viernes, 25 de octubre de 2013

La embriaguez de la metamorfosis de Stefan Zweig.





"Moverse, percibir el mundo y a sí misma, ser otra y no la de siempre"



Hace cuatro años empecé a leer recién llegada a Barcelona La embriaguez de la metamorfosis de Stefan Zweig. La lectura nunca llegó a completarse. Mis circunstancias personales hacían que lo que estaba descubriendo entre sus páginas no fuera lo que más necesitara emocionalmente. No es una cosa que haga normalmente, el dejar inacabadas películas o libros. Siempre saco algo en claro al final. Pero esta vez era una necesidad casi vital. Abandonada la novela es ahora cuatro años más tarde cuando le doy otra oportunidad. Si la razón de dejarla fue anímica, mi ánimo ahora es claramente otro. Ahora podré y puedo, me digo.



Y así ha sido. Y lo que me ha desconcertado después, indagando en el contexto de su escritura es que a Stefan Zweig le pasó algo parecido. Mi intermitencia lectora es paralela a su intermitencia creadora. Empezada a finales de los años veinte, la estuvo elaborando hasta antes de su muerte en 1942. La razón más que de crisis creativa es emocional como la que yo sentí. Así encuentro estas palabras de Jean-Jacques Lafaye hablando del motivo del abandono de su elaboración: «Es demasiado sensible a los cambios de su propio humor para conseguir la integridad que requieren las obras maestras».





Manualidad.




La embriaguez de la metamorfosis, se publicó por primera vez en 1982 y se dice de ella que es una novela inacabada. Puede que así fuera porque no la publicó en vida pero bendita no-finalización. Es verdad que el final es el inicio de otra metamorfosis en la protagonista que nos puede ser contada y constituiría un nuevo giro en la historia pero todo ha quedado expuesto ya. Esa historia íntima del comienzo ya se ha convertido en un ejemplo de historia colectiva. Y la historia nos es válida tanto si la miramos en su contexto de ficción (Austria en 1926), en su contexto de creación (entre la Primera Guerra Mundial y la llegada del nazismo) como en nuestro contexto de lectura y mucho, no os podéis imaginar cuánto.



Lo que aquí escribo, aunque formal, se mueve por algo muy personal. Y pretendo reflexionar, desentrañar exponiendo y sobreexponiendo todo lo leído. Por eso y porque no estoy intentando vender nada, ni siquiera la idea de que tenéis que leer la obra, informo que desvelaré cosas. Que podéis parar aquí y volver al texto una vez leída la novela para compartir conmigo vuestra impresión o al menos contrastarla.



Hay un motivo externo que al final he descubierto y que me mueve por dentro. Hace poco menos de tres años empecé a darle vueltas a la posibilidad de escribir un ensayo sobre los artistas suicidados del que iba tomando notas pero que nunca empecé. Alguien me dijo que ese era un suicidio, ponerse manos a la obra en ese tema. Yo misma tuve otros intereses de por medio. Y ahora lo estoy volviendo a retomar. Leo Suicide de Édouard Levé y leo La embriaguez de la metamorfosis.




El descanso del escritor y su esposa.





Stefan Zweig se suicidó junto a su mujer en 1942 y sobre su cama en Persépolis en Brasil los encontraron. En La embriaguez de la metamorfosis se encuentra el antecedente, la posibilidad, el tanteo, el rumor de esa idea. Christine y Ferdinand deciden suicidarse porque la sociedad no les deja otra. El señor Zweig declaraba en una de sus cartas de despedida: «El mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma» y siendo metafórico con el nazismo terminaba así: «Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto».



Su suicidio y el de sus personajes no vienen por un sufrimiento personal, individual, de no saber manejarse en el mundo sino de un sufrimiento social, de no poder manejarse en el mundo. Ferdinand justifica su decisión así: «Es quizá el único trozo de libertad que uno posee en la vida, la libertad de desecharla. Nosotros, sin embargo, somos jóvenes y ni siquiera sabemos lo que estamos desechando. De hecho, sólo nos deshacemos de una vida que no queremos, que rechazamos, y quizás pueda concebirse otra que podamos afirmar. La vida es diferente cuando hay dinero [...] Lo haremos para ser libres, para vivir en libertad». Es el contexto social y político el que oprime, el que no deja desarrollarse a los individuos. La embriaguez de la metamorfosis es la despedida de Stefan Zweig, la explicación de su suicidio. Europa se destruía a sí misma, y por ende a sus ciudadanos y Stefan Zweig era uno de ellos. Y eso que ya el escritor austríaco no estaba allí, podía salir adelante en América pero era el dolor, la impotencia, el saber y ver esa parte suya caer en picado.




