Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas para divagar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas para divagar. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de diciembre de 2016

Annemarie Schwarzenbach en busca del lugar feliz





Nuestra arqueóloga.





Le preguntó André Malraux a Annemarie que qué iba a hacer en Persia, a lo que ella contestó que estar muy lejos. Anne Marie Schwarzenbach era viajera y luego, todo lo demás, porque ese ir a otra parte continuo era fruto de una mezcla extraña pero muy entendible de feroz autonomía y temor a la soledad. Escritora, fotógrafa, periodista,  arqueóloga y adicta a la morfina son los otros títulos que acarreaba esta mujer suiza que acabo de descubrir a través de un pequeño libro llamado El valle feliz editado por La línea del horizonte.




“Es que yo no soy una arqueóloga. No tengo profesión. Y podría haber ejercido todas las profesiones. Y haber pasado por todas las ciudades y haber vivido en todos los países. Pero yo no hago tratos conmigo misma: el precio a pagar a cambio de una “buena vida” era demasiado alto.”


En Francia tiene editados  una docena de libros. Incluso en 2015 se realizó un documental  llamado Je suis Annemarie Schwarzenbach (Véronique Aubouy). En España junto con el que tengo entre manos, la editorial Minúscula tiene editados otros cuatro. Y creo que poco más. Su obra consta de novelas, relatos, poesía, artículos y recopilación de cartas. Podría haber sido mayor lo que nos quedase, pues su madre, tras su muerte en 1945, destruyó buena parte de su obra y correspondencia. ¡Ay esas madres! Esas madres generadoras de tanta angustia cuando no acogen al ser que trajeron al mundo… Otra escritora cuya obra también acabo de descubrir, que ofrece en casi su totalidad una obra autobiográfica es Violette Leduc, que tiene en común con Annemarie ese perfil materno, esa lucha feroz consigo misma y la estancia en algún sanatorio mental. “Mi madre nunca me dio la mano” reconoce y relata Violette Leduc en L’Asphyxie.




“Sí, mi único temor, el que todavía me importa, el de no poder ya anotarlo todo…
-¿Qué quieres anotar? ¿Has ido acumulando experiencias, aprendiendo cosas valiosas, reconociendo la Tierra Prometida? ¿O es que quieres contar tu dolor para conmover el corazón de la gente y conseguir una sentencia benévola?”


Leyendo estas palabras de Annemarie se entiende esa necesidad de confesión y me viene a la cabeza lo que escribió Simone de Beauvoir en el prólogo a La bâtarde de Violette Leduc: “Cualquiera que nos hable desde el fondo de su soledad nos habla de nosotros”. Simone de Beauvoir justifica y bendice mi vinculación con ellas. Y ellas muestran cierta brutalidad en la confesión de ese dolor de existir y de escribir. La escritura fue un aliado, un alivio, una lucha y un sentido vital en ellas.





La feroz Violette.





También habría que añadir al grupo, a Leonora Carrington. Ella con el pincel no desgrana, explica o matiza la experiencia como con la pluma pero sí la evidencia. De todas formas hace unos pocos años Elena Poniatowska narró creativamente su vida y ahí la podemos ver desgranada, explicada y matizada. Leonora también tuvo ese tipo de madre que le negaba ser a su hija caballo que es lo que Leonora deseaba ser: “Mi hija no lo volverá a hacer. Le tengo prohibido creerse caballo”.  Curioso que el único halago que le hizo su madre a Annemarie Schwarzenbach fuera compararla con un caballo ya que demostraba más pasión por estos que por el género humano. Ambas se rodearon de gente afín, artistas en los años 30 del siglo XX en un mundo de apertura y encuentro que pronto derivó en un mundo de locos con la llegada de la II Guerra Mundial. Annemarie formó familia con los hermanos Mann: Klaus y Erika Mann y Leonora con Paul Éluard y Max Ernst.





Klaus Mann, Annemarie, Erika Mann y Ricki Hallgarten, 1932.


Paul Éluard, Leonora Carrington y Max Ernst, 1937.




El “ángel devastado” Annemarie Schwarzenbach, como así la llamó Thomas Mann, recorrió Turquía, Siria, Palestina, Persia y EEUU entre otros países. Que su deseo de huida fuera su gran motivo, no resta que valorase, amase, viviera y pensara en esos países culturalmente tan diferentes. En El valle feliz la encontramos en el valle del Lahr no lejos de Teherán, un valle suspendido frente al Caspio. Esta obra la escribió en 1935 estando allí, pero la reescribió entre octubre de 1938 y febrero de 1939 perfilándola tal cual es: una obra con tono confidencial, llena de dudas e incertidumbres ante la que no nos queda otra que agradecer la capacidad de esta mujer no solo de vivir esa vida que buscó sino de volcarla en toda su magnitud. No solo lugares, animales, costumbres y gentes ocupan el relato sino sobre todo su lucha interior, sus debilidades, anhelos, caídas y reproches.



“El dolor ya ha roto los diques y se ha desbordado por completo. Por completo: los caminos del porvenir han quedado inundados”



Escuchen: el mar de Aral, Turfán, Ankara, Persépolis, Alepo, los bosques de Mazandarán (el país del diablo), la meseta de Pamir, Tiblisi (la ciudad de cien idiomas), los pantanos de Basora, Ormuz, Cachemira, la playa de Biblos, Urmía, Konya, Farmanié… Nombres que se respiran porque en ellos aparecen maravillas como lámparas de queroseno, caravanas de camellos, la pirámide del Damavand, la caída incesante de rocalla, beduinos con ojos maquillados con kohl, fumadores de narguile, cúpulas doradas, tiendas de campaña, calderos de cobre, cascabeles, truchas, opio, samovares, mantas de lana de cabra, caballos del Sah… Nos presenta el raki, una bebida de color blanco de sabor anís dulce; a los niños huérfanos de caldeos y armenios asesinados por turcos, persas y kurdos; Kuwait lo define como azul celeste; nos informa de que en Guilán sustituyen los campos de arroz por el cultivo del té y que este sabe a paja y el arroz de Mazandarán a estiércol seco o que la ciudad de Pamir en kirghiz significa soledad.




