pronto se publicará. Quería acordarme de cosas incluso de las que no había visto por una necesidad de aprovechar el viaje, por una necesidad de crear recuerdos y sobre todo por una necesidad de no perderlos. Y últimamente por lo que leo, por lo que me cuentan, por mi esfuerzo, estoy recuperando algunos de esos recuerdos.


Tengo el recuerdo claro en dos ocasiones y eso no significa que no pasara más. Escribía en una libreta corriente, de tapa roja y dura con hojas cuadriculadas. En esa época eran así. Más tarde me hice de las de una línea y ahí sigo. Recuerdo esas dos ocasiones en que escribía enrabietada cuando algo quería cambiar, cuando había que dar un paso más allá del simple pensamiento y repetía, maquinalmente, con un bolígrafo, consignas. Me interpelaba. Recuerdo que me daba instrucciones, deseos en forma de mandatos. Y tenía que ver con el deseo  de salir de donde estaba, de cambiar, de descubrirme otra distinta a la que estaba allí conmigo y que no se asomaba en el día a día. Tendré que ir a ver si todavía existen esas libretas que eran restos de las libretas del instituto que no llegaba a completar y ver qué es lo que escribí realmente. Estaba comenzando la salida. Justo este verano descubrí un escrito mío anterior, más narrado, más extenso, donde no hay interpelación, no hay llamada a la salida sino constatación de una derrota. Es, era, el paso inmediatamente anterior. 







La constatación de la derrota de una adolescente.







Yo no recuerdo querer escribir, ni escribir siquiera, salvo esos pequeños arrebatos. Yo he sido, si es que lo soy, una escritora tardía, igual que fui una lectora tardía…incluso una portadora de sujetador tardía. Mis primeros escritos en un diario con hojas de color azul eran banales desencuentros con las amigas y algo que me importaba muchísimo: las veces que iba al baño a hacer pipí. Las contaba y las anotaba. Estoy cómoda con ser tardía. Más joven era un inconveniente, ahora es una ventaja. Siempre he intuido como tardía que soy, que mi madurez sentimental vendrá cuando tenga cincuenta y tantos años. Podéis pensar que es una excusa para no apostar ahora por las cosas o una justificación ante mis fracasos. Yo no lo veo así. Acumulo experiencias y esas experiencias no forman parte de un regodeo lastimoso del pasado o del presente. Estoy en un momento donde hago caso a Spinoza, ese enemigo de las pasiones, que preconizaba que más que reír o llorar es preferible comprender. Lo que no sé es cuánto durará este momento.


Asumido lo de ser tardía, otra confesión que expando es que siempre me ha sido difícil saber para qué servía o qué me gustaría hacer. Estoy en ello. Y a medida que avanzo descubro que en lo que pongo últimamente energía o se me da bien es algo que antes ya había apuntado. Por ejemplo, el francés. Tras cuatro años estudiándolo me fijo que en mi casa del pueblo tengo alguna novela en francés que compré hace muchísimos años cuando no entendía nada de nada el idioma. También compré un libro de gramática y un diccionario y recordé cómo palabra por palabra intentaba saber si era un verbo, un sustantivo o un adjetivo. Y hay más. En mi pueblo, una francesa casada con uno de allí me daba clases particulares de francés. Y en la universidad por las tardes me quedé algún tiempo a un curso de francés. Todo esto lo rescato de mi memoria ahora mismo porque no hubo continuidad, todo lo que aprendiera entonces fue enterrado. Ahora lo resucito. Recuerdo que la profesora  de esas clases universitarias era morena y que salió en clase el adverbio “autant” y yo dije en plena clase que yo conocía a un director de cine que se llamaba Claude Autant-Lara. Dios mío lo pedante que en realidad puede que fuera cuando yo me sentía la más estúpida del mundo mundial. Tal vez por eso me atreví a hacer ese comentario; para sentirme un poco menos estúpida, menos ignorante. La fuerza de la censura hace que hagas lo que hagas te haces sentir estúpida.


Llevamos dentro intereses, ganas, gustos, ideas que no es sino más tarde, cuando el contexto o tu energía son los adecuados, cuando salen a la luz. La idea de escribir no era más que una idea que se verbalizó pero no se hizo carne. Así que ahora espero que fuera otra de esas cosas que inconscientemente podía hacer, a pesar de que no lo hacía, ni nada podía demostrar que podía hacerse realidad. Y por qué no seguir con la idea e imaginarse escribiendo ante una enorme cristalera que me dejase ver el mar a modo Lillian Hellman o Joan Didion.