Herbert Bayer otro austríaco de entreguerras buscando razones.





Novela sorprendente, de una modernidad contundente que te lleva de la mano y con tranquilidad por una historia que va tomando nuevos rumbos. Si al principio se está instalado en una novela íntima, de descubrimiento de uno mismo y del mundo, después deriva en una especie de novela negra fácilmente comparable a un film noir. O al menos nos prepara a ello y el final sería el principio de esa película.



Christine Hoflehner tiene veintiocho años y tiene «un cargo miserablemente pagado en un pueblucho remoto». La metamorfosis de Christine se produce cuando sale al mundo, cuando toma perspectiva para verse a sí misma, qué otras opciones hay, qué injusticia se está cometiendo a su alrededor. A partir de un telegrama recibido empieza un destino. Y ahí se empieza a vislumbrar esa segunda Christine hasta ahora oculta: «un corazón asombrado, confuso y ardiente de curiosidad». Descubre a otra Christine dentro de ella. La confusión de sentimientos, las nuevas sensaciones, los movimientos y cambios están claramente expuestos en esta parte con una gran cantidad de sinestesias: «cristal regocijante», «le dice el espejo con una sonrisa», «este paisaje que calla no de manera humana, sino divina», etc. La calidad de la prosa de Stefan Zweig es apabullante y lo que más impresiona es la precisión en la descripción de las emociones de la protagonista.



«Fue como si me enterase por primera vez de lo que significa respirar». Pero tanto cambio provoca excitación y mareo y le lleva a preguntarse quién es, quién es en verdad. Y luego llega la ebriedad y el parón brusco, el despertar de la embriaguez y la vuelta a la que era antes. Y lo que queda es «una ira sorda, crispada e impotente».



Fue aquí donde anclé mi lectura cuatro años atrás. La vuelta a ese pasado triste, lúgubre, monótono donde Christine iba a volver a estar «atornillada a la rutina estúpida y vulgar» era un paso atrás que no podía soportar. No quise avanzar más donde quizá descubrir alguna consolación, justificación o justicia poética. No había fuerzas para ello.





Duplicadísimo Stafan Zweig.





En la novela, el contexto social y político lo tenemos desde el principio pero es a su regreso al pueblo a tres horas de Viena cuando se hace determinante. Adquiere un peso tremendo. Las sensaciones personales a posteriori se convierten con la distancia en confirmaciones sociales. Y es Ferdinand que ha sufrido otra metamorfosis en su vida quien como un espejo le muestra, le aclara, le da nombre a lo que ella ha vivido. Le justifica su experiencia no como una experiencia íntima y de culpabilidad sobre ella sino como una consecuencia del país, del continente y de la época en la que viven. Es con Ferdinand cuando la novela adquiere un nuevo giro. El mundo tiene otra visión, más cruda pero más real que confirma la miseria pero puede definir lo que pasa, que al menos aclara las sensaciones y las vivencias, que justifican la ira en un mundo injusto que les ha tocado.




Y es aquí cuando nuestro presente aflora: «Hemos nacido en una mala época, no hay médico que te cure los seis años extirpados del cuerpo y ¿quién me da algo a cambio? ¿El estado? ¿El estafador número uno, el ladrón número uno? Dime, entre vuestros cuarenta ministerios, el de justicia, el de bienestar público y comercio en la paz y en la guerra, dime uno que se dedique realmente a la justicia». Mirando a nuestro alrededor, el pesimismo es total. Europa, España ha perdido nuestra confianza, nos engaña, no emite justicia, no respeta a sus ciudadanos con lo que nosotros le perdemos el respeto y es lógico entonces que aparezcan respuestas y rebeldías. Una respuesta y un cierto tipo de rebeldía es la que nos entregó Stefan Zweig al suicidarse.

lunes, 7 de octubre de 2013

La casa Emak Bakia de Óskar Alegría.



Eyes wide shut



Boca cerrada que habla.