¿Qué dice y qué te dice la mirada de Annemarie Schwarzenbach?




Tanta riqueza vital envuelve un interior turbulento. Europa convulsionaba y sus intentos de suicidio fueron algo más que un tumulto interior. El fascismo italiano y alemán pisoteaba Europa. Era una situación tremenda que muchos artistas e intelectuales comprometidos y con la sensibilidad abierta al mundo no pudieron comprender y asimilar. Su amigo Klaus Mann (hijo de Thomas Mann) sin ir más lejos se suicida en 1949  y aunque ella muere con 34 años por un accidente de bicicleta, sufre ese proceso de traición al que se somete Europa (fallece justo en medio del desarrollo de la II Guerra Mundial).




“En Europa las clínicas mentales están completamente llenas. Los ejércitos están pertrechados. La juventud es disciplinada. Las maquinas funcionan. El progreso está en camino. Y todas las naciones están afligidas por diversas psicosis”.




La sensibilidad sobre sí misma y ante el mundo que le rodea se revela en su literatura y El valle feliz está lleno de sensibilidad. Es maravilloso descubrir una prosa con una gran capacidad de definir las materialidades y las emociones, sobre todo siendo estas tan extremas y tan íntimas. El yo, el nosotros, el vosotros y el ellos se entremezclan personificando esas emociones lo que hace que nos sirva al mismo tiempo un retrato íntimo y una reflexión social y filosófica.




“Debemos saber lo que queremos”. Debemos, queremos… Pero ¿y qué es lo que sabemos? Es la fórmula estéril de nuestra falta de libertad.”




Una mirada al mundo que no es obra de una sola obra, valga la redundancia. Parece ser que la mayoría de los artículos que escribía eran reportajes socialmente bastante comprometidos. No sé el tono que tendrán estos artículos porque no los he leído pero las reflexiones que en El valle feliz aparecen no son tajantes a modo de dar lecciones, sino una mirada al mundo concreta, la suya de primera mano pero siempre con incertidumbre, con dudas, lo que hace que lo que cuenta esté más conectado con una misma que es ella, que eres tú, que soy yo.


El tono poético de su narrativa es otra cosa a resaltar. Y si lo he hecho no es por entender lo poético como un divagar edulcorado sino que a la hora simplemente de definir objetos, paisajes o gentes elige unas palabras certeras pero a la vez mágicas que hace que llegues a conocer más profundamente esa montaña o esa jarra que si tuvieras una fotografía ante tus ojos. Porque es la visión de la experiencia personal. Es la visión de la historia vivida.  




“En las sienes me estaban quemando unas lágrimas secas, el dolor estaba respirando, yo no sentía deseos, estaba mortal e inmisericordemente cansada”



Concreción en objetos y en emociones. Y en esto es inevitable no ir hacia Los Abel de Ana María Matute, por cierto tocaya de la suiza y que escribió esta obra diez años después de que escribiera la suiza El valle feliz. No es una obra testimonial esta primeriza obra de la escritora española escrita cuando tenía veintiún años, tal y como en esa época de posguerra era lo habitual. Se puede decir que es una obra de disidencia. Recuerdo esa vena poética de la novela Los Abel que fue una de las cosas que más me impactaron y ahora al leer lo que antes he copiado de Annemarie: “En las sienes me estaban quemando unas lágrimas secas”, pienso y releo lo que Ana María escribió: “Me quemé en mis sentimientos” o “Me mordía la respiración”.




La Matute en grande y en alto y claro.





Annemarie ofrece esas fotografías mentales tan certeras: “búfalos de agua sobre melancólicas dunas”, “desiertos de color amarillo lepra”, “amaneceres de color azufre”, “montañas que parecen barcos varados”… Una de esas fotografías recurrentes en la obra es lo que ella llama magia negra o magia prohibida. La droga que le ayudaba y que aunque no podía superar a la infalible soledad era un recurso ante su marasmo interior.




“Ahora tomo parte en las comidas de los comedores de hachís y de los fumadores de opio, noto el sabor de la muerte de las delicias terrenales… ¡Ay qué terrible alivio! Mis sienes, tengo que deshacerme de las imágenes atesoradas y de las penas acumuladas, mecerme sobre un puente colgante, bañarme entre coronas de espuma de mar”





No pararía de reproducir sus palabras porque todo el texto no es una narración como cualquier otra de hechos e impresiones. Todo destaca, todo mueve nuestro interés, todo es materia literaria y vital. Como la de esas otras mujeres que han ido apareciendo. Me ilusiona sobremanera saber que me quedan tantas obras de ellas y de otras por descubrir enlazándose unas con otras, que siento que “soy a menudo una adolescente con las ventajas de mis cuarenta años”. Frase que robo y reproduzco de La folie en tête de Violette Leduc. 


miércoles, 30 de septiembre de 2015

La lucidez de Georges Bernanos


 


Georges Bernanos no puede escribir sin mirar y escuchar.