”Mientras escribo esto, me doy cuenta de que no quiero terminar este relato. Ni tampoco quería terminar el año. La locura disminuye, pero la claridad no la sustituye. Busco objetivos y no encuentro ninguno”.

                                   El año del pensamiento mágico. Joan Didion.




Estas palabras, las que más me emocionaron de este libro donde relata la muerte de su marido entremezclada con la de su hija, hablan de la escritura misma, de la escritura como fijación de la memoria, del recuerdo. No quiere olvidar a su marido al tiempo que no quiere asumir que ya no está con ella. Terminar el libro que escribe y nosotros leemos sería como asumir definitivamente la pérdida. Resistirse al olvido.





Foto premonitoria: el marido e hija de Joan Didion se le adelantan.




En ciertos momentos de reflexión, de cierto bajón,  mis mayores deseos eran y son vivir; que me sucedieran cosas. Claro está que cuando esos bajones se convertían en algo más serio, yo lo que verbalizaba era que quería no sentir, no sufrir, que todo fuera normal, ansiaba cierta monotonía. Esa dualidad está ahí.
Decía arriba que había escrito sobre mi breve y tranquilo viaje a Marsella y me encuentro ahora por la noche leyendo Lugares que no quiero compartir con nadie de Elvira Lindo. Y le doy gracias por ubicarme en Nueva York. Quiero decir, en ubicarme en el recuerdo de  cuando yo estuve en Nueva York en abril de 2008, concretamente en mis dos últimos días allí porque echo mano al diario de viaje y se corta abruptamente cuando faltan esos dos días. Elvira Lindo lanza un dato y yo capturo un recuerdo; la última mañana que yo estuve en Nueva York paseé por el Meat Packing District. E hizo mi mente un recorrido mental de imágenes y sensaciones que acaban en una foto en el aeropuerto sentada sobre una de mis piernas doblada con los dos brazos hacia afuera y una sonrisa de oreja a oreja. Y ahora sonrío también. Ya os decía que no hago “regodeo lastimoso del pasado o del presente”. El dato que daba Elvira es que allí estaba cambiando el barrio, pues ahora estaban abriendo tiendas de moda. Una de esas tiendas era la de Stella McCartney. Recuerdo que la persona con la que daba el paseo por ese barrio, inconscientes de que se me hacía tarde para coger la maleta e ir al aeropuerto porque ya volvía a Madrid, me dijo lo mismo: me señaló la tienda de Stella y me hizo esa misma observación del barrio. Y ahora me pregunto ¿cómo es que lo sabía? ¿Y cómo me llevaba tan seguro por las calles andando hasta el East Village donde estaba nuestro hostel si él no era de allí? ¿La educación práctica, humanista y amplia de un alemán comparada con la de una española tal vez? Me escudo en eso. También recuerdo pararnos en un parque por allí cerca y hablar de Fassbinder, tema que saqué yo porque él era alemán y a mí me encantaban y me encantan las películas de este director. No todo era tan sesudo. El momento parque fue para Fassbinder, pero el de la comida fue casi en silencio para hacer manitas debajo de la mesa. Sí, si me esfuerzo recuerdo cosas pero ¡quedan tantas cosas en el olvido!




“El día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrarán los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido”

         Ese gran simulacro. Mario Benedetti.





La clave es el viaje. Ahora que viajo poco me doy cuenta de cómo quiero viajar, de que necesito implicarme, fijar recuerdos vitales después de que hayan pasado por la emoción. Ahora creo que la parte  “quiero que me pasen cosas” pasa por el espacio, por mi movilidad externa más que interna. Y eso es un cambio muy positivo créanme. Porque comprendo qué es lo que quiero y estoy en calma. Al menos durante un momento. Lo que no sé es cuánto durará este momento.









viernes, 20 de marzo de 2015

Recuerdo y urgencia: Truffaut y La chambre verte



 
Julien observa su pasado.


 

Jean-Pierre Léaud, el cinco veces Antoine Doinel, orgulloso de su padre cinematográfico confesaba que nos parecemos a quien amamos. Toda una declaración de amor y sinceridad para con Truffaut. Quien ama a Truffaut se parece a Truffaut.  Y Truffaut más que ningún otro es todo su cine. La conexión personal entre su obra y su persona es uno de sus rasgos reconocibles. En su obra, la ficción pura es solo una pequeña parte.



