viernes, 28 de marzo de 2014

Bruselas en cuatro días.




El laberinto. ¿Y su salida?




Era un reto y un vistazo al estado de la nación de Ana. Así que allá iba. Viaje, vuelo, recuerdos y necesidad de sobreponer otro viaje, otro vuelo y otros recuerdos. Bruselas. Que fuera una ciudad francófona fue el detonante de la búsqueda de arreglo. Al menos Bruselas lo es en su peculiaridad franco-flamenca. Y la francofonía últimamente juega un papel muy importante en mi vida igual que en mis conversaciones el verbo madurar. Al comprobar que entendía bastante y me atrevía a intercambiar alguna que otra frase hizo acto de presencia el recuerdo del principio de todo. Mi primera palabra en francés buscada, necesitada y aprendida: SORTIE (salida). Estaba con 16 años en el laberinto de Alicia en el País de las Maravillas en Eurodisney (viaje de fin de Instituto) y estaba perdida. Al ver sortie experimenté el reconocimiento de entender algo fuera de mi idioma. Y ¡qué menos que una salida! No sé si hice foto a esa palabra, sí recuerdo alguna foto del laberinto.






Magritte en modo surrealista.






Marzo estaba siendo muy cristalino (el de ahora, no el de mis dieciséis años) y no por su claridad y evidencia sino por lo más tangible. En casa se cayó y rompió el cristal del baño: todo un metro de cristales rotos ocupando todo el espacio. Acababa de salir yo del baño tres minutos antes. Siete años de mala suerte anuncian por la rotura de un espejo o buenísima suerte por no habérseme caído encima. Me acojo a lo último pese a la fuerza de una abuela muy al tanto de los tiempos de desgracias supersticiosas. Después, hago una visita al pueblo, y estando sola con mis sobrinas, la mesa de cristal se rompe: añicos, tirita en el pie de mi sobrina y de nuevo me encuentro recogiendo cristales. De vuelta a la capital, cosa que nunca me había pasado, se me olvidan las gafas allá. Demasiadas coincidencias. A ver cómo iba yo a terminar el mes y sobre todo con un viaje previsto. No ha pasado nada aunque quedan tres días aún para declararme oficialmente a salvo. Veremos.




A eso hemos venido.




Con la seguridad de que podría salir de cualquier sitio (sortie) y olvidando los cristales, empecé mi recorrido por Bruselas. Lo contaré sin orden ni concierto, por la simple ventolera que me dé. Sí quiero adelantar a aquellos que formaron parte de mi viaje: Jacques Brel, Chantal Akerman y Emmanuel Carrère. Ellos son los que justifican esta entrada más allá de mis confesiones íntimas.




Un desayuno con Carrère.







Vida escrita.
Por azar, por vistazo, por madera, por gente, por intuición y porque hay muchos lugares para cerveza pero pocos de café mañanero pues me meto a tomar el desayuno en un bar más tendente al flamenco que al francés. Mucha luz por los cristales y me siento en la segunda mesa cerca del cristal. La belga que estaba en la mesa pegada al cristal se va y se sienta una rubia que saca un libro: las Memorias de Pedro Solbes que ni sabía que existían. Durante todo el desayuno con el libro abierto delante de ella se pone a conversar sola con el libro en viva voz. No sé si se estaba preparando para una entrevista con Solbes, o lo tomaba por inspiración para el próximo encuentro con la pareja con la que quería romper porque no estaba ella hablando muy dulcemente pero el caso es que esa era mi compañía. Mientras yo, estoy leyendo Un roman russe de Emmanuel Carrère con cuya escritura autobiográfica conecto. Justo cuando me había sentado para desayunar llego en la novela a un momento inesperado: un momento erótico. Inesperado era por lo que llevaba leído pero un par de horas antes de coger el avión había ya leído otro momento similar, esta vez dirigido a mi persona. ¿Preparación, ambientación, anticipación? El caso es que en Bruselas mientras yo aprendo palabras francesas de tema íntimo, escucho murmurar un proyecto de conversación con Pedro Solbes. Contexto europeo done los haya.





Emmanuel tú no sabes lo que has hecho.