Los imbéciles me rodean. Más bien quienes señalan a los imbéciles y nadie puede librarse de ser señalado. En solo un par de días leo que Umberto Eco y Javier Marías al hablar de Internet declaran la invasión y organización de los imbéciles. Uno dice que dañan a la colectividad y el otro, que tienen una gran capacidad de contagio. Al mismo tiempo, leo Los grandes cementerios bajo la luna de Georges Bernanos, quien no vivió esto de la red pero sabía de su expansión; la de los imbéciles: «La ira de los imbéciles llena el mundo. Es fácil de entender que la Providencia, que los hizo sedentarios, tenía buenas razones para ello. Ahora vuestros trenes rápidos, vuestros automóviles y vuestros aviones los transportan con la rapidez del rayo». Imbécil es una palabra vertebral junto con la de Terror en esta obra de Bernanos. Imbécil fue también el insulto rápido que me llevé durante unas vacaciones por parte de una amiga que también recogí por escrito en mi diario de viaje.

 
 

Imbécil de mi puño y letra.
 
 
 

De estas cuatro declaraciones nos quedamos con la de Bernanos por su propio peso. Imbécil se escribe exactamente igual en francés que en castellano así que no hay posible error de traducción en la obra del escritor francés. Bernanos quería escribir «imbécil» y quería dirigirse a los imbéciles. El interlocutor de Georges Bernanos son los franceses. El tema, la guerra civil española que vivió durante sus primeros meses en Porto Pi, un pueblecito a orillas del mar a cinco kilómetros de Palma. Allí vivía. Allí había escrito en 1934 Diario de un cura rural. Allí apoyaba en cierta manera a la Falange Española. ¿Pero qué pasó a partir del día del alzamiento?
 

No estamos acostumbrados a reflexiones profundas que puedan variar las propias costumbres ni a instantes de lucidez que nos obligan a romper con antiguas ideas o que impliquen un esfuerzo moral. Incluso con desastres evidentes, nuestra conmoción no llega ni a arañar la inmovilidad de ciertos usos. Los grandes cementerios bajo la luna es una metralleta de inteligencia contra el fascismo. La injusticia que allí vio, la sangre derramada, la crueldad y la impunidad de los delitos que vio, le hizo cuestionarse muchas cosas. Bernanos destaca por eso, por su rabiosa sinceridad en esa su nueva toma de postura. No se vende como un nuevo abanderado de la libertad y sabe que lo llamarán anarquista por lo que defiende, pero ante todo, necesita llamar imbéciles a todos los bien pensantes, a ese estado social que hace dóciles a los ciudadanos; cosa que para él es un crimen. Él, monárquico y católico, no gustará a todos pero desarma y consigue que le escuches porque quien habla sin venderse al mejor postor tiene nuestra emoción y percepción activadas.  Simone Weil, desengañada de la Guerra Civil en la que participó uniéndose a la columna Durruti, le escribió una carta a Bernanos tras leer Los grandes cementerios bajo la luna: «Usted es monárquico, discípulo de Drumont: ¿qué me importa? Usted me es más cercano, sin comparación,  que mis camaradas de las milicias de Aragón, esos camaradas a los que, sin embargo, yo amaba».




Simone Weil miliciana.






Bernanos en sí mismo era y es una de las voces más lúcidas y desinteresadas. No se entiende que no esté en boca de todos: «Ni soy, ni he sido, ni seré nacional, aunque el gobierno de la República me dispense un día funerales con ese nombre. No soy nacional porque me gusta saber exactamente lo que soy y la palabra nacional, por sí sola, es absolutamente incapaz de enseñármelo». La lucidez es un esfuerzo que quiere mantener cueste lo que cueste incluso con la angustia y repulsión que siente. Tampoco quiere que le etiqueten de irreprochable ni que figure como un emblema para nadie, llegando a rechazar en tres ocasiones la Legión de Honor y el Ministerio de Cultura. Incluso rechaza ser escritor, cosa que no podemos tomarnos como una boutade ni como falsa modestia: «No soy un escritor. Me angustio al ver una hoja de papel en blanco. El recogimiento físico que requiere este trabajo me resulta tan odioso que hago lo posible por evitarlo. Escribo en los cafés, a riesgo de que me confundan con un borracho, y acaso lo sería si las poderosas repúblicas no gravaran con impuestos, implacablemente, los alcoholes consoladores».





Antonin Artaud, hermano lúcido de Bernanos.
 

 

La prosa de Bernanos es hiriente pero no por insultar banalmente. Sí encontramos casos como « ¿Sois idiotas u os lo hacéis?» pero en realidad, es violenta verbalmente porque está llena de razones. Es una violencia sincera tal cual él se muestra a su vez, sincero con lo que es, lo que vio y lo que piensa. Artaud, en 1927 le llamó su «hermano desoladoramente lúcido». Bernanos apoya el abucheo, a los vocingleros y a la revuelta de la gente denunciando al tiempo el doble rasero con que se miden las reacciones. En varias ocasiones denuncia esa desigualdad. La última queda clara: «Es así cómo esas ventosas repugnantes chupan la sangre a nuestro pueblo, pero la prensa de derechas se confabula para callar un hecho de todos conocido. Esta reserva puede tener varios motivos. Solo mencionaré el principal: las ventosas obran en silencio. Basta con eso para las personas de orden. En cambio, piden que se reprima a los vocingleros. El que grita mientras le desangran es un anarquista que no merece el perdón». Desenmascarar ciertas dualidades es casi una constante que aparece desparramada por el libro: patriota/nacional, analfabeto/ignorante, justicia para el amo/justicia para el esclavo, sociedad/estado de cosas, usos/costumbres, ira/miedo, fácil/sencillo, opinión/argumentos, etc.
 