Truffaut ejercitaba lo mismo que nosotros aquí: la memoria. ¿Veis cómo nos parecemos? Les quatre cents coups (Los 400 golpes, 1959) partió de un trabajo de memoria; de búsqueda por entre su memoria. Al mirar su foto escolar durante horas recordó nombres, lugares, profesiones de padres, situaciones, etc. que construyeron su ópera prima. Y a partir de ahí toda su obra es una reivindicación del derecho a no olvidar. 
 
 
 
Recuerdos en azul.
 
 

Diecinueve años y diecinueve películas más tarde en La chambre verte (La habitación verde, 1978)  ese derecho se encarnaba y verbalizaba en su misma persona. La chambre verte empezaba y empieza con imágenes en azul de la Primera Guerra Mundial; imágenes al aire libre con derrotados, heridos y muertos a los que al final el protagonista, nuestro Truffaut, superviviente sufriente, daba cobijo y protección. Protección contra el olvido. Pues a luchar contra el olvido se dedica su personaje Julien afanosamente: siendo un virtuoso escribiendo necrológicas en un periódico local, enseñándole a su hijo fotografías de los muertos de la guerra, y finalmente dedicándole a estos y principalmente a su mujer fallecida diez años atrás una capilla; un bosque de llamas.

 

Sí, Truffaut rendía pleitesía al pasado pero era un hombre lanzado al futuro con intensidad. La urgencia por hacer le quemaba la cabeza y las manos. Era tiempo lo que le faltaba para realizar todas las ideas que circulaban por su cabeza. Ideas que eran vivencias sufridas, disfrutadas; vividas y nunca postergadas.
 
 
 
El bosque de llamas.
 
 
 

Entre su vuelta al pasado y su urgencia del futuro estamos nosotros perpetuando en el presente un asiduo y constante tributo. Porque Truffaut es el ciclo vital. Al final de Le chambre verte, el personaje de Nathalie Baye colabora en ese bosque de llamas que el personaje de Truffaut creó, encendiendo una vela por él. Tributo último a esa su última fisicidad en pantalla. Y ahí está; entre los muros transparentes de nuestra imaginación. La imaginación vital que él nos provocó.

 

lunes, 23 de febrero de 2015

Las peripecias de Karen Blixen y el rumor de Alice Munro



Cuentistas.




Recién leída Mi vida querida de Alice Munro mi mano fue a la búsqueda de Siete cuentos góticos de Karen Blixen. Ambos libros están escritos por mujeres y son libros de cuentos. Pero la conexión que hice entre las dos obras fue más bien por un añadido; el contraste entre ellas. O eso recordaba puesto que la obra de la baronesa Karen Blixen la leí hace años.




Quince años.



Efectivamente, la había leído hace quince años. Tengo por costumbre poner en las primeras páginas del libro la fecha en que termino de leerlo. En el libro de Karen Blixen escribí “enero 2000”. Y hoy he vuelto a leerlo. Quería sentir la diferencia de sus voces sin contaminación de por medio.


Extraño también era encontrarme a mí misma leyendo cuentos. La obra de Alice Munro llegó a mí porque un amigo me la regaló y la de Karen Blixen había llegado porque formaba parte de una colección de libros que en su momento daban con el diario El Mundo. La lectura de relatos cortos o cuentos no es algo que escoja por propia voluntad. Me interesa más la novela donde al igual que los personajes tienen su tiempo para reconocerse y formarse, yo como lectora también quiero tenerlo para divagar, razonar, sospechar y tratar de entender. Tal vez este gusto dominante mío no sea más que un hábito.


La manera en que uno se enfrenta a las lecturas cuenta y lo que ese uno lleva consigo también. Ese consigo es su sensibilidad, trayectoria, edad,  preferencias y su estado de ánimo. Por eso, aun cuando estos libros provocaron cosas positivas en mí, al hablar de ellos, teniendo en cuenta mi relación con la brevedad, habla mi parte objetiva, consciente y analítica.



Karen Blixen por Richard Avedon.



