Gainsbourg visto por la artista Leticia Gómez Aguado.
He
aquí un recorrido femenino que no parece tener fin: Juliette, Petula,
Catherine, Jane, Anna, Brigitte, Vanessa, France… Todas ellas muchachas
carnales que integraron las palabras que les espetaba Serge y algunas
recibieron la seducción por la palabra de un hombre excesivo en rasgos.
Retrato completo.
Porque
sus rasgos eran realmente excesivos. Todos, hasta el último incorporado: el
cigarrillo Gitanes. Esos ojos que quieren mirarlo todo antes que nadie
recuerdan a los de Picasso y Cortázar; la gran nariz inevitablemente judía y
unas orejas que él mismo definió como orejas de coliflor en la canción Premiers symptomes, configuran un rostro
mítico. Era la boca su rasgo menos sobresaliente visto lo precedente. Lo de
Charlotte viene más bien de la madre y el copyright
de la boca en francés se lo quedó Jacques Brel. Y Serge para compensar esa boca
anclada, se puso a ser bocazas, a provocar y ante todo a seducir.
Y se enamoró de la escultura de Claude Lalanne.
No
le bastaba con las mujeres que podía tocar y se puso a componer ideales
femeninos. Todo un álbum era necesario para cada una: para contar sus bailes,
sus vicios y sus risas. Así Melody y Marilou tuvieron su espacio para su propia
historia con Histoire de Melody Nelson y
L’homme à tête de chou. Historias
inventadas pero muy vívidas. Entre 1971 y 1976 cuando sacó esos dos álbumes la
provocación floreció. En Melody todo es más suave, metafórico y figurado. Serge
la encuentra en un accidente donde averigua que es pelirroja natural y muere en
un accidente de avión. Pero al llegar a Marilou todo se despeña: braguetas,
espermatozoides, pequeño orificio, vomitar, pubis, sexo, y la escena donde ella
tenía «L'un a son trou d'obus, l'autre a son trou de valle» y lo dejamos así
en francés que queda más velado. Marilou muere asesinada a manos de «Serge»
con un extintor y por celos. Con Marilou, visto lo visto, Serge hacía honor
definitivo a su adhesión vianesca.
Boris Vian y su "guitarra".
La
figura de Boris Vian justificaba ampliamente su comportamiento. Había sido el
pionero y su maestro en tales lides osadas y libertinas con la palabra. El
cancionero del siglo XX francés tiene en ambos la voz alterada y alteradora
necesaria. Pero toda revuelta conlleva un choque con lo establecido: las
censuras que recibieron Escupiré sobre
vuestra tumba y Je t’aime…moi non
plus es algo que les aúna.
La
voz áspera de Serge Gainsbourg, que no anda a remolque de la melodía sino que
es su guía, no es la de los cantantes sino la de los que andan más cerca del
pensamiento. Por eso le aíslo a él, aíslo su imagen, me quedo con sus
composiciones y vuelvo a esas chicas del principio. Mezclando ese algo naif que
tienen ellas con las ideas y ocurrencias de él, nos queda una brillante
picardía donde la parada obligatoria final será y es escuchar Sous le soleil exactement de manos de
Anna Karina.
[Texto
publicado originalmente en el número 12 de Obituario] http://obituariomag.blogspot.com.es/
Roman
Polanski ha vuelto a encerrarnos. Así nos maneja mejor. La Venus de las pieles se desarrolla toda ella en un teatro. Un
lugar del que no se puede salir mientras dure la representación. A Polanski le
gusta tenerlo todo bajo control. Le gusta que la energía se concentre; que el
ser humano llegue a un punto donde no pueda contextualizar, donde no entren
aires de sospecha en la realidad única que se forma en el espacio que él ha
elegido.
Esta gente anda estancada.
Los
encierros forzados dan pie a que el conflicto salte pero ¡ojo! hay veces que
ese agente externo que obliga al encuentro ni es tan externo ni es tan físico.
Viendo la película de Polanski me vino a la mente Huis clos, la pieza de teatro de Jean Paul Sartre. Tres personajes
encerrados en una habitación sin espejos y sin ventanas, condenados a mirarse
dentro de ellos y entre ellos para así descubrir que «el infierno son los otros».
