sábado, 9 de febrero de 2013

Lección de anatomía o gabinete de historia natural de Lola Marín.




Cómete la vida.




Esta serie de pinturas de Lola Marín no descansan y alivian la vista aunque aparentemente parezca lo contrario. Por eso si ese es el objetivo que buscan en una obra de arte deberán dejar atrás viejas costumbres. Objetos sin contexto que se muestran descarnados y nunca mejor dicho porque ahora el centro de todo son ciertos órganos cosificados, objetuados, sin el alivio y el apoyo de la piel. Esa desnudez incomoda y más si lo que nos encontramos son en su mayoría ojos y dientes: más allá de mirar y alimentarse, que te duela el mundo y querer desgarrarlo. Los dibujos en su acabado se nos muestran inocentes pero también era inocente Tristana y Buñuel nos mostró su proceso de destrucción. La evocación a una Tristana mostrando seductora su pata falsa convive con el exquisito horror de una pierna imparable arrastrando un cuerpo sin vida en Edgar Allan Poe. Lola Marín parece revelarnos, aunque un poco velada, una visión de la vida como espera sorda de catástrofe tal como escribió Peter Weiss.




Soberbia obra incontestable.





De la idea al dibujo, del dibujo al objeto y directo al espectador. Lola Marín no los contextualiza para no restar fuerza al dibujo/objeto. Ofrece la idea como en bandeja, una bandeja en una gama de colores con referencias a la carne ausente. Porque no nos narra una historia. Lo suyo son poemas visuales y poemas objeto tal como nos descubrió Joan Brossa al que se puede hacer alguna que otra referencia en esta serie de pinturas. Una de las obras que resalta no sólo por su talla es Lección de anatomía que nos lleva no sólo a Brossa sino también a Dalí y en otros terrenos y aunque parezca una locura a Dreyer.



La más reciente tendencia a la pintura de Lola Marín no supone un quiebre en el camino. Tenemos un enganche con sus esculturas reelaboradas. La mayoría de las bases de sus dibujos son también objetos encontrados: desde un cuadro con paisaje neoyorkino convertido en un díptico terrorífico a una finísima capa de madera de un mueble que provoca más vértigo si cabe en el que mira.






El movimiento nace muy adentro.





Lola Marín se nos desvela. Es el desvelo que sí ofrece descanso al saber de él. La artista va perdiendo pudor. Si antes su mirada estaba en la revisión de unos objetos, ahora sobre objetos ya vividos (cosa que no abandona) vuelca metafóricamente sobre un «lienzo en blanco» parte de sí misma; su imaginación. No se trata de la obra como vida volcada sino filtrada y eso provoca mucha curiosidad. ¿Que cómo es? No sabría explicárselo. Hay que verlo para apreciarlo.



[Texto publicado originalmente en www.lolamarin.com]

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