Karen Blixen que publicaba bajo el seudónimo de Isak Dinesen, escribió en 1934 Siete cuentos góticos, cuando Alice Munro tenía solamente tres años. Tres años más tarde publicaría su libro más famoso; Memorias de África. Recuerdo que en uno de los veranos en que íbamos en bicicleta a la biblioteca a coger libros para leerlos a la sombra, saqué Memorias de África y la continuación de Lo que el viento se llevó. Menuda confesión. Digo yo que estaría en la edad del pavo a mi manera, siempre atascada en otras épocas. A la sombra de ese verano recuerdo que al poco de empezar la novela de la danesa la dejé de lado y sin embargo me leí de cabo a rabo Scarlett que así se llama esa continuación sureña de la famosa obra de Margaret Mitchell. ¿832 páginas que me metí en el cuerpo? ¡Madre del amor hermoso! Pero sí, lo hice.



Alice Munro, cuentista laureada.



Alice Munro, la escritora canadiense que ganó el premio Nobel de Literatura publicó Mi vida querida en 2012. La obra contiene diez relatos y cuatro recuerdos de infancia. Gran parte de su obra, si no la mayoría, son cuentos.


Los cuentos de ambas autoras, al menos los que yo he leído no pueden ser más opuestos. Fue como pasar de un cuadro de Sirgent Sargent a uno de El Bosco. Antonin Artaud en El teatro y su doble nos decía que el público lo que busca es un estado transcendental de vida a través del crimen, el amor, las drogas, la guerra o la insurrección. Ese público puede ser el mismo que lee Siete cuentos góticos pero ¿se puede desdoblar ese mismo público hacia la cotidianidad de Alice Munro? ¿Hablamos de un consenso a la hora de gustos en la actualidad?



Sherezade por Anton Pieck.



Porque lo de Karen Blixen es un horror vacui en toda regla. En cada línea hallamos veinte adjetivos, veinte referencias, veinte lugares y veinte historias. Nos presenta una muñeca rusa de relatos. Uno de los personajes cuenta una historia y el protagonista de esa historia a su vez cuenta otra historia que le contaron y así ad infinitum. No hay silencios. Aquí todo queda dicho. Locuacidad a vida o muerte tal como si fuera una Sherezade. A la narradora de Las mil y una noches se hace referencia como también a Orlando, Doña Elvira, Ulises, Shelley, Don Juan, Orfeo, Valmont, Sigrid, Sancho Panza, Charlotte Corday, Goethe, Lilith o Simbad el marino. Personajes de ficción, obras, creadores y personajes históricos interaccionan con las creaciones de Karen Blixen o sirven como ejemplo para perfilar aún más si cabe esos seres con rasgos particulares, pasiones extremas y finales fantásticos.


Seguramente la autora nos daría muerte tal como hace uno de sus personajes en Las carreteras de Pisa, si le llegáramos a decir que no nos parecen reales esos seres a los que dedica tanto empeño: «Creo que cuando usted muera no dejará rastro alguno, pero no le quepa la menor duda de que por las mansiones de la eternidad pasearán Orlando, el Misántropo y mi Donna Elvira». Muertes poéticas y pasionales  estas, nada que ver con las muertes realistas y humanas que la lógica imparable del tiempo dicta y nos recita Alice Munro.


Extensión de Alice.
Pero ese realismo de la ganadora del Nobel no es sinónimo de laconismo aunque sea más parca en palabras que la escritora danesa. No son palabras e historias planas sino todo lo contrario. Existe un rumor en el texto que va más allá de lo leído. Lo velado, lo no dicho revelan un atractivo a esa aparente banalidad. Son experiencias que salen de lo cotidiano y abren los sentidos. Sí suceden cambios, sí se realizan descubrimientos y sí hay encuentros reveladores pero esos cambios de rumbo vienen sin ser vistos. Dentro de la sorpresa, te da a entender que así es la vida. Por ejemplo en Llegar a Japón, donde el encuentro extramarital no se vislumbra, no es una necesidad expresada o sentida pero es orgánica. Ese encuentro podía haber supuesto una tragedia pero todo sigue adelante. En Corrie al final la mujer coja parece atar cabos y tomar una resolución: «Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido. Corrie tiene una certeza. Le ha venido a la mente mientras dormía. No hay ninguna noticia que dar. Ninguna, porque nunca la hubo». En mi cuento preferido, Dolly, tuve que retroceder en mi lectura, no por no entender sino para  reconocer y admirar  cómo ha presentado, de qué manera ha diluido la información hasta llegar a ese cambio de estado de la protagonista. Y el lector, ante tal sutileza, ante tanto respeto al personaje y por tanto al ser humano, se para y se interroga. El nuevo estado de consciencia de la narradora y del personaje sin nombre ¿hasta qué punto es una revelación de la realidad? ¿Hasta qué punto es imaginación del personaje? ¿Hasta qué punto como lectora y persona de este mundo eliges una posición?



«Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido».


Extensión de Karen.
¿Quién nos dice más? ¿Qué nos dice más? ¿La capacidad fabuladora de Karen o los rumores de Alice? ¿Las peripecias o los recuerdos? Me gusta ese miedo que no tiene Alice Munro de poder pensar que sean insuficientes sus palabras. Más aún cuando se limita a una geografía, a los pequeños pueblos que forman parte de Ontario, Canadá, allí donde nació. Karen Blixen por el contrario es casi un mapamundi (Pisa, Paris, Holstein, Copenhage, Zanzíbar, Basilea, Lucerna, Nápoles, Hirschholm, Sevilla, Cuba…) Sobreabundancia de personajes, lugares, adjetivos y referencias. Ese es el mundo de la danesa. Expansiva en la dimensión espacial pero también en la temporal. Toda su obra está encuadrada en años que no conoció. Como mínimo son veinte los años hacia atrás que separan sus relatos de cuando nació. En la primera mitad del siglo XIX está en su salsa, incluso algún cuento lo enmarca en el siglo XVIII. Fabular como es su caso, siempre es más viable en otro tiempo. Las historias de Munro por el contrario, se desarrollan en distintos momentos del siglo XX pero nunca más atrás de cuando era una niña. Desde la década de los treinta, pasando en varias ocasiones por la guerra y el día de la liberación, pasando por los cincuenta o setenta hasta llegar a la actualidad. Fabula y filtra los paisajes que vio y los colores que le rodearon y le rodean.


Sé lo que hay detrás de mí. ¿Qué hay delante?




La temporalidad interna también revela mucho de cada tipo de escritura. En Blixen está la urgencia de la acción, la acumulación buscando un sprint final. En Munro encontramos viajes en cierta manera circulares (Tren o Amundsen), la vivencia de un presente que resulta ser al final pasado (A la vista del lago) o un presente con una gran carga de pasado (Grava). La vida se rememora, te presenta retos, provoca arrepentimientos y muchas veces es en el presente y echando la vista atrás cuando cobras plena consciencia de lo que has vivido. Con el recuerdo certificas una vida.


Si la particularidad de los relatos de Blixen es toda su ingente fantasía (amuletos, transformación de animales en personas, fantasmas que hablan, intentos de envenenamientos, inundaciones, ataques de melancolía, tesoros escondidos, suplantación de identidad, corsarios, mujeres vestidas de hombres, etc) en los de Munro es la presencia de la religión, en realidad de las diferentes iglesias: metodista, anglicana o unida. En uno de los cuentos con título muy clarificador Irse de Maverley se intuye esa educación que late en el fondo pero que no es el centro del debate.


Puedes montarte en un tren o navegar en un barco. Esas son las maneras de circular por la vida de estas mujeres y sus personajes. No es una elección previa. Viaja en los dos y así descubrirás tras el viaje qué te ofrece cada una y después ya podrás crear tu hábito. El tuyo propio.

domingo, 15 de febrero de 2015

ENCADENADOS POR COCTEAU




La plebe se divierte en el teatro




ENCADENADO Nº 1. Sin premeditación alguna me veo encadenando. Y si tiras del hilo esto es un sin parar. El parón obligado es el tiempo de lo cotidiano porque es imposible cubrir todo lo que surge y te interesa. Al ver Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014) en el cine me entraron ganas de otra película teatral tal vez para compensar lo poco que me interesó la película de Iñárritu. Podían haber venido a mi mente otras películas pero la que lo hizo sin llamarla fue Les enfants du paradis (Marcel Carné, 1945). No tengo la película de Marcel Carné en casa así que lo más fácil era la biblioteca. Allí me encontré con María Casares pero sobre todo con su voz. Si hay algo que me atrae bastante de las personas es su voz característica, una voz  particular que tiene que ser más bien grave, que venga de abajo, de dentro, del fondo de uno. El poder escuchar esa voz hace que me quede más tiempo con esas personas e incluso  que les perdone más cosas. En el terreno de los actores que es una parte muy importante de su seducción de cara al espectador, María Casares me tiene ganada. En Les enfants du paradis había dos actrices, la protagonista, Arletty que de repente al sonreír me pareció una Julie Delpy en blanco y negro y la española María Casares. María Casares hacía de joven sufridora por amor y Arletty de las que hacen sufrir.