Los personajes entran en la habitación y
la puerta ya no se puede abrir. Cuando
uno de ellos insiste y golpea, la puerta se abre pero siguen sin poder salir
porque tienen que estar allí. Y se preguntan
quién les retiene. Algo así como un antecedente teatral de esa gran película
que es El ángel exterminador (1962)
de Luis Buñuel solo que en la película del director maño las razones para la
inmovilidad son más que existenciales, sociales, vistos los personajes.
Vanda, un ser mortal y empapado.
En
la película de Polanski una actriz (Emmanuelle Seigner) llega tarde a una
audición pero aún así consigue que Thomas (Mathieu Amalric) el adaptador y
director de la obra le haga una prueba. Aquí no hay aparentemente un encierro
forzado pero los hados han hablado y han determinado que Thomas reciba una
lección allí en ese encierro. Lo de menos es la justificación que encuentre
Polanski en el guión para hacer que ni Thomas ni Vanda salgan. Para eso está
ahí Vanda. Vanda es al mismo tiempo una mujer de carne y hueso y una diosa. Y
en esa escala están muchas mujeres. Y la actriz Emmanuelle Seigner está en
todas ellas: primero es Vanda, la mujer de carne y hueso que es decidida,
malhablada, enérgica y nada pudorosa aunque necesita de Thomas el director que
le dé el papel en la obra; en segundo lugar es Vanda, el personaje de la pieza
teatral que se llama como la actriz y que es una mujer culta que se presta a
los juegos masoquistas de Severin; en tercer lugar es la diosa Venus venida a
provocar y por último la bacante llena
de lascivia, desnudez y todo el poder para castigar a Thomas. Tantas
encarnaciones demuestran que el personaje femenino no es real. Es una imaginación
de Thomas venida de su trato con la novela. Para él es una enseñanza, un
escarmiento.
El collar del sometimiento ahora es tuyo.
Parte
de ese escarmiento supone ponerse en la piel del otro. Uno tiene que sentir lo
que hace sentir. Vivir lo que le han hecho pasar. Ponerse en el otro lado de la
moneda. Ser el pasivo tras ser el activo. Algo sumamente importante para
Polanski. Aquí es imposible no recordar el cambio de papeles
torturador/torturada en La muerte y la doncella
(1994). En La Venus de las pieles, el
giro es poderoso puesto que el personaje masculino es el director de la obra de
teatro. Él indica dónde colocarse, cómo decir el texto, todo. Después será él
el dirigido y vejado tal como se sienten
muchas mujeres en boca, idea y acción de
los hombres.
Devenir mujer según Polanski.
Ponerse
en la piel del otro a veces es difícil y ayuda con la ayuda del físico, del
vestuario y el maquillaje. Esto bien lo sabía Polanski que ya nos lo mostró en El quimérico inquilino (1976) donde él
mismo se transmutaba en la anterior inquilina poniéndose peluca, tacones y vestido
y pintándose las uñas y los labios. En esa transformación cada ventana y balcón
del vecindario se convertía en un palco teatral engalanado. En La Venus de las pieles Vanda cumple con
lo básico: poner tacones, revolver el pelo y pintar los labios. Thomas se
convierte ahora en Vanda. Lista para ser sometida y vejada.
Mujeres en Venecia dirigidos por estos hombres.
Ni
dirigido ni vejado pero sí superado por la mujer es el personaje de Rex
Harrison en Mujeres en Venecia (The honey
pot, Joseph L. Mankiewicz, 1967) que con razón recuerdo ahora. Cecil Fox
(Rex Harrison) logra montar todo un teatro para jugar con tres de sus ex
amantes con el dinero de por medio y al final es una cuarta mujer la que le
supera como director de escena. Esta es una película más clásica donde los
roles y relaciones entre hombre y mujer aún no se cuestionan, solo es el poder
del dinero. En La Venus de las pieles
el foco principal es la relación de poder pero entre los sexos.
El gran teatro del mundo.
La
película de Roman Polanski no es un mecanismo de relojería como lo es Mujeres en Venecia. No se trata de
encajar todas las piezas unas con otras mientras van desarrollándose y
desvelándose. No se trata de eso. Más bien estamos ante una matrioska.