Otra cosa que descubro en el libro es que once palabras, solo once palabras en todas las 399 páginas del libro de bolsillo que llevo entre manos aparecen en negrita. Y no por mi inventiva sino por el propio estilo del escritor, me pongo a pensar que esas negritas quieren decirme algo. Pueden ser un fallo de la edición, de la impresión pero también un juego que propone Emmanuel dentro de la novela puesto que ya ha jugado con nosotros: nos ha propuesto otro juego, nos ha interpelado directamente e incluso nos ha dado su propio mail. Así que recolecto esas palabras en negrita e intento darle una razón de ser pero no la encuentro:


PENSERSURPRÈSAU BORDFORTLESMAINTENANTRÉELLEMENTAVANTTROPTOI.


Mi nivel no llega a equilibrar creatividad y reglas gramaticales en francés y me acerco ya en Madrid a un par de librerías para buscar al menos dos ediciones del libro y averiguar si al final fue un error de impresión o una intención de escritor. Tres librerías y solo encuentro mi edición. Invadidos por su novela Lemonov, los estantes no me dejan comprobar nada. Cotilleo entonces por Internet pero nada encuentro sobre el tema de la negrita. Si alguien tiene otra edición que no sea la de la colección Folio de Gallimard, que se fije y me lo diga. O tendré que usar el mail de Carrère y pedirle explicaciones.






¿Me lo cuelgo?
 Regresando al momento desayuno bruselense, llega un momento en que dejo de leer y de comer y salgo a la calle continuando mi paseo. Entro en un patio interior y alguien me llama «coucou» y me invita a tomar un café. Acababa de tomarme un café y eso que no soy muy cafetera, pero pueden más las ganas de hablar en francés. Puede más eso que tratar con un desconocido, que me invita a un café y cierra la puerta del bar tras de mí. Así que tomo el café, me tomo la pasta que lo acompaña, un vaso de agua, hablamos y evidentemente me propone lo que me propone, me da un beso en la mano, una tarjeta donde escribe su teléfono y yo digo que tal vez mañana. Como despedida me enseña el lugar y me abre otra puerta distinta también cerrada con llave. Sigo mi camino como si nada. Al día siguiente me encuentro con una puerta a la que quiero hacerle una foto porque me gusta ella sola y lo que lleva inscrito. Estado de la nación de Ana.






Jeanne nos espera en su cocina de Bruselas.







Portal de Jeanne.
El objetivo más fácil, barato e inusual del viaje era ir al portal donde se situaba una de mis películas preferidas: Jeanne Dielman, 23, Quai du commerce, 1080 Bruxelles (1975) de Chantal Akerman. Once años hacía que me quedé petrificada en la sala de cine ante lo que estaba viendo. Así que era inevitable que allá fuera. «Voy a ir andando» dije y me miran extraño. Yo ante la cara de extrañeza calculo que será una hora y lo digo y digo que no me importa, que estoy acostumbrada. Allá que voy no vaya a ser que caiga la noche y no pueda verla bien. En veinte minutos llego. Me doy cuenta de que Bruselas es manejable. Allí que me planto, hago fotos, cojo un botón del suelo, cotilleo qué comercios hay alrededor. La calle tiene doble sentido para los coches y delante del portal pasa el tranvía. Cerca hay un teatro. Leo en el portal el nombre de los que viven allá por si por casualidad vive allí alguna Dielman o Akerman o cosa así. No es así pero le hago fotos. Ya satisfecho el portal, recuerdo en la película, el ascensor y los buzones. Tengo curiosidad por ver el interior, por ver si realmente se filmó allí pero mi francés no me da para explicar una cosa tan extraña así que ni lo intento.







Baile y cine a modo belga.






Planeando el viaje miré la programación de la filmoteca, allí Cinematek. Entre tanto ciclo y cine rumano, griego y georgiano descubro que el domingo proyectarán una película belga de una pareja que hace un año descubrí y me parecieron curiosos. Perfecto. Veré Rumba (Dominique Abel, Fiona Gordon y Bruno Romy, 2008). La entrada cuesta 4 euros. Constato que Bruselas es más caro que Madrid aunque evidentemente para mí. No para los belgas que cobrarán un buen sueldo. Entro en la sala y somos siete personas. Se trataba de una sesión infantil y solo entran dos niñas. Las dos hablan en castellano cosa que en el centro se constata enseguida: el castellano est partout. Una de las niñas pregunta a su madre porqué hay tantos adultos. A esta niña y a su madre no les gusta la película. Yo la adoro. Me parece surrealista y como me cuentan después, los belgas son muy surrealistas. Constato que Magritte no era una isla, era una consecuencia. Y no me importa que solo se digan cuatro frases en la película. A mí me pasa esto. Recuerdo que a un amigo alemán de visita por Madrid que quería ver cine español por el idioma, le llevé nada más y nada menos que a ver Tiro en la cabeza (Jaime Rosales, 2008) donde no se dice ni una palabra. No sé por qué hago esas cosas pero parece ser que las hago. 