El libro es una reacción ante lo que vio en Mallorca cuando empezó la guerra civil pero es mucho más que eso si es que no fuera suficiente. Es una denuncia de ese presente, de la asquerosa connivencia de la Iglesia con los crímenes de los sublevados y un aviso de lo que vendrá a sus contemporáneos franceses y al mundo en general. El libro lo escribe durante su estancia en Mallorca y tras abandonar la isla, y lo publica en 1938 cuando aún no había acabado la Guerra Civil y todavía no había dado comienzo la II Guerra Mundial. La reflexión está llena de comparaciones y referencias a la política francesa y a su historia. Esa concreción, a un lector español no le distancia sino que forma parte de una enseñanza, porque esos nombres propios representan unas ideas y unas consecuencias que podemos ver muy bien. Se trata de la conciencia y el contexto de un francés puestos sobre la realidad de nuestro país. Esa mezcla es un punto de vista posible y muy necesario. Sobre todo porque Bernanos alerta de un par de cosas a su país: que lo que está sucediendo en España se expandirá más allá de sus fronteras y que Europa tiene mucho de culpa en este tema: «Detrás del general Franco encontramos a las mismas personas que fueron tan incapaces de servir a la monarquía, para acabar traicionándola, como de organizar una república, después de contribuir durante mucho tiempo a su llegada; los mismos, es decir, los mismos intereses enemigos, agrupados momentáneamente por el oro y las bayonetas del extranjero ¿y llamáis a eso revolución nacional?».



 

Dos libros hermanados.




 

Esta mezcla franco-española en realidad la descubrí gracias a una novela de Lydie Salvayre, Pas pleurer que se llevó el premio Goncourt en el 2014 y está traducido en Anagrama. La autora, hija de exiliados españoles que se instalaron en Francia, recoge el testimonio y reflexión de Georges Bernanos y lo entrelaza con el testimonio de su propia madre que le cuenta sus vivencias desde el estallido de la guerra hasta su exilio. Emocionante novela que se disfruta enormemente leyéndola en su idioma original, el francés, no por pose mía sino porque la obra se sustenta por la mezcla de los dos idiomas. El francés estructura y narra, y el castellano surge para dotar de intensidad a ciertas consignas, palabras de rabia, retazos de poemas o canciones: «patada en el culo», «joder», «fachas», «coño», «paseos», «novio», «pesetas», «A mis soledades voy, / De mis soledades vengo»,  etc. También está su madre con ese particular francés que la autora llama fragnol. La autora confesaba en una charla que de niña tenía vergüenza de esa manera de expresarse de su madre y que hasta la adolescencia no empezó a apreciar el español. Agradece, a día de hoy, esa mezcla de las lenguas, esa libertad de acoger a la lengua migratoria (en realidad más a pie de calle que a nivel académico), que hace que las lenguas a día de hoy sean más generosas que los hombres. Incluso equipara el lenguaje de su madre con el de Bernanos por ser un lenguaje vivo, agresivo y a veces vulgar, cada uno con sus respectivos referentes culturales: las pinturas negras de Goya y Rabelais.






Giacometti esculpe el "tirar hacia adelante".
 

 

El título de la novela de Lydie Salvayre, ni aparece ni se explica en su interior pero hace referencia a esa resistencia y fuerza, a esa queja oculta por el simple hecho de tirar hacia adelante. La autora afirma que el título lo cogió de un poema de Marina Tsvietáieva de 1926 escrito en su exilio en Francia.

 

No, eso no.
Llorar, eso no. No
Llorar.

Nosotros, hermanos,
pescadores errantes
bailamos –no lloramos.

Bebemos, no lloramos.
Con sangre ardorosa pagamos
-no lloramos.

Hundimos en el vino
las perlas –somos reyes
del mundo –no lloramos.

 

A su vez, el título le lleva directamente a una escultura que representa ese tirar hacia adelante. La escultura de Alberto Giacometti, El hombre que camina, captura el instante constante del movimiento, del andar hacia adelante con decisión, como una inercia de las piernas aunque los brazos cuelguen y no ayuden en el avance. Ese avance es el que realizó Montse, la madre de Lydie, el 20 de enero de 1939 cuando salió de su pueblo catalán y cruzó la frontera con Francia. Dejó atrás su gran momento de felicidad al descubrir la libertad en Barcelona, felicidad que se truncó al volver al pueblo y sus costumbres y verse sorprendida por la guerra, tras lo que emprendió un camino hacia adelante. Solo un par de meses después de que emprendiera el camino Montse, la poeta rusa, Tsvietáieva, escribía otros versos muy vinculados a nuestra historia y, ahora sí, con lágrimas en los ojos. Los acontecimientos habían ido cada vez a peor y solo dos años después terminaría suicidándose.


 

Lágrimas en los ojos:
¡de cólera y amor!
Está Chequia llorando
y España ensangrentada.


Los grandes cementerios bajo la luna debería formar parte de nuestra educación junto con la carta que le dirigió Simone Weil a Georges Bernanos en 1938. Dos figuras cada una de un bando que desenmascaran los motivos y crueldades de la Guerra Civil.  Sin excluir a otras muchas, la lectura de ambas nos explica social y políticamente cuál era el gran caldo de cultivo de la Guerra Civil, te hace ser consciente del mal en el ser humano, que las guerras son al fin y al cabo guerras de mercenarios, que el miedo es el verdadero enemigo: «Solo se mata por miedo, el odio no es más que una coartada»… Que tal vez, estas lecturas nos hagan conscientes del esfuerzo continuo que debemos poner en experimentar la convivencia: «Escribo en las mesas de los cafés porque no podría pasar mucho tiempo alejado de la cara y la voz humana de las que creo haber intentado hablar noblemente». Mirarnos y escucharnos en definitiva.

lunes, 23 de febrero de 2015

Las peripecias de Karen Blixen y el rumor de Alice Munro



Cuentistas.