Se trata de un camino sobre el que no volvemos nunca pero que va
enriqueciéndose al avanzar. Tenemos una novela cuyo autor se basó para
escribirla en la relación que tuvo él mismo con una mujer. Tenemos también una
obra de teatro que Thomas ha adaptado de esa novela. Tenemos finalmente un
hombre y una mujer que están interpretando la obra y al tiempo sus propias
vidas. Todos los implicados aparecen en solo dos personajes. Están dentro de
ellos. De ahí lo de la matrioska.
Preparados para un escarmiento.
Ante
todo este plantel de figuras, las dudas, razones y motivos de los que dan la
cara (Thomas y Vanda) no importan mucho. Está más que justificado que el
espectador no las necesite para disfrutar la obra y no maldecir a Polanski. Primero
porque el sabio Polanski sabe cómo mostrar, cuánto y en qué momento. Y segundo
porque el director nos cuenta la historia como un cuento, una fábula más allá
de la realidad. Por eso entramos en un teatro medio abandonado en un París
desolado, grisáceo, donde un deux ex
machina ha eliminado cosas en la
pantalla mediante posproducción: no hay gente, el cielo es amenazante, lleno de
rayos y relámpagos… Parece que los dioses se están enfadando y van a dar una
pequeña muestra de su grandeza a un mortal. La puerta del teatro, además, se abre sin que
nadie la empuje. Nadie vemos que vaya a entrar salvo nosotros pero una vez
nosotros dentro del teatro vemos aparecer a Vanda, la diosa que ha bajado a la
tierra.
Polanski atento a las distancias.
La última película de Polanski es un ejercicio de estilo que le
sale como si respirara. La prensa francesa la arrincona no sabiéndola ubicar.
Dicen que Polanski está en su burbuja. Para contrarrestar tremenda reflexión va y se lleva el César al mejor director en este 2014. En realidad Polanski hace y deshace y no se deja
llevar. Sí es una apuesta un tanto particular. Pero de eso se trata, de que la
cartelera esté llena de particularidades. Y esta es una inteligente, rica y
entretenida.
Ayer
me cayó un rayo de cierta manera en el corazón: Llewyn Davis-Oscar Isaac. De
ambos en conjunto me «enamoré». No me los separen: que he visto fotos del actor
por separado y lo que me tira es la
combinación. Es lo que crearon los Coen y el actor: es la barba, la
manera de coger un gato, lo que calla y lo que dice, cómo canta y como mira.
Y
una vez dejado claro esto me animo a comentar varias cosillas nada técnicas,
nada filosóficas, sólo cosillas a raíz de haber visto en una pantalla de cine
la última película de los hermanos Coen: A
propósito de LLewyn Davis (Inside
Llewyn Davis). Porque para eso esto es un blog personal.
El ventoso y gélido Chicago.
Y
empiezo por lo menos intrínseco a la película. Lo que más me gustó es mi
tranquilidad a la hora de ver lo que pasaba delante de mis ojos. El logro mayor
que consiguió la película fue hacerme llegar a ese blanco, a ese color mate que
cubre la película no como algo negativo sinónimo de falto de vida sino de aceptación,
como se acepta al final de la película que Llewyn siga su música y no un barco.
No recuerdo ahora mismo otra película que me lo produjera. Debería apuntar las
películas no con nota, comentario o crítica cosa que no hago sino con la
emoción recibida. Ahora que lo pienso sería como con los sueños. En los sueños
es importante lo que sueñas pero escucho mucho últimamente que su verdadero
significado está en la sensación con la que sueñas, con la que te levantas. Ahí
está la verdadera y última lectura. Lo mismo que en el cine: claro que es
importante lo que ves pero el fin último y verdadero es la emoción y sensación
que te dejó.
El
adjetivo que más leo a la hora de definir la película en los medios es amargo.
En verdad es un personaje incómodo: no tiene una cama propia, vive con el
dinero que tiene en su bolsillo, cariño no parece coger a nadie y si lo hizo
esa persona ya no está, mete la pata y mucho y el ambiente helado del invierno
neoyorkino ayuda bastante a la desolación. Pero al fin y al cabo es un
personaje honesto consigo mismo. El mejor ejemplo está en la prueba que le hace
el personaje de F. Murray Abraham (el vídeo de aquí arriba): recibe consejos
sin enfrentarse ni explicarse y ante la propuesta musical que le haría tocar
allí en Chicago pero traicionándose, él declina. Parece que perderá lo único
que le queda, la música y él intenta dejar ese camino pues no tiene más
recursos. Pero las circunstancias, se alían con su espíritu y retoma esa vida
nómada llena de ingratitudes y frío pero con su música.