Como yo dejé a mi gofre.





El gofre llegó el último día. Como no soy muy dulzona yo, pues quedó para lo último. Pero me lo tomé y con tantas ganas y ahínco que en el primer bocado le quité al pequeño tenedor que te dan, uno de sus tres dientes. Estuve un rato intentando no tragármelo. A los dos días de volver a casa, también le quito dos dientes al gancho para el pelo. Ahora me doy cuenta que es un homenaje que hago inconscientemente a Rumba. Y me quedo más ancha que larga.





Como hubiera sido verle...





Pero uno de los grandes objetivos del viaje era acercarme más a Jacques Brel puesto que aquí nació. Allí tienen una pequeña exposición sobre él y su relación con los bruselenses. Emocionada estaba yo por ver las composiciones de su puño y letra, de saber que escribía de pie, que sudaba a raudales, que para él el sentido del humor era muy importante y más cosas. Al final del recorrido pues adquirí las dos películas que había dirigido para ampliar más mi acercamiento a tremendo artista. Películas que no iba a poder ver en otra parte ya que las habían editado ellos. ¡Y me las traje! Se trata de Franz (1971) y de Le far west (1973). Sé que las veré con ojos de admiradora del cantante y menos con ojos cinéfilos que para el caso es como hay que presentarse.





Cántame lo que tú quieras.




Fue Brel quien cerró mi viaje pues en el vuelo de vuelta mi cabeza no paraba de tararear una canción suya. No la escuché en la exposición y no la podía escuchar en ese momento porque no la tenía en mi i-pod pero me rondaba y mucho. Es ahora cuando me la pongo una y otra vez: Le prochain amour. De nuevo me pregunto ¿Preparación, ambientación, anticipación? Evidentemente porque  todo lo que viene aunque dure solo un verano y sea como una guerra…«ça fait du bien d’être amoureux».









miércoles, 19 de marzo de 2014

Un vistazo sobre Serge Gainsbourg






Gainsbourg visto por la artista Leticia Gómez Aguado.




He aquí un recorrido femenino que no parece tener fin: Juliette, Petula, Catherine, Jane, Anna, Brigitte, Vanessa, France… Todas ellas muchachas carnales que integraron las palabras que les espetaba Serge y algunas recibieron la seducción por la palabra de un hombre excesivo en rasgos.






Retrato completo.





Porque sus rasgos eran realmente excesivos. Todos, hasta el último incorporado: el cigarrillo Gitanes. Esos ojos que quieren mirarlo todo antes que nadie recuerdan a los de Picasso y Cortázar; la gran nariz inevitablemente judía y unas orejas que él mismo definió como orejas de coliflor en la canción Premiers symptomes, configuran un rostro mítico. Era la boca su rasgo menos sobresaliente visto lo precedente. Lo de Charlotte viene más bien de la madre y el copyright de la boca en francés se lo quedó Jacques Brel. Y Serge para compensar esa boca anclada, se puso a ser bocazas, a provocar y ante todo a seducir.






Y se enamoró de la escultura de Claude Lalanne.





No le bastaba con las mujeres que podía tocar y se puso a componer ideales femeninos. Todo un álbum era necesario para cada una: para contar sus bailes, sus vicios y sus risas. Así Melody y Marilou tuvieron su espacio para su propia historia con Histoire de Melody Nelson y L’homme à tête de chou. Historias inventadas pero muy vívidas. Entre 1971 y 1976 cuando sacó esos dos álbumes la provocación floreció. En Melody todo es más suave, metafórico y figurado. Serge la encuentra en un accidente donde averigua que es pelirroja natural y muere en un accidente de avión. Pero al llegar a Marilou todo se despeña: braguetas, espermatozoides, pequeño orificio, vomitar, pubis, sexo, y la escena donde ella tenía «L'un a son trou d'obus, l'autre a son trou de valle» y lo dejamos así en francés que queda más velado. Marilou muere asesinada a manos de «Serge» con un extintor y por celos. Con Marilou, visto lo visto, Serge hacía honor definitivo a su adhesión vianesca.