Sonrisas francesas idénticas

 
 

ENCADENADO Nº 2. Al cabo de unas semanas me veo delante de El testamento de Orfeo (Le testament d’Orphée, 1959) que me había regalado una amiga y ya estaba tardando en ver. Y ahí está María Casares tomando la voz cantante en su escena. Hace de juez y es ella por tanto quien pregunta.  Es el tono de voz de un actor que sabe que el texto que dice es importante, que no tiene prisa para llegar a nosotros. Esa cadencia de las palabras se echa de menos hoy. Claro que también depende de lo tratado en la película. Aquí por lo poético de Cocteau se podría justificar. También podría justificarse con otra actriz pero esta del momento actual cuya voz me fascina que es Bárbara Lennie. Se entiende que por su personaje en Magical Girl (Carlos Vermut, 2014), dopado y/o tocado, sus palabras tarden en hacer el recorrido y sea un camino por el que nosotros podemos andar, entender y disfrutar. Mérito de ellas y mérito de quien las dirige.








Algo habrá dentro de mí con eso de la voz. Ya de pequeña recuerdo que pasé un tiempo no pudiendo escuchar la voz de alguien muy cercano. Era algo superior a mí; me crespaba escucharla. Era como una especie de alergia. Era la voz, el tono, el timbre: todas esas cosas. No había razón evidente como pudiera sucederle a Pepa con Iván en Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988).

 
 
 

No doy crédito





ENCADENADO Nº 3. La voz de Iván me llevaba como un bucle a Cocteau de nuevo, puesto que el momento de desesperación de Pepa esperando ansiosa la llamada del hombre y toda ella, está basado en La voix humaine (1930) obra de un solo acto que escribió Cocteau en 1930. Y Rossellini se encargó de inmortalizar el texto en pantalla con la Magnani. Pareciera todo una preparación para la actriz con la que tenía un romance y que justo el año que rodaron tal desesperación, empezó la historia Rossellini-Bergman cuando esta última le envió la famosa carta pidiéndole un papelito. Era el año 1948.






Anna Magnani y Jean Cocteau




ENCADENADO Nº 4. El testamento de Orfeo era la despedida de Jean Cocteau, interrogándose, mostrando sus inquietudes artísticas y humanas y encontrándose con sus amigos (por allí pululan Picasso, Lucía Bosé, Dominguín, Françoise Sagan, Jean Marais…). Todo un ejercicio metacinematógráfico rico en muchos sentidos. La capacidad técnica unida a la capacidad poética colocan a la película más allá del hoy sea cual sea ese hoy. En la película de Cocteau estaba y está María Casares y con quien también me he encontrado ha sido con Yul Brynner. Con él es con quien encadeno. Estos dos actores se cruzan a destiempo. En mi infancia nunca escuché el nombre de María Casares y después apareció a borbotones (Les dames du bois de Boulogne fue la primera ocasión) y sin embargo quien sí estaba presente cuando era pequeña era Yul Brynner y desde entonces no le había vuelto a ver un pelo ni en la tele.





Maria Casares interroga a Cocteau




ENCADENADO Nº 5. Ya que hace doblete María, hace doblete Yul. Sin intención consciente resulta que yo me estaba leyendo Los hermanos Karamazov y al tiempo intentaba ver paralelamente la adaptación cinematográfica que hizo Richard Brooks con Yul Brynner al frente. Así que Yul que hacía años que no se me aparecía, se me apareció por partida doble. Ha sido el regreso de Yul.





Otra María cerca de Yul: Maria Schell




ENCADENADO Nº 6. Cocteau era la conexión entre María y Yul pero su presencia ha ido a más. Por carambolas me enteré que Robert Lepage iba a presentar la obra Needles and Opium (Agujas y opio) en los Teatros del Canal. Me decepcionó lo que vi de él hace tres años en el Price, Playing cards 1: Spades. Fue un magnífico ejercicio de los actores y la tramoya y escenografía  era juguetona y trabajosa pero el texto y la historia en conexión eran débiles. Ahora sin embargo, aparte de que siempre el nombre del artista canadiense tira mucho, aparece Cocteau por en medio. Cocteau, Miles Davis y un ciudadano quebequense forman la historia de Needles and Opium. Cocteau asoma todavía más cuando leo que este hombre solitario, el tercer vértice por así decirlo de la obra o el que personifica las otras dos figuras,  “trata en vano de olvidar a su antigua amante”. Parece como una versión en femenino de La voz humana. Los tiempos parece que van cambiando cuando es el hombre el que es representado mientras desespera y lidia con la distancia y la pérdida de una mujer. Cocteau sostendrá mi interés y tal vez me lance a nuevos encadenados.