Esto es lo que hago.
Y
esta música es el folk. Al final se asoma un joven Bob Dylan. Estos días se
está asomando simplemente. En la película aparece en un escenario actuando
después de Llewyn y desde hace un par de días aparece también de soslayo en la
radio puesto que acaba de fallecer Pete Seeger. En cierta manera, por los veinte
años que se llevan y el camino expuesto era uno de sus maestros. Yo llegué a
saber de la existencia de Pete Seeger por su hermana Peggy Seeger, cosa curiosa
por la hegemonía masculina. Pues para que haya un poco más de música y como
pequeño homenaje escuchamos algo del músico.
Los
Coen en toda su filmografía se encargan de dar protagonismo allverdadero paisaje de Norteamérica.
Me gusta que sin saña ni mentiras nos ofrezcan una serie de personajes que
conforman su realidad (la de Norteamérica). Sí, son curiosos, son casi
surrealistas y muy particulares. Pero nunca he sentido ninguna impostura ni que
llegaran a la astracanada. Tal vez en otras películas sí pero aquí todo es orgánico. Eso es lo que más
me ha gustado. Y está en la misma línea que lo que ofrece Gente en sitios de Juan Cavestany: Llegar a un punto donde una
situación, una idea y/o un personaje particular, cómico, absurdo no traspasa
esa línea que lleva a la risa fácil, lo escatológico y lo impuesto.
Un interior de Greenwich Village.
Ahora
le toca el turno a Llewyn Davis, un verdadero norteamericano encarnado por un
guatemalteco. Los Coen se encargan de perfilar ese paisaje norteamericano
normalizándolo entre los espectadores norteamericanos que al fin y al cabo es
el público primerísimo. Es como si ayudaran a colocar otros perfiles en el
monte Rushmore para que todos asumieran como si fuera una ley que así es el
país ahora. Esculpen los perfiles para asentarlos y en la película desdibujan
fronteras y prejuicios. Tenemos un actor guatemalteco encarnando un personaje
norteamericano de origen galés e italiano. Los directores lo señalan en una escena
con John Goodman; es un detalle simple en una conversación dentro de la
película pero enorme porque crean un nuevo enfoque sin imposiciones,
inculcándolo en el imaginario colectivo y por tanto en la realidad colectiva.
El Gaslight cafe.
El
armazón de la película está ahí, hay algo que lo sustenta aunque no lo parezca
y eso no la hace desfallecer: los gatos que se prestan a momentos cómicos, a
detallar la personalidad del protagonista, a volver a donde comenzamos; los
desplazamientos (entre barrios, entre apartamentos, y entre Chicago y Nueva
York); los espacios repetidos (Gaslight Cafe, el apartamento de Jim & Jean,
el apartamento de los Gorfein); los personajes que los habitan y esos otros personajes
que sin explicar de dónde vienen y a dónde van son todo un mundo completo y
complejo.
El
motivo, el camino, las personas, la inconsciencia o la claridad que me hizo
acudir al cine ya no me importan. Estuve ahí, y estoy aquí recordándola. Me dio
tranquilidad y eso es algo que no me lo esperaba y es mucho. Eternamente
agradecida.
Estoy
por seguir. Estoy por seguir las señales. Por experiencia propia he de decir
que de forma natural y lógica nosotros sin ser conscientes de ello nos mandamos
señales (el cuerpo ese gran desconocido y la intuición, indescifrable), otras
veces las señales son externas pero provocadas por nosotros dentro de cierta
ingenuidad y las más, vienen de fuera como casualidades. Muchos creen que las
casualidades no existen y tal vez estas inesperadas apariciones no son sino la
lógica que se ha ido más lejos.
Yo
de todas he tenido. A veces es difícil aceptarlas porque ahí lucha lo que
deseas ciegamente y lo que necesitas realmente. Y la pugna puede ser larga y
muy ardua. Eso sí, es necesario puntualizar una cosa: esas señales pueden
avisarte de un peligro o de un acierto y ni siquiera intuir si es una cosa u
otra. Eso solo lo ves a posteriori. Aunque espero que con la experiencia se me
pula bastante la intuición.
La visión de Gustave Doré.
Las
cosas de la vida, del corazón, de las elecciones personales, de los miedos, de
todo eso lo voy a dejar atrás porque demasiado confesional me estoy volviendo.