Boris Vian y su "guitarra".






La figura de Boris Vian justificaba ampliamente su comportamiento. Había sido el pionero y su maestro en tales lides osadas y libertinas con la palabra. El cancionero del siglo XX francés tiene en ambos la voz alterada y alteradora necesaria. Pero toda revuelta conlleva un choque con lo establecido: las censuras que recibieron Escupiré sobre vuestra tumba y Je t’aime…moi non plus es algo que les aúna.












La voz áspera de Serge Gainsbourg, que no anda a remolque de la melodía sino que es su guía, no es la de los cantantes sino la de los que andan más cerca del pensamiento. Por eso le aíslo a él, aíslo su imagen, me quedo con sus composiciones y vuelvo a esas chicas del principio. Mezclando ese algo naif que tienen ellas con las ideas y ocurrencias de él, nos queda una brillante picardía donde la parada obligatoria final será y es escuchar Sous le soleil exactement de manos de Anna Karina.




[Texto publicado originalmente en el número 12 de Obituario] http://obituariomag.blogspot.com.es/

viernes, 28 de febrero de 2014

Una fábula teatral: La Venus de las pieles de Roman Polanski.





La mujer se venga.





Roman Polanski ha vuelto a encerrarnos. Así nos maneja mejor. La Venus de las pieles se desarrolla toda ella en un teatro. Un lugar del que no se puede salir mientras dure la representación. A Polanski le gusta tenerlo todo bajo control. Le gusta que la energía se concentre; que el ser humano llegue a un punto donde no pueda contextualizar, donde no entren aires de sospecha en la realidad única que se forma en el espacio que él ha elegido.





Esta gente anda estancada.




Los encierros forzados dan pie a que el conflicto salte pero ¡ojo! hay veces que ese agente externo que obliga al encuentro ni es tan externo ni es tan físico. Viendo la película de Polanski me vino a la mente Huis clos, la pieza de teatro de Jean Paul Sartre. Tres personajes encerrados en una habitación sin espejos y sin ventanas, condenados a mirarse dentro de ellos y entre ellos para así descubrir que «el infierno son los otros».  Los personajes entran en la habitación y la puerta ya no se puede abrir.  Cuando uno de ellos insiste y golpea, la puerta se abre pero siguen sin poder salir porque tienen que estar allí.  Y se preguntan quién les retiene. Algo así como un antecedente teatral de esa gran película que es El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel solo que en la película del director maño las razones para la inmovilidad son más que existenciales, sociales, vistos los personajes.






Vanda, un ser mortal y empapado.






En la película de Polanski una actriz (Emmanuelle Seigner) llega tarde a una audición pero aún así consigue que Thomas (Mathieu Amalric) el adaptador y director de la obra le haga una prueba. Aquí no hay aparentemente un encierro forzado pero los hados han hablado y han determinado que Thomas reciba una lección allí en ese encierro. Lo de menos es la justificación que encuentre Polanski en el guión para hacer que ni Thomas ni Vanda salgan. Para eso está ahí Vanda. Vanda es al mismo tiempo una mujer de carne y hueso y una diosa. Y en esa escala están muchas mujeres. Y la actriz Emmanuelle Seigner está en todas ellas: primero es Vanda, la mujer de carne y hueso que es decidida, malhablada, enérgica y nada pudorosa aunque necesita de Thomas el director que le dé el papel en la obra; en segundo lugar es Vanda, el personaje de la pieza teatral que se llama como la actriz y que es una mujer culta que se presta a los juegos masoquistas de Severin; en tercer lugar es la diosa Venus venida a provocar y  por último la bacante llena de lascivia, desnudez y todo el poder para castigar a Thomas. Tantas encarnaciones demuestran que el personaje femenino no es real. Es una imaginación de Thomas venida de su trato con la novela. Para él es una enseñanza, un escarmiento.