Robert Lepage servidor encadenado

martes, 6 de enero de 2015

Nos merecemos un enero tranquilo: pasando de Dalí a Celentano.

 
 
 
 
 
Dalí, el de la voz aceitunada.




 


Me asombra la tranquilidad del cambio de año. Me refiero a mi tranquilidad, la interna, visto lo visto los últimos años. Así que a día de hoy soy una observadora de mí misma más que una sufridora.  Y eso está bien. Observo que he empezado el año terminando un libro escrito por Dalí, el único completo de ficción suyo, Los rostros ocultos. Observo que también lo he empezado visionando Recuerdos de un porvenir (Le souvenir d’un avenir, 2001) de Chris Marker que justamente empieza con una obra de Dalí. Algo violento, oscuro, turbio, extraño ha llegado a mí y para hacerle frente, también he observado que he llegado a una canción suave, melancólica y cercana.





Denise Bellon y Chris Marker entre el pasado y el futuro.

 
 
 

En Rostros ocultos me ha maravillado la capacidad para expresar el detalle, para hilar adjetivos que forman un tapiz de un grupo social de comportamientos tan maquiavélicos que parecen surrealistas como no podía ser de otra manera. Un grupo antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial que se pasea por París, África y EEUU. Relato extremo como no podía ser de otra manera por ser Dalí quien lo relata, que me ha producido cierto rechazo por la miseria moral,  por la amistad y el amor valorados por la sumisión, por los valores sociales y relaciones sociales que andan pisoteados, por los rostros corruptos ocultos real y metafóricamente.
 
 
 
Surrealismo puro.
 

 
 
 
 
Los surrealistas enmascarados.
Aún con esa sensación de maquiavelismo que bien proclama el título de la novela, miro el primer fotograma de la obra de Chris Marker a partir de las fotografías de Denise Bellon. Ese primer fotograma, esa primera fotografía de la obra Taxi lluvioso de Dalí, es el rostro de una mujer, de una muñeca cubierta con caracoles gigantes que le han baboseado todo el rostro a pesar de la lluvia. Caracoles que también salen en su novela. Además, el último fotograma de la película de Marker es la del grupo surrealista enmascarado así como también la última palabra que escuchamos: “El grupo al completo posa con la gravedad efímera de una foto de clase. Y a pesar de todo, vuelven a ser proféticos. La historia de finales de siglo será la de sus máscaras”. Mi sensación se confirma con las palabras de André Breton que la voz en off nos comunica al comienzo de la película:”Todo desde entonces resultó demasiado profético, demasiado justificado a los ojos de la sombra, lo sofocante o lo turbio”
 
 
 
 
 

La melancolía de Celentano.
 

 
 
 

La melancolía de Françoise.
 





La Exposición Surrealista de 1938 donde Taxi lluvioso causó furor se inauguró en enero. Hoy es enero y lo que veo y escucho no tiene claridad por mucho que me interese, así que me llegan otros eneros clarificadores, melancólicos, sí pero más humanos. Porque en enero nacieron Adriano Celentano y Françoise Hardy que me ofrecen una canción. Me ofrecen la misma canción solo que el primero es quién la compuso en italiano y la segunda quien la cantó en francés y fue la primera versión que conocí.
 
 
 
 
El año de la melancolía.
 

 
 

Y me devuelve la tranquilidad del papel de observadora. La historia de la canción es la de la infancia dejada atrás, el hogar que fue otro y estuvo en otro lado, la vida que ha ido a mejor pero que nunca será la de los principios. Melancolía pura pero para nada turbia. Enero se merece claridad y yo también. La canción se llama Il ragazzo della via Gluck. Françoise Hardy vio la actuación de Celentano cantando esta canción en San Remo, también se emocionó y se reconoció en ella. En el mismo año, en 1966 ella la versionó. Esa canción se llama La maison où j’ai grandi.
 
 
 
 

 
 
 
 

 

jueves, 6 de noviembre de 2014

De línea en verso. Recordando a Alejandra Pizarnik





Alejandra herida.
 