Y ahora toca hablar de esas señales inocuas pero muy enriquecedoras que te
llevan a visitar una ciudad, ver una película, conocer a un artista o leer un
libro. De esto último se trata. Y se trata nada más y nada menos que de La divina comedia de Dante. ¡Pero un momento!
¡Esto es una señal muy personal! Pues a pesar de ser solo un libro y de
intentar alejarme de mis pesares y pareceres resulta que… ¡es una señal de
renacimiento! Este gran poema tiene tres partes y qué mensaje más positivo
empezar en el Infierno, pasar por el Purgatorio y terminar en el Paraíso.
Ninguna duda encuentro de que hay que zambullirse en su lectura. Esto forma
parte de la mano que te empuja hacia adelante, que te ayuda a salir del
Infierno, a pasar por el Purgatorio y a disfrutar en el Paraíso.
Dante y los tres reinos. Domenico di Michelino. 1465.
La
vida en menos de una semana me señaló la obra en tres ocasiones. Y qué
maravillosa coincidencia. Mientras la vida me mandaba tres señales resulta que
el libro tiene al tres como un número capital y muy simbólico: tres partes
tiene el poema como ya he dicho, en tercetos están compuestas las tres partes,
cada estrofa tiene tres versos, tres son los personajes principales (Dante,
Beatriz y Virgilio), Lucifer, demonio con tres cabezas y mucho, mucho más.
Mis
tres señales: Claudio Naranjo, José María Sicilia y William Blake. Ahí es nada.
El arduo camino del Purgatorio.
Llegué
a Claudio Naranjo a través de otro chileno como él es. Objetivamente no surgió
por una búsqueda concreta e intencionada pero todo lo que uno hace en el fondo
es revelador. Yo no conocía a Claudio Naranjo y lo primero que veo y escucho es
el vídeo que os dejo aquí arriba. Lo presentan como el pionero de la psicología
transpersonal y profesor en Berkeley. Y me fijo en la bonita referencia que
hace cuando responde a la pregunta de cómo manejar el dolor. Nos dice que hay un
dolor inútil pero también un dolor útil,
como un dolor de crecimiento. Y a la hora de diferenciarlos, de reconocerlos
nos habla de la diferencia entre el Infierno y el Purgatorio en la obra de
Dante. «En el Infierno la gente anda en círculos, círculos cerrados. Están siempre
en la misma. Y en el Purgatorio hay una espiral. Es un sufrimiento de que hay
que trabajar por este ascenso por la montaña sagrada. Hay una sensación de
progreso. Hay un sentir que tiene sentido ese esfuerzo». Maravillosa imagen
círculo versus espiral.
Coincidencias sí, coincidencias no.
Del
vídeo también surgió otra coincidencia. Justo después de hablar de Dante, se le
pregunta al chileno por cómo afrontó el sufrimiento personal cuando murió su hijo.
Dice que ese dolor le abrió el corazón. Confiesa que fue una persona poco
cariñosa, poco expresiva y viva y con poca capacidad amorosa hasta que su hijo
murió. A su hijo lo postergaba y que cuando le tocaba estar con él siempre
tenía que tener a alguien que atendiera al hijo. Pues la coincidencia es que la
noche anterior leía esto por boca del protagonista de una novela hablando de su
hijo: «No tenía nada que ver con el amor. Yo quería a Billy, pero era
absolutamente incapaz de quererlo cuando estábamos los dos solos. Se trataba de
otra enfermedad que yo padecía. No sabía cómo llamarla exactamente. Evadirme de
la intimidad. Evadirme a cualquier precio de cualquier clase de intimidad. Con cualquiera». El libro del que surge el encuentro y que
tengo entre manos es Karoo de Steve
Tesich.
El peculiar señor Saul Karoo.