El collar del sometimiento ahora es tuyo.





Parte de ese escarmiento supone ponerse en la piel del otro. Uno tiene que sentir lo que hace sentir. Vivir lo que le han hecho pasar. Ponerse en el otro lado de la moneda. Ser el pasivo tras ser el activo. Algo sumamente importante para Polanski. Aquí es imposible no recordar el cambio de papeles torturador/torturada en La muerte y la doncella (1994). En La Venus de las pieles, el giro es poderoso puesto que el personaje masculino es el director de la obra de teatro. Él indica dónde colocarse, cómo decir el texto, todo. Después será él el dirigido y vejado tal  como se sienten muchas  mujeres en boca, idea y acción de los hombres.






Devenir mujer según Polanski.






Ponerse en la piel del otro a veces es difícil y ayuda con la ayuda del físico, del vestuario y el maquillaje. Esto bien lo sabía Polanski que ya nos lo mostró en El quimérico inquilino (1976) donde él mismo se transmutaba en la anterior inquilina poniéndose peluca, tacones y vestido y pintándose las uñas y los labios. En esa transformación cada ventana y balcón del vecindario se convertía en un palco teatral engalanado. En La Venus de las pieles Vanda cumple con lo básico: poner tacones, revolver el pelo y pintar los labios. Thomas se convierte ahora en Vanda. Lista para ser sometida y vejada.







Mujeres en Venecia dirigidos por estos hombres.




Ni dirigido ni vejado pero sí superado por la mujer es el personaje de Rex Harrison en Mujeres en Venecia (The honey pot, Joseph L. Mankiewicz, 1967) que con razón recuerdo ahora. Cecil Fox (Rex Harrison) logra montar todo un teatro para jugar con tres de sus ex amantes con el dinero de por medio y al final es una cuarta mujer la que le supera como director de escena. Esta es una película más clásica donde los roles y relaciones entre hombre y mujer aún no se cuestionan, solo es el poder del dinero. En La Venus de las pieles el foco principal es la relación de poder pero entre los sexos.






El gran teatro del mundo.





La película de Roman Polanski no es un mecanismo de relojería como lo es Mujeres en Venecia. No se trata de encajar todas las piezas unas con otras mientras van desarrollándose y desvelándose. No se trata de eso. Más bien estamos ante  una matrioska. Se trata de un camino sobre el que no volvemos nunca pero que va enriqueciéndose al avanzar. Tenemos una novela cuyo autor se basó para escribirla en la relación que tuvo él mismo con una mujer. Tenemos también una obra de teatro que Thomas ha adaptado de esa novela. Tenemos finalmente un hombre y una mujer que están interpretando la obra y al tiempo sus propias vidas. Todos los implicados aparecen en solo dos personajes. Están dentro de ellos. De ahí lo de la matrioska.







Preparados para un escarmiento.






Ante todo este plantel de figuras, las dudas, razones y motivos de los que dan la cara (Thomas y Vanda) no importan mucho. Está más que justificado que el espectador no las necesite para disfrutar la obra y no maldecir a Polanski. Primero porque el sabio Polanski sabe cómo mostrar, cuánto y en qué momento. Y segundo porque el director nos cuenta la historia como un cuento, una fábula más allá de la realidad. Por eso entramos en un teatro medio abandonado en un París desolado, grisáceo, donde un deux ex machina ha eliminado  cosas en la pantalla mediante posproducción: no hay gente, el cielo es amenazante, lleno de rayos y relámpagos… Parece que los dioses se están enfadando y van a dar una pequeña muestra de su grandeza a un mortal.  La puerta del teatro, además, se abre sin que nadie la empuje. Nadie vemos que vaya a entrar salvo nosotros pero una vez nosotros dentro del teatro vemos aparecer a Vanda, la diosa que ha bajado a la tierra. 





Polanski atento a las distancias.



La última película de Polanski es un ejercicio de estilo que le sale como si respirara. La prensa francesa la arrincona no sabiéndola ubicar. Dicen que Polanski está en su burbuja. Para contrarrestar tremenda reflexión va y se lleva el César al mejor director en este 2014. En realidad Polanski hace y deshace y no se deja llevar. Sí es una apuesta un tanto particular. Pero de eso se trata, de que la cartelera esté llena de particularidades. Y esta es una inteligente, rica y entretenida.

jueves, 30 de enero de 2014

Folk en un entorno gélido: Inside Llewyn Davis de los hermanos Coen.