Recién leída Mi vida querida de Alice Munro mi mano fue a la búsqueda de Siete cuentos góticos de Karen Blixen. Ambos libros están escritos por mujeres y son libros de cuentos. Pero la conexión que hice entre las dos obras fue más bien por un añadido; el contraste entre ellas. O eso recordaba puesto que la obra de la baronesa Karen Blixen la leí hace años.




Quince años.



Efectivamente, la había leído hace quince años. Tengo por costumbre poner en las primeras páginas del libro la fecha en que termino de leerlo. En el libro de Karen Blixen escribí “enero 2000”. Y hoy he vuelto a leerlo. Quería sentir la diferencia de sus voces sin contaminación de por medio.


Extraño también era encontrarme a mí misma leyendo cuentos. La obra de Alice Munro llegó a mí porque un amigo me la regaló y la de Karen Blixen había llegado porque formaba parte de una colección de libros que en su momento daban con el diario El Mundo. La lectura de relatos cortos o cuentos no es algo que escoja por propia voluntad. Me interesa más la novela donde al igual que los personajes tienen su tiempo para reconocerse y formarse, yo como lectora también quiero tenerlo para divagar, razonar, sospechar y tratar de entender. Tal vez este gusto dominante mío no sea más que un hábito.


La manera en que uno se enfrenta a las lecturas cuenta y lo que ese uno lleva consigo también. Ese consigo es su sensibilidad, trayectoria, edad,  preferencias y su estado de ánimo. Por eso, aun cuando estos libros provocaron cosas positivas en mí, al hablar de ellos, teniendo en cuenta mi relación con la brevedad, habla mi parte objetiva, consciente y analítica.



Karen Blixen por Richard Avedon.



Karen Blixen que publicaba bajo el seudónimo de Isak Dinesen, escribió en 1934 Siete cuentos góticos, cuando Alice Munro tenía solamente tres años. Tres años más tarde publicaría su libro más famoso; Memorias de África. Recuerdo que en uno de los veranos en que íbamos en bicicleta a la biblioteca a coger libros para leerlos a la sombra, saqué Memorias de África y la continuación de Lo que el viento se llevó. Menuda confesión. Digo yo que estaría en la edad del pavo a mi manera, siempre atascada en otras épocas. A la sombra de ese verano recuerdo que al poco de empezar la novela de la danesa la dejé de lado y sin embargo me leí de cabo a rabo Scarlett que así se llama esa continuación sureña de la famosa obra de Margaret Mitchell. ¿832 páginas que me metí en el cuerpo? ¡Madre del amor hermoso! Pero sí, lo hice.



Alice Munro, cuentista laureada.



Alice Munro, la escritora canadiense que ganó el premio Nobel de Literatura publicó Mi vida querida en 2012. La obra contiene diez relatos y cuatro recuerdos de infancia. Gran parte de su obra, si no la mayoría, son cuentos.


Los cuentos de ambas autoras, al menos los que yo he leído no pueden ser más opuestos. Fue como pasar de un cuadro de Sirgent Sargent a uno de El Bosco. Antonin Artaud en El teatro y su doble nos decía que el público lo que busca es un estado transcendental de vida a través del crimen, el amor, las drogas, la guerra o la insurrección. Ese público puede ser el mismo que lee Siete cuentos góticos pero ¿se puede desdoblar ese mismo público hacia la cotidianidad de Alice Munro? ¿Hablamos de un consenso a la hora de gustos en la actualidad?



Sherezade por Anton Pieck.



Porque lo de Karen Blixen es un horror vacui en toda regla. En cada línea hallamos veinte adjetivos, veinte referencias, veinte lugares y veinte historias. Nos presenta una muñeca rusa de relatos. Uno de los personajes cuenta una historia y el protagonista de esa historia a su vez cuenta otra historia que le contaron y así ad infinitum. No hay silencios. Aquí todo queda dicho. Locuacidad a vida o muerte tal como si fuera una Sherezade. A la narradora de Las mil y una noches se hace referencia como también a Orlando, Doña Elvira, Ulises, Shelley, Don Juan, Orfeo, Valmont, Sigrid, Sancho Panza, Charlotte Corday, Goethe, Lilith o Simbad el marino. Personajes de ficción, obras, creadores y personajes históricos interaccionan con las creaciones de Karen Blixen o sirven como ejemplo para perfilar aún más si cabe esos seres con rasgos particulares, pasiones extremas y finales fantásticos.


Seguramente la autora nos daría muerte tal como hace uno de sus personajes en Las carreteras de Pisa, si le llegáramos a decir que no nos parecen reales esos seres a los que dedica tanto empeño: «Creo que cuando usted muera no dejará rastro alguno, pero no le quepa la menor duda de que por las mansiones de la eternidad pasearán Orlando, el Misántropo y mi Donna Elvira». Muertes poéticas y pasionales  estas, nada que ver con las muertes realistas y humanas que la lógica imparable del tiempo dicta y nos recita Alice Munro.