Con
la persona que me regaló Karoo (y así
seguimos tirando del hilo de casualidades) descubrí la segunda señal dantesca:
en José María Sicilia. El último día, a última hora de la exposición que tuvo lugar
en el Matadero en Madrid: Fukushima-Flores
de invierno. Nada especial en la exposición pero en un televisor aparecía
José María Sicilia comentando la realización de esta exposición a raíz del
terremoto y tsunami del 11 de marzo del 2011 en Japón. Al llegar a la zona del
desastre lo que ve y descubre es un infierno y utiliza la obra de Dante para
poder recrear ese Infierno. Buscando sus palabras exactas que no encuentro, lo
que sí hago es descubrir otras suyas también a raíz de esta exposición que se
relacionan tremendamente con lo que comenté al principio de las señales y las
casualidades: «El accidente es lo que sucede, lo que sobreviene
imprevistamente, en el sistema, en nuestras vidas, lo inesperado, la sorpresa…
Sin embargo todo estaba ya ahí. El accidente nos es revelado cada día, oculto
hasta que sale a la luz». Uno que se pone del lado de la balanza donde gana el
hecho de que las casualidades no existen.
William Blake hace honor a Dante y también sigue con el tres.
A
la noche, llego a casa y publican en ese momento en una página interesante llamada Brain Pickings una reseña sobre las
ilustraciones que realizó William Blake sobre la obra de Dante. 102
ilustraciones que no fueron más porque William Blake murió. Y se me ofrece a
mis ojos, ahora sí, más que en una cita, se me ofrece una representación, una
imagen, un enganche aún más potente de mi propia realidad, de mi objetivo. Ese
objetivo primero será La divina comedia
de Dante Alighieri. El siguiente paso, porque estoy segura de que esto no
descansa aquí, vendrá con su lectura. Porque si tanto me dijo y me dice que vaya
a ella es porque allí hay algo, porque allí estoy, porque allí hay consuelo.
Ayer me senté en una sala de cine y vi La gran belleza (La grande belleza, Paolo Sorrentino, 2013). Confieso que fui, espoleada
y guiada por el detonante del premio a la mejor película del año en los Premios
del Cine Europeo. Por otro lado, la duración de una película no es, para mí, un
factor de demasiado peso a la hora de ir a verla, el que retratara una ciudad
europea sí. Ambas cosas tiene La gran
belleza. Eso en esta ocasión. Una vez empezada la película fui consciente
de la película durante toda la proyección. Esto puede ser bueno o puede ser
malo según si se quiere atacar o defender la idea. Es malo si la idea es que la
película te lleve lejos o te sumerja en su mundo. Y bueno si te hace apreciar,
analizar y descubrir al tiempo que la ves, cosas que no solo pasan por la
emoción. Entonces, repito, fui gratamente consciente.
Fauna urbana creando arte.
Y estando en esa consciencia estuve en muchos sitios.
Nada más empezar, la estética de la película me atrapó tanto formalmente como
de contenido. Con respecto al contenido puntualizo que uno se integra y hace
lógica la exageración, mal gusto o qué se yo qué opiniones diversas de ese
contexto italiano. El ligero travelling, la simetría del plano del monumento
fluvial con las cantantes, el plano medio de la cantante, la música, el eco, el
cálido tono del momento del día elegido, el encadenado del esperado grito en la
siguiente secuencia, etc. Todo me encandilaba reconociéndolo. Tal vez adulaba
mi ego cultural que todos necesitamos mimar. Y seguí comprometida con la
película. No voy a negar momentos de relajación, que los hubo, pero se disipan
en el recuerdo.
Léos Carax mira desde arriba.
Fui consciente también de que me llevaba a mucho cine
europeo: Wenders donde no me apetece meterme más a fondo; Fellini y Almodóvar
por la fauna humana y retrato de una ciudad. Pero donde quiero llegar es que me
vino a la mente Holy Motors (2012) de
Léos Carax. La conexión vino tal vez por los momentos de fantasía, por la
envergadura del proyecto o por los actores fetiches de los directores como
protagonistas al que le rodea cierta fauna (Toni Servillo – Denis Lavant). Al
contexto temporal y espacial no le voy a quitar mérito, por eso tal vez la
conexión se vio favorecida por la escasa diferencia de tiempo de estreno y
porque ambas las vi en la misma sala del mismo cine sin otra película en ese
espacio que las intoxicara.
De todas formas regodeándome en ambas, Léos Carax no
necesita permiso, es un alterador del orden fílmico. En cambio Paolo Sorrentino
lo primero que hace es avisar y nos hace leer a Céline con una cita de Viaje al fin de la noche (1932):
“Viajar es muy útil, hace trabajar la
imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es
entero imaginario. A eso debe su fuerza. Va de la vida a la muerte. Hombres,
animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple
historia ficticia”.