 
 

Te leo decir: “Nadie me piensa”. Alejandra, hoy y aquí, yo te voy a pensar. Y veo que escribes: “Escribo para que me quieran”. Hoy y aquí, yo te voy a querer. Porque regalas reflejos y porque he atrapado entre tu diario una declaración de amor, que egoístamente me apropio: “Odio la letra L. En verdad solo amo la A y la M”. AM-O.

Eres una mujer llena de aserciones para consigo misma. Te dices fea, trágica, que eres un despojo humano, una herida. Miedo da contradecirte pero necesitas otras voces, de otros ámbitos.

 

mi rostro? Un cero disimulado

 

Alejandra, te marcaste unas obligaciones, tenías un proyecto, una vocación: morir. Y lo lograste. Mientras tanto, trazaste otro gran plan: escribir una novela. Esto no lo lograste.

 

Doy poemas para que tengan paciencia. Para que me esperen, para distraerlos hasta que escriba mi obra maestra en prosa

 

Tenías una hoja de ruta marcada, unos planes a seguir, tu propio listado de cosas por hacer. Te veo marcándolos con furia y rabia una y otra vez con un color fosforescente para que no te distraigan otras nimiedades.

 

No olvidarse de suicidarse

 


Cosas por hacer...
 
 
 

El ser una persona seria formaba parte del plan, te lo he escuchado muchas veces y ante todo, la gramática: estudiar gramática. Según tú, desconocías el español y eso te preocupaba. Era uno de tus caballos de batalla. Era necesario que lo controlaras para construir esa novela que llenaría los días que te restaban hasta llegar a los treinta y parar de contar. Y contaste hasta treinta y seis.

 

 He de partir/ Pero arremete ¡viajera!”

 

Tenías urgencia por escribir en prosa. Pero ¿por qué la profana y prosaica prosa? ¿Dónde se ha visto? Elegir la prosa es como una caída. La prosa es a la poesía, afirmó Valéry, lo que el andar a la danza. Escúchate Alejandra.

 

He aquí lo difícil:

caminar por las calles

y señalar el cielo y la tierra

 

Es una bajeza el bajar a la altura de la prosa. Un poeta, una poeta, si escribe prosa, debe tratar esta de la condición de poeta o rendir homenajes a poetas. Me lo dijo Susan Sontag mirando a los rusos, en concreto a Marina Tsvietáieva. Estos realizaban una apología de la jerarquía. No como tú que querías una prosa simple, buena y robusta. Querías una novela realista y tradicional. Para ti era el verdadero acto de creación. La sacralizabas.

 

contar en vez de cantar

 


La condesa según Santiago Caruso.
 
 
 

¿No te consoló tu condesa ávida de sangre? ¿Y el diario con el que te persigo? Verdaderamente veo que no lo hace. Incluso tus últimas palabras diarísticas las dedicabas a esta reflexión. Hoy, pienso en ti y deseo que hubieras hecho como el personaje sufriente del mal de Montano de Vila-Matas, que se daba cuenta de que el diario que estaba escribiendo se le estaba volviendo novela. Así descansarías. Pero entonces sería otro diario, sería un juego y tú querías ser seria. Seriamente prosaica.

 

 Pero hace tanta soledad

que las palabras se suicidan

 

Deduzco que estás enfadada porque me contestaste y no me he dado cuenta hasta ahora. Tú piensas que la poesía no eras tú quien la escribía. Ese maldito sufrimiento que si no aparece no tiene valor nada. El hecho natural para ti era el verso. El verso era una traducción de tu interior, era algo innato y fácil. Y uno no se reconoce lo que hace bien y pone el foco en lo que no es, en lo que no tiene, en lo que no hace, en lo que supone un esfuerzo.

 

Escribiendo

he pedido, he perdido

 

Te pido perdón por dejarme llevar y no respetar tu búsqueda. En el fondo estoy de acuerdo contigo pero asusta, sabes. Hay que contar con la mentira del lenguaje y con la impotencia que provoca. Valiente eras y eres porque no eras una pose que sin pretenderlo, a veces, se hace necesaria para sobrevivir.  Solo quería dialogar contigo y darte de nuevo las gracias por el reflejo que ha provocado que yo descanse, que muchos descansemos ya que tú no lo hiciste. Me enseñas que habrá que perder el respeto al lenguaje para ganar una novela.

 
[Texto publicado originalmente en el número 18 de Obituario]

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