No solo Audrey carga con un gato sin nombre.






Ayer me cayó un rayo de cierta manera en el corazón: Llewyn Davis-Oscar Isaac. De ambos en conjunto me «enamoré». No me los separen: que he visto fotos del actor por separado y lo que me tira es la  combinación. Es lo que crearon los Coen y el actor: es la barba, la manera de coger un gato, lo que calla y lo que dice, cómo canta y como mira.











Y una vez dejado claro esto me animo a comentar varias cosillas nada técnicas, nada filosóficas, sólo cosillas a raíz de haber visto en una pantalla de cine la última película de los hermanos Coen: A propósito de LLewyn Davis (Inside Llewyn Davis). Porque para eso esto es un blog personal.






El ventoso y gélido Chicago.





Y empiezo por lo menos intrínseco a la película. Lo que más me gustó es mi tranquilidad a la hora de ver lo que pasaba delante de mis ojos. El logro mayor que consiguió la película fue hacerme llegar a ese blanco, a ese color mate que cubre la película no como algo negativo sinónimo de falto de vida sino de aceptación, como se acepta al final de la película que Llewyn siga su música y no un barco. No recuerdo ahora mismo otra película que me lo produjera. Debería apuntar las películas no con nota, comentario o crítica cosa que no hago sino con la emoción recibida. Ahora que lo pienso sería como con los sueños. En los sueños es importante lo que sueñas pero escucho mucho últimamente que su verdadero significado está en la sensación con la que sueñas, con la que te levantas. Ahí está la verdadera y última lectura. Lo mismo que en el cine: claro que es importante lo que ves pero el fin último y verdadero es la emoción y sensación que te dejó.












El adjetivo que más leo a la hora de definir la película en los medios es amargo. En verdad es un personaje incómodo: no tiene una cama propia, vive con el dinero que tiene en su bolsillo, cariño no parece coger a nadie y si lo hizo esa persona ya no está, mete la pata y mucho y el ambiente helado del invierno neoyorkino ayuda bastante a la desolación. Pero al fin y al cabo es un personaje honesto consigo mismo. El mejor ejemplo está en la prueba que le hace el personaje de F. Murray Abraham (el vídeo de aquí arriba): recibe consejos sin enfrentarse ni explicarse y ante la propuesta musical que le haría tocar allí en Chicago pero traicionándose, él declina. Parece que perderá lo único que le queda, la música y él intenta dejar ese camino pues no tiene más recursos. Pero las circunstancias, se alían con su espíritu y retoma esa vida nómada llena de ingratitudes y frío pero con su música.





Esto es lo que hago.






Y esta música es el folk. Al final se asoma un joven Bob Dylan. Estos días se está asomando simplemente. En la película aparece en un escenario actuando después de Llewyn y desde hace un par de días aparece también de soslayo en la radio puesto que acaba de fallecer Pete Seeger. En cierta manera, por los veinte años que se llevan y el camino expuesto era uno de sus maestros. Yo llegué a saber de la existencia de Pete Seeger por su hermana Peggy Seeger, cosa curiosa por la hegemonía masculina. Pues para que haya un poco más de música y como pequeño homenaje escuchamos algo del músico.















Los Coen en toda su filmografía se encargan de dar protagonismo all verdadero paisaje de Norteamérica. Me gusta que sin saña ni mentiras nos ofrezcan una serie de personajes que conforman su realidad (la de Norteamérica). Sí, son curiosos, son casi surrealistas y muy particulares. Pero nunca he sentido ninguna impostura ni que llegaran a la astracanada. Tal vez en otras películas sí  pero aquí todo es orgánico. Eso es lo que más me ha gustado. Y está en la misma línea que lo que ofrece Gente en sitios de Juan Cavestany: Llegar a un punto donde una situación, una idea y/o un personaje particular, cómico, absurdo no traspasa esa línea que lleva a la risa fácil, lo escatológico y lo impuesto.






Un interior de Greenwich Village.