Sorrentino avisa de la ficción que veremos, una ficción
a pie de tierra que tiene un par de momentos mágicos (la jirafa y la última
aparición del personaje de Ramona) que podemos no darle la entidad de fantasía.
La verdadera creación en la vida la podemos tener todos, parece decirnos
Sorrentino; solamente trayendo al presente los buenos recuerdos, los momentos
que dejamos pasar de felicidad o que no entendimos. El recorrido vital romano
del escritor Jep Gambardella comenzó con 26 años los que yo tenía al llegar a
Madrid. No solo este dato insignificante me liga a La gran belleza. ¡Pero si es que hasta Sorrentino me hace menos
difícil mi elección italiana y no francesa, no solo por la cita de Céline sino
por la presencia fugaz de Fanny Ardant!
¿Es la simetría clasicismo?
Y por último en mi recorrido de consciencia, volviendo
a ella, fui consciente de lo que opino de mí. El objetivo de lo que escribo no
es realizar un comentario de lo visto ni en una ni en otra sino lo que provocó
en mí. Que me gustara más la película italiana que la francesa es lo
importante. ¿Por qué? El camino fácil, lógico y generacional sería que me
gustara la francesa y más con la filiación francesa que tengo últimamente. Pero
no puedo mantener la pose y creo que lo que escribo ahora me sirve para
asumirlo y por eso antes hablaba de adular mi ego cultural. Porque hasta llegar
aquí me he castigado. Y esto viene de largo.
Prefiero el encadenado al corte
brusco, un cuadro a un puzle, una reflexión a un disparo, un ensayo a un relato,
un piano a la música industrial (que no mainstream) y muchas cosas más. Y
difícil es cuando tu contexto o el foco con el que te mides es otra cosa.
Siempre me he sentido rara pero no en el sentido moderno. Mi rareza era de la
de mirar atrás, no adelante. Mi rareza se ancla en un pasado no vivido aunque
conocido, mientras que la rareza moderna se basa en lo nuevo novísimo y lo que
queda por vivir. Prefería no participar en cuestionarios no por timidez sino
para que la gente no perdiera el tiempo y yo tampoco me pusiera en plan
masoquista y lo digo tan segura porque lo viví. Recuerdo una encuesta en la universidad
que gente de mi edad me pidió que hiciera. A medida que avanzaba la encuesta el
bolígrafo ya no tenía por qué seguir trabajando. Lo vi dudar, ir más lento. Mis
hábitos, mis gustos ¿a santo de qué? Hace años lo cubrías con un tupido velo,
ahora no tengo por qué. Es lo que tiene la edad y por eso no me importan las
arrugas: ¡he conseguido cosas mejores!
La parrafada y apertura en canal anterior no solo lo
provocó La gran belleza sino también
un sueño que tuve hace un par de noches. Allí yo cantaba muy bajo la canción Cry me a river de Julie London. Al escucharme,
otra mujer frente a mí, la reconocía y continuaba ella cantándola. Después mirándome
me decía que las dos teníamos que haber nacido en esa época no en esta. Igual
que la película me gustó y lo asumo, igual que lo asumo escribiendo aquí, lo
asumí también en sueños. Porque que tú te expreses cantando, que otra persona
cante lo que tú y que ella exprese en conjunto lo que podrías pensar tú en
solitario es un bonito y positivo sueño créanme. Definitivamente sin yo ser
consciente pero asumiendo que soy yo la que me dirijo, mis elecciones, mis
películas, mis músicas, mis sueños, mis conversaciones y mis amigos me llevan
no a no sentirme rara sino a asumir que todos lo somos; que al igual que somos
seres sociales, somos seres individuales; que solo es el contexto el que muchas
veces nos define y el contexto varía constantemente.
Factores para decir "me gusta".
Pierre Bourdieu ya le daba vueltas a mi elección
cinematográfica en su obra La distinción.
Criterio y bases sociales del gusto: «La naturaleza de los
bienes consumidos y la manera de consumirlos, varían según las categorías de
los agentes y los campos a los cuales aquellas se aplican». La
obra de Bordieu por cierto, solo la he ojeado que no hojeado porque internet es
visual y no táctil y visto lo que he escrito por aquí me es urgente y necesario
leerla. Queda pendiente para meses más tranquilos y sin falta en su momento,
aquí daré cuenta de ello.