No hay una sola película que te desvele la conexión que vas a tener con ella leyendo previamente solo unas líneas, un comentario o viendo unos fotogramas. Incluso un reportaje o una crítica. Esto es así y tiene que seguir siéndolo. No lo digo para que esas líneas o fotogramas guarden y no desvelen la sorpresa sino porque esa imposibilidad guarda la riqueza misma del encuentro.  Por eso y sin pesar alguno me enorgullezco de que en esta ocasión al menos mis palabras tampoco puedan desvelar la grandeza de una película. Solo hace falta que la descubran vuestros ojos. Mi función será la de hacer cosquillas.





Buscar un espacio es darle vida.





Mi encuentro último ha sido con Emak Bakia Baita (La casa Emak Bakia, 2012) de Oskar Alegría. No daba crédito a lo que estaba vi-viendo. Además parecía hecha para mí. Una película con referencias culturales, con momentos de asombro vitales, con coincidencias y azar, con justificaciones poéticas porque sí y porque las validan los encuentros personales. Una obra con estructuras, con líneas, con marcadores que redondean la emoción de un aparente camino recto que permite salirse por la tangente porque toda salida es un entendimiento vital. Todo esto son líneas clave para mí.










Jolgorio de piernas






Jolgorio de piernas 2.




¿Y cuál es la raíz de todo esto? Pues una película que Man Ray rodó en 1926 cerca de Biarritz titulada Emak-Bakia. El propósito de Óskar Alegría es encontrar la casa donde se rodó y de la que tomó el nombre. Un payaso y una casa sorprendentemente vívidos encuadran la búsqueda que resulta ser un camino de perfección (la perfección es el camino). Y ese camino está trazado entre una película y otra, con espejos de ciertos planos (la puesta en marcha de un coche o la entrada de la mujer en la casa), con reproducciones (el despertar de tres mujeres), con homenajes (las lágrimas sobre el rostro de Man Ray en el cementerio o la caída de la cámara filmando vacas), con contrastes (las piernas de mujer y de hombre bailando) y con detalles (las flores en la tumba del payaso). El referente de Man Ray intenta no presentarse didácticamente sino que para no pervertir su espíritu aparece deslavazado, fugaz y alterado.






Agresividad de Man Ray...





...que resulta tinta en carne.




El significado del nombre de la película cuadra perfectamente con la obra de Man Ray. Emak Bakia significa algo así como «déjame en paz»: una carta en blanco para la libertad de creación, para la no interferencia a la hora de crear algo. En el claroscuro de la pantalla, Man Ray refleja desperdigados unos alfileres, más bien clavos. Es la agresividad a continuación reflejada en las manos que tienen dibujadas esos clavos. Libertad por contestación e incomodidad, de ahí el «déjame en paz», muy diferente al de Louise Bourgeois aquí traída a cuento ligeramente porque sí. Diferente no por complacencia que sería lo contrario a libertad sino porque ella escoge la aguja: «Siempre he sentido una enorme fascinación por la aguja, por el poder mágico de la aguja. La aguja se utiliza para reparar el daño. Es una petición de perdón. Nunca es agresiva, no es un alfiler». La doble función del arte: destruir y construir.



Oskar Alegría ha escogido la aguja de Bourgeois para entretejer en esta obra un guante de plástico, unas fachadas, unas flores, una postal, una canción, unos despertares, unas gotas de lluvia, unos cerdos, el viento…y todo, todo, siendo un homenaje a una obra de arte se convierte ella misma en otra obra de arte.










Ondulaciones cinematográficas...





...conversan con ondulaciones marítimas.





El director solo tiene un nombre de una casa y tres tomas de una película. Los títulos de crédito de la película de Man Ray se movían como mecidos por las olas y esas olas son la ubicación de la casa que busca Oskar Alegría. El director navarro empieza buscando el nombre y encuentra a un diseñador italiano que confiesa que el nombre de su empresa no lo eligió conscientemente sino que el nombre lo eligió a él. Aquí el azar maravilloso ya interviene puesto que el diseñador escribió nombres de sus películas favoritas en papelitos para elegir el nombre de su empresa. El primer nombre que escribió y el papelito que sacó fue el de Emak Bakia. Este rastro del nombre nos lleva a escuchar verdaderamente el euskera. Realmente no lo había escuchado en un contexto donde se le dé tiempo, desde la tranquilidad y la comunicación. Y entonces llega la escucha de Bernardo Atxaga y la canción de Ruper Ordorika y se llena la imagen y te llenas tú. La otra búsqueda es la fisicidad de la casa a raíz de esas tomas de la película de Man Ray. El paso del tiempo llámese fenómenos naturales o guerras históricas obliga a que la búsqueda sea más ardua.