Ahora le toca el turno a Llewyn Davis, un verdadero norteamericano encarnado por un guatemalteco. Los Coen se encargan de perfilar ese paisaje norteamericano normalizándolo entre los espectadores norteamericanos que al fin y al cabo es el público primerísimo. Es como si ayudaran a colocar otros perfiles en el monte Rushmore para que todos asumieran como si fuera una ley que así es el país ahora. Esculpen los perfiles para asentarlos y en la película desdibujan fronteras y prejuicios. Tenemos un actor guatemalteco encarnando un personaje norteamericano de origen galés e italiano. Los directores lo señalan en una escena con John Goodman; es un detalle simple en una conversación dentro de la película pero enorme porque crean un nuevo enfoque sin imposiciones, inculcándolo en el imaginario colectivo y por tanto en la realidad colectiva.






El Gaslight cafe.






El armazón de la película está ahí, hay algo que lo sustenta aunque no lo parezca y eso no la hace desfallecer: los gatos que se prestan a momentos cómicos, a detallar la personalidad del protagonista, a volver a donde comenzamos; los desplazamientos (entre barrios, entre apartamentos, y entre Chicago y Nueva York); los espacios repetidos (Gaslight Cafe, el apartamento de Jim & Jean, el apartamento de los Gorfein); los personajes que los habitan y esos otros personajes que sin explicar de dónde vienen y a dónde van son todo un mundo completo y complejo.





El motivo, el camino, las personas, la inconsciencia o la claridad que me hizo acudir al cine ya no me importan. Estuve ahí, y estoy aquí recordándola. Me dio tranquilidad y eso es algo que no me lo esperaba y es mucho. Eternamente agradecida. 

domingo, 26 de enero de 2014

La divina comedia de Dante Aligheri: las señales ahí me llevan.





Estamos rodeados de señales.




Estoy por seguir. Estoy por seguir las señales. Por experiencia propia he de decir que de forma natural y lógica nosotros sin ser conscientes de ello nos mandamos señales (el cuerpo ese gran desconocido y la intuición, indescifrable), otras veces las señales son externas pero provocadas por nosotros dentro de cierta ingenuidad y las más, vienen de fuera como casualidades. Muchos creen que las casualidades no existen y tal vez estas inesperadas apariciones no son sino la lógica que se ha ido más lejos.



Yo de todas he tenido. A veces es difícil aceptarlas porque ahí lucha lo que deseas ciegamente y lo que necesitas realmente. Y la pugna puede ser larga y muy ardua. Eso sí, es necesario puntualizar una cosa: esas señales pueden avisarte de un peligro o de un acierto y ni siquiera intuir si es una cosa u otra. Eso solo lo ves a posteriori. Aunque espero que con la experiencia se me pula bastante la intuición.






La visión de Gustave Doré.





Las cosas de la vida, del corazón, de las elecciones personales, de los miedos, de todo eso lo voy a dejar atrás porque demasiado confesional me estoy volviendo. Y ahora toca hablar de esas señales inocuas pero muy enriquecedoras que te llevan a visitar una ciudad, ver una película, conocer a un artista o leer un libro. De esto último se trata. Y se trata nada más y nada menos que de La divina comedia de Dante. ¡Pero un momento! ¡Esto es una señal muy personal! Pues a pesar de ser solo un libro y de intentar alejarme de mis pesares y pareceres resulta que… ¡es una señal de renacimiento! Este gran poema tiene tres partes y qué mensaje más positivo empezar en el Infierno, pasar por el Purgatorio y terminar en el Paraíso. Ninguna duda encuentro de que hay que zambullirse en su lectura. Esto forma parte de la mano que te empuja hacia adelante, que te ayuda a salir del Infierno, a pasar por el Purgatorio y a disfrutar en el Paraíso.






Dante y los tres reinos. Domenico di Michelino. 1465.






La vida en menos de una semana me señaló la obra en tres ocasiones. Y qué maravillosa coincidencia. Mientras la vida me mandaba tres señales resulta que el libro tiene al tres como un número capital y muy simbólico: tres partes tiene el poema como ya he dicho, en tercetos están compuestas las tres partes, cada estrofa tiene tres versos, tres son los personajes principales (Dante, Beatriz y Virgilio), Lucifer, demonio con tres cabezas y mucho, mucho más.



Mis tres señales: Claudio Naranjo, José María Sicilia y William Blake. Ahí es nada.