Extensión de Alice.
Pero ese realismo de la ganadora del Nobel no es sinónimo de laconismo aunque sea más parca en palabras que la escritora danesa. No son palabras e historias planas sino todo lo contrario. Existe un rumor en el texto que va más allá de lo leído. Lo velado, lo no dicho revelan un atractivo a esa aparente banalidad. Son experiencias que salen de lo cotidiano y abren los sentidos. Sí suceden cambios, sí se realizan descubrimientos y sí hay encuentros reveladores pero esos cambios de rumbo vienen sin ser vistos. Dentro de la sorpresa, te da a entender que así es la vida. Por ejemplo en Llegar a Japón, donde el encuentro extramarital no se vislumbra, no es una necesidad expresada o sentida pero es orgánica. Ese encuentro podía haber supuesto una tragedia pero todo sigue adelante. En Corrie al final la mujer coja parece atar cabos y tomar una resolución: «Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido. Corrie tiene una certeza. Le ha venido a la mente mientras dormía. No hay ninguna noticia que dar. Ninguna, porque nunca la hubo». En mi cuento preferido, Dolly, tuve que retroceder en mi lectura, no por no entender sino para  reconocer y admirar  cómo ha presentado, de qué manera ha diluido la información hasta llegar a ese cambio de estado de la protagonista. Y el lector, ante tal sutileza, ante tanto respeto al personaje y por tanto al ser humano, se para y se interroga. El nuevo estado de consciencia de la narradora y del personaje sin nombre ¿hasta qué punto es una revelación de la realidad? ¿Hasta qué punto es imaginación del personaje? ¿Hasta qué punto como lectora y persona de este mundo eliges una posición?



«Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido».


Extensión de Karen.
¿Quién nos dice más? ¿Qué nos dice más? ¿La capacidad fabuladora de Karen o los rumores de Alice? ¿Las peripecias o los recuerdos? Me gusta ese miedo que no tiene Alice Munro de poder pensar que sean insuficientes sus palabras. Más aún cuando se limita a una geografía, a los pequeños pueblos que forman parte de Ontario, Canadá, allí donde nació. Karen Blixen por el contrario es casi un mapamundi (Pisa, Paris, Holstein, Copenhage, Zanzíbar, Basilea, Lucerna, Nápoles, Hirschholm, Sevilla, Cuba…) Sobreabundancia de personajes, lugares, adjetivos y referencias. Ese es el mundo de la danesa. Expansiva en la dimensión espacial pero también en la temporal. Toda su obra está encuadrada en años que no conoció. Como mínimo son veinte los años hacia atrás que separan sus relatos de cuando nació. En la primera mitad del siglo XIX está en su salsa, incluso algún cuento lo enmarca en el siglo XVIII. Fabular como es su caso, siempre es más viable en otro tiempo. Las historias de Munro por el contrario, se desarrollan en distintos momentos del siglo XX pero nunca más atrás de cuando era una niña. Desde la década de los treinta, pasando en varias ocasiones por la guerra y el día de la liberación, pasando por los cincuenta o setenta hasta llegar a la actualidad. Fabula y filtra los paisajes que vio y los colores que le rodearon y le rodean.


Sé lo que hay detrás de mí. ¿Qué hay delante?




La temporalidad interna también revela mucho de cada tipo de escritura. En Blixen está la urgencia de la acción, la acumulación buscando un sprint final. En Munro encontramos viajes en cierta manera circulares (Tren o Amundsen), la vivencia de un presente que resulta ser al final pasado (A la vista del lago) o un presente con una gran carga de pasado (Grava). La vida se rememora, te presenta retos, provoca arrepentimientos y muchas veces es en el presente y echando la vista atrás cuando cobras plena consciencia de lo que has vivido. Con el recuerdo certificas una vida.


Si la particularidad de los relatos de Blixen es toda su ingente fantasía (amuletos, transformación de animales en personas, fantasmas que hablan, intentos de envenenamientos, inundaciones, ataques de melancolía, tesoros escondidos, suplantación de identidad, corsarios, mujeres vestidas de hombres, etc) en los de Munro es la presencia de la religión, en realidad de las diferentes iglesias: metodista, anglicana o unida. En uno de los cuentos con título muy clarificador Irse de Maverley se intuye esa educación que late en el fondo pero que no es el centro del debate.


Puedes montarte en un tren o navegar en un barco. Esas son las maneras de circular por la vida de estas mujeres y sus personajes. No es una elección previa. Viaja en los dos y así descubrirás tras el viaje qué te ofrece cada una y después ya podrás crear tu hábito. El tuyo propio.

sábado, 26 de julio de 2014

Cómo el número 7 se volvió loco de Bram Stoker


 
 
 

7 se prepara para su discurso.
 
 
 
 
Hoy es mi santo, día 26 de julio. Me gusta mi nombre y me gusta el día porque me gusta el 6. Tengo muchos 6 en las fechas que rodean mi vida. El 7 es arisco, recto, aburrido y muy difundido. A mí me salen trece referencias con el número 7 desde las siete vidas de un gato a las siete colinas de Roma. Y por lo visto, a la gente le gusta mucho. Para congraciarme con él me encontré con un libro.



El encuentro fue por casualidad, por una propuesta de una amiga. La propuesta no rechazable era la de entrar en la librería Arrebato libros en plena Malasaña madrileña. A su parte de atrás es a la que me dirijo directamente; donde están los libros de curiosidades, los infantiles y los de otros idiomas que rodean una mesa también expositora como los estantes y unas sillas que invitan a ojear tranquilamente esas maravillas.





Cubierta de Gadir

 
 
 

Y me encontré con una pequeña obra de Bram Stoker que se llama Cómo el número 7 se volvió loco. El hecho de ser de Bram Stoker y el hecho de ser un libro infantil; esa combinación resultó irresistible. Porque el nombre del escritor irlandés está tan vinculado a Drácula,  que él mismo parece que fuera el mismo conde que escribió su autobiografía. Pero nada más lejos de la realidad, pues no estamos ante otro caso como el de Johnny Weissmüler. Pero de todas formas, en mi cabeza,  que un tipo como él que debía adscribirse al 6 (por aquello del número diabólico 666) me hablara del 7 a través de un pequeño relato dirigido a los niños era cosa de no mirar para otro lado, comprar el libro y leerlo antes de regalarlo a los infantes de la familia.

 
 


El padre de la criatura.
 



Al igual que yo vivo rodeada de seis, el señor Stoker vivió rodeado de sietes. Más que por teorías numéricas, religiosas o supersticiosas, resulta que andaba enamorado del 7 porque era su número. Era como una costumbre, un recuerdo, un amuleto o una curiosidad. Esto es interpretación mía pero tengo datos oficiales: Bram Stoker nació en 1947, Drácula la publicó en 1897 y durante los siete primeros años de su vida vivió postrado en una cama por diversas enfermedades y fue ahí cuando se forjó su imaginación y su gusto por las historias de misterio y fantasmas que son las historias que su madre le contaba. El 7 se había instalado en él y escribió esta historia para que los demás lo quisieran tanto como él lo quería.






El doctor Alfabeto y sus instrumentos.

 
 
 

En su historia, el siete está falto de cariño, se siente infeliz, maltratado y solo. Y yo misma era un buen ejemplo de esa gente que no le mostraba cariño. Su aparición estelar, la del 7, es la de un loco con espumarajos por la boca. Y a partir de ahí conoceremos, cuando se tranquilice una vez que el doctor haya usado varios instrumentos entre ellos el horóscopo, las razones que le han llevado a estar loco. 7 necesita que escuchen su discurso no sin antes beber un poco de agua y recibir un aplauso de aliento. Se trata de una historia surrealista y loca en la que se juega tanto con los números como con el lenguaje. Ese juego en el que están inmersos los niños porque aún la lógica aplastante de los adultos no les ha cincelado.



 
 

Portada original.

 
 
 

Bram Stoker era escritor pero también era licenciado con matrícula de honor en matemáticas así que este primer libro que escribió de ficción combinaba perfectamente estas dos facetas, bueno, al menos este relato del que hablamos. Pues Cómo el número 7 se volvió loco era uno de los ocho relatos que conformaban Under the sunset que publicó en 1881. El libro se editó con ilustraciones originales al igual que el libro que yo tengo, editado en Gadir aunque en este caso solo uno de los relatos, el que estamos comentando y con las ilustraciones de Eugenia Ábalos. Unas ilustraciones que son suaves pero personalísimas, con niños estilo mini-Boteros y estampados textiles de gran imaginación. El protagonista Tristón curiosamente a mí me llevó a pensar en Kafka. A ver qué os parece a vosotros.
 
 
 
 

Ilustración original del relato.
 
 
 

En todo caso ya que está en la red os dejo el enlace para poder leer el relato en inglés. Que lo disfrutéis como niños que es lo que sois o seréis cuando lo leáis.

http://www.bramstoker.org/pdf/stories/01sunset/05mad.pdf

viernes, 25 de octubre de 2013

La embriaguez de la metamorfosis de Stefan Zweig.





"Moverse, percibir el mundo y a sí misma, ser otra y no la de siempre"



Hace cuatro años empecé a leer recién llegada a Barcelona La embriaguez de la metamorfosis de Stefan Zweig. La lectura nunca llegó a completarse. Mis circunstancias personales hacían que lo que estaba descubriendo entre sus páginas no fuera lo que más necesitara emocionalmente. No es una cosa que haga normalmente, el dejar inacabadas películas o libros. Siempre saco algo en claro al final. Pero esta vez era una necesidad casi vital. Abandonada la novela es ahora cuatro años más tarde cuando le doy otra oportunidad. Si la razón de dejarla fue anímica, mi ánimo ahora es claramente otro. Ahora podré y puedo, me digo.



Y así ha sido. Y lo que me ha desconcertado después, indagando en el contexto de su escritura es que a Stefan Zweig le pasó algo parecido. Mi intermitencia lectora es paralela a su intermitencia creadora. Empezada a finales de los años veinte, la estuvo elaborando hasta antes de su muerte en 1942. La razón más que de crisis creativa es emocional como la que yo sentí. Así encuentro estas palabras de Jean-Jacques Lafaye hablando del motivo del abandono de su elaboración: «Es demasiado sensible a los cambios de su propio humor para conseguir la integridad que requieren las obras maestras».





Manualidad.




La embriaguez de la metamorfosis, se publicó por primera vez en 1982 y se dice de ella que es una novela inacabada. Puede que así fuera porque no la publicó en vida pero bendita no-finalización. Es verdad que el final es el inicio de otra metamorfosis en la protagonista que nos puede ser contada y constituiría un nuevo giro en la historia pero todo ha quedado expuesto ya. Esa historia íntima del comienzo ya se ha convertido en un ejemplo de historia colectiva. Y la historia nos es válida tanto si la miramos en su contexto de ficción (Austria en 1926), en su contexto de creación (entre la Primera Guerra Mundial y la llegada del nazismo) como en nuestro contexto de lectura y mucho, no os podéis imaginar cuánto.



Lo que aquí escribo, aunque formal, se mueve por algo muy personal. Y pretendo reflexionar, desentrañar exponiendo y sobreexponiendo todo lo leído. Por eso y porque no estoy intentando vender nada, ni siquiera la idea de que tenéis que leer la obra, informo que desvelaré cosas. Que podéis parar aquí y volver al texto una vez leída la novela para compartir conmigo vuestra impresión o al menos contrastarla.



Hay un motivo externo que al final he descubierto y que me mueve por dentro. Hace poco menos de tres años empecé a darle vueltas a la posibilidad de escribir un ensayo sobre los artistas suicidados del que iba tomando notas pero que nunca empecé. Alguien me dijo que ese era un suicidio, ponerse manos a la obra en ese tema. Yo misma tuve otros intereses de por medio. Y ahora lo estoy volviendo a retomar. Leo Suicide de Édouard Levé y leo La embriaguez de la metamorfosis.




El descanso del escritor y su esposa.





Stefan Zweig se suicidó junto a su mujer en 1942 y sobre su cama en Persépolis en Brasil los encontraron. En La embriaguez de la metamorfosis se encuentra el antecedente, la posibilidad, el tanteo, el rumor de esa idea. Christine y Ferdinand deciden suicidarse porque la sociedad no les deja otra. El señor Zweig declaraba en una de sus cartas de despedida: «El mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma» y siendo metafórico con el nazismo terminaba así: «Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto».



Su suicidio y el de sus personajes no vienen por un sufrimiento personal, individual, de no saber manejarse en el mundo sino de un sufrimiento social, de no poder manejarse en el mundo. Ferdinand justifica su decisión así: «Es quizá el único trozo de libertad que uno posee en la vida, la libertad de desecharla. Nosotros, sin embargo, somos jóvenes y ni siquiera sabemos lo que estamos desechando. De hecho, sólo nos deshacemos de una vida que no queremos, que rechazamos, y quizás pueda concebirse otra que podamos afirmar. La vida es diferente cuando hay dinero [...] Lo haremos para ser libres, para vivir en libertad». Es el contexto social y político el que oprime, el que no deja desarrollarse a los individuos. La embriaguez de la metamorfosis es la despedida de Stefan Zweig, la explicación de su suicidio. Europa se destruía a sí misma, y por ende a sus ciudadanos y Stefan Zweig era uno de ellos. Y eso que ya el escritor austríaco no estaba allí, podía salir adelante en América pero era el dolor, la impotencia, el saber y ver esa parte suya caer en picado.




Herbert Bayer otro austríaco de entreguerras buscando razones.





Novela sorprendente, de una modernidad contundente que te lleva de la mano y con tranquilidad por una historia que va tomando nuevos rumbos. Si al principio se está instalado en una novela íntima, de descubrimiento de uno mismo y del mundo, después deriva en una especie de novela negra fácilmente comparable a un film noir. O al menos nos prepara a ello y el final sería el principio de esa película.



Christine Hoflehner tiene veintiocho años y tiene «un cargo miserablemente pagado en un pueblucho remoto». La metamorfosis de Christine se produce cuando sale al mundo, cuando toma perspectiva para verse a sí misma, qué otras opciones hay, qué injusticia se está cometiendo a su alrededor. A partir de un telegrama recibido empieza un destino. Y ahí se empieza a vislumbrar esa segunda Christine hasta ahora oculta: «un corazón asombrado, confuso y ardiente de curiosidad». Descubre a otra Christine dentro de ella. La confusión de sentimientos, las nuevas sensaciones, los movimientos y cambios están claramente expuestos en esta parte con una gran cantidad de sinestesias: «cristal regocijante», «le dice el espejo con una sonrisa», «este paisaje que calla no de manera humana, sino divina», etc. La calidad de la prosa de Stefan Zweig es apabullante y lo que más impresiona es la precisión en la descripción de las emociones de la protagonista.



«Fue como si me enterase por primera vez de lo que significa respirar». Pero tanto cambio provoca excitación y mareo y le lleva a preguntarse quién es, quién es en verdad. Y luego llega la ebriedad y el parón brusco, el despertar de la embriaguez y la vuelta a la que era antes. Y lo que queda es «una ira sorda, crispada e impotente».



Fue aquí donde anclé mi lectura cuatro años atrás. La vuelta a ese pasado triste, lúgubre, monótono donde Christine iba a volver a estar «atornillada a la rutina estúpida y vulgar» era un paso atrás que no podía soportar. No quise avanzar más donde quizá descubrir alguna consolación, justificación o justicia poética. No había fuerzas para ello.





Duplicadísimo Stafan Zweig.





En la novela, el contexto social y político lo tenemos desde el principio pero es a su regreso al pueblo a tres horas de Viena cuando se hace determinante. Adquiere un peso tremendo. Las sensaciones personales a posteriori se convierten con la distancia en confirmaciones sociales. Y es Ferdinand que ha sufrido otra metamorfosis en su vida quien como un espejo le muestra, le aclara, le da nombre a lo que ella ha vivido. Le justifica su experiencia no como una experiencia íntima y de culpabilidad sobre ella sino como una consecuencia del país, del continente y de la época en la que viven. Es con Ferdinand cuando la novela adquiere un nuevo giro. El mundo tiene otra visión, más cruda pero más real que confirma la miseria pero puede definir lo que pasa, que al menos aclara las sensaciones y las vivencias, que justifican la ira en un mundo injusto que les ha tocado.




Y es aquí cuando nuestro presente aflora: «Hemos nacido en una mala época, no hay médico que te cure los seis años extirpados del cuerpo y ¿quién me da algo a cambio? ¿El estado? ¿El estafador número uno, el ladrón número uno? Dime, entre vuestros cuarenta ministerios, el de justicia, el de bienestar público y comercio en la paz y en la guerra, dime uno que se dedique realmente a la justicia». Mirando a nuestro alrededor, el pesimismo es total. Europa, España ha perdido nuestra confianza, nos engaña, no emite justicia, no respeta a sus ciudadanos con lo que nosotros le perdemos el respeto y es lógico entonces que aparezcan respuestas y rebeldías. Una respuesta y un cierto tipo de rebeldía es la que nos entregó Stefan Zweig al suicidarse.