Empezamos tanteando el camino.





Es una película con estrella, una película donde las coincidencias y las buscadas cuadraturas se aúnan para dar magia a un camino. El camino que cito mucho no es deducción mía pues se verbaliza mucho en la película. La casa Emak Bakia encarna el acierto y justificación de hacer el camino no recto, no gregario de la liebre, de ir más que atando cabos, cogiendo los cabos y formando un tapiz.




Activamos el encuentro.




Película sobre la justicia poética que te reconcilia con el ser humano y con la naturaleza. El viento guía el baile de nuestros pasos, los sonidos del día a día son fuente de creatividad, los habitantes de los espacios se reconcilian con los antiguos y las voluntades personales priman sobre las circunstancias históricas. Elogio y defensa de la vida al fin y al cabo. No solo la formalidad de la película tan clara en su diáspora te encandila sino que las personas implicadas han conectado con esta obra especial que el espectador sin mérito por compromiso recibe a posteriori: el músico Richard Griffith que deja que se usen sus canciones porque jamás se negaría a la magia; una princesa rumana que se deja convertir en actriz y se sorprende y alegra de ver el sol por la ventana; la empresa que deja que su nombre sea sustituido por un nombre no con interés económico sino con interés emocional; un diseñador que opina que fue el nombre Emak Bakia el que le eligió y definió; una voz que expresa la pena por las palabras que se pierden y se le hace en parte justicia poética con esta película.




Seguir un rastro desde un espacio aportado por una película. Así sucedía también pero ampliada a la filmografía de Rosselllini en La ciudad de los signos (Samuel Alarcón, 2009). En su comienzo tres tiempos diferentes se superponen en Pompeya: el rodaje de Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), la grabación en super-8 del padre del director y la tercera mirada, la del director sobre estas dos. Tres ojos, tres cámaras y un espacio. Man Ray comenzaba su Emak-Bakia con el ojo y la cámara, con su ojo en la cámara y con un ojo femenino sobre la cámara. Samuel Alarcón amplía sus pasos físicos a la filmografía de Rossellini sobre Italia: Roma, la cosa Amalfitana, Stromboli, etc. y es algo sobre lo que se incide sobremanera como destacar la importancia de donde se rodó la escena final de Viaggio in Italia: la scala sacra de Maiori por poner un ejemplo.




Mónica Vitti más presente que nunca.





Revisar y revisitar los espacios que se han vivido cinematográficamente es una manera de perpetuar la memoria. La pérdida de recuerdos, de idiomas, de espacios es inevitable y en la película queda claro, pero algo podemos hacer y ahora, hoy, con La casa Emak Bakia Óskar Alegría ha dado un pequeño paso perpetuando de nuevo a Man Ray y muchas otras cosas que descubriréis con asombro.


viernes, 27 de septiembre de 2013

De hombres y mujeres...y unos pendientes.





Mujeres como espectadoras.



Ser o estar activo siempre comporta un riesgo en la vida y en lo que vemos. Parece ser que el que calla tiene la razón y el que activa es el que toma el riesgo de ser pesado, de errar en su opinión y de ser criticado. Esta reflexión surge al aglutinar comentarios de algunas películas que han aparecido estos últimos años: Copia certificada (Copie conforme, Abbas Kiarostami, 2010), Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010) y Antes del anochecer (Before midnight, Richard Linklater, 2013). Historias de parejas en decadencia. Decadencia provocada desde la razón interior, no por motivo exterior. En estas películas la mujer es la activa, la que dice, la que pide, la que desestabiliza, la que pone peros, la que quiere mejorar o cambiar. El estatus está ahí y no lo altera el hombre. Son ellas las que quieren cambiar, las que se preguntan, las que se quejan, las que echan la mirada atrás, las que comparan, las que quieren más. Y eso puede provocar reacciones contrarias en el espectador. Y el espectador es hombre y es mujer. La verdad es que no he hablado sobre la