El arduo camino del Purgatorio.






Llegué a Claudio Naranjo a través de otro chileno como él es. Objetivamente no surgió por una búsqueda concreta e intencionada pero todo lo que uno hace en el fondo es revelador. Yo no conocía a Claudio Naranjo y lo primero que veo y escucho es el vídeo que os dejo aquí arriba. Lo presentan como el pionero de la psicología transpersonal y profesor en Berkeley. Y me fijo en la bonita referencia que hace cuando responde a la pregunta de cómo manejar el dolor. Nos dice que hay un dolor  inútil pero también un dolor útil, como un dolor de crecimiento. Y a la hora de diferenciarlos, de reconocerlos nos habla de la diferencia entre el Infierno y el Purgatorio en la obra de Dante. «En el Infierno la gente anda en círculos, círculos cerrados. Están siempre en la misma. Y en el Purgatorio hay una espiral. Es un sufrimiento de que hay que trabajar por este ascenso por la montaña sagrada. Hay una sensación de progreso. Hay un sentir que tiene sentido ese esfuerzo». Maravillosa imagen círculo versus espiral.






Coincidencias sí, coincidencias no.






Del vídeo también surgió otra coincidencia. Justo después de hablar de Dante, se le pregunta al chileno por cómo afrontó el sufrimiento personal cuando murió su hijo. Dice que ese dolor le abrió el corazón. Confiesa que fue una persona poco cariñosa, poco expresiva y viva y con poca capacidad amorosa hasta que su hijo murió. A su hijo lo postergaba y que cuando le tocaba estar con él siempre tenía que tener a alguien que atendiera al hijo. Pues la coincidencia es que la noche anterior leía esto por boca del protagonista de una novela hablando de su hijo: «No tenía nada que ver con el amor. Yo quería a Billy, pero era absolutamente incapaz de quererlo cuando estábamos los dos solos. Se trataba de otra enfermedad que yo padecía. No sabía cómo llamarla exactamente. Evadirme de la intimidad. Evadirme a cualquier precio de cualquier clase de intimidad. Con cualquiera». El libro del que surge el encuentro y que tengo entre manos es Karoo de Steve Tesich.






El peculiar señor Saul Karoo.






Con la persona que me regaló Karoo (y así seguimos tirando del hilo de casualidades) descubrí la segunda señal dantesca: en José María Sicilia. El último día, a última hora de la exposición que tuvo lugar en el Matadero en Madrid: Fukushima-Flores de invierno. Nada especial en la exposición pero en un televisor aparecía José María Sicilia comentando la realización de esta exposición a raíz del terremoto y tsunami del 11 de marzo del 2011 en Japón. Al llegar a la zona del desastre lo que ve y descubre es un infierno y utiliza la obra de Dante para poder recrear ese Infierno. Buscando sus palabras exactas que no encuentro, lo que sí hago es descubrir otras suyas también a raíz de esta exposición que se relacionan tremendamente con lo que comenté al principio de las señales y las casualidades: «El accidente es lo que sucede, lo que sobreviene imprevistamente, en el sistema, en nuestras vidas, lo inesperado, la sorpresa… Sin embargo todo estaba ya ahí. El accidente nos es revelado cada día, oculto hasta que sale a la luz». Uno que se pone del lado de la balanza donde gana el hecho de que las casualidades no existen.




http://www.brainpickings.org/index.php/2014/01/17/william-blake-dante-divine-comedy/





La visión de William Blake.






William Blake hace honor a Dante y también sigue con el tres.





A la noche, llego a casa y publican en ese momento en una página interesante llamada Brain Pickings una reseña sobre las ilustraciones que realizó William Blake sobre la obra de Dante. 102 ilustraciones que no fueron más porque William Blake murió. Y se me ofrece a mis ojos, ahora sí, más que en una cita, se me ofrece una representación, una imagen, un enganche aún más potente de mi propia realidad, de mi objetivo. Ese objetivo primero será La divina comedia de Dante Alighieri. El siguiente paso, porque estoy segura de que esto no descansa aquí, vendrá con su lectura. Porque si tanto me dijo y me dice que vaya a ella es porque allí hay algo, porque allí estoy, porque allí hay consuelo.





William Blake y el juego de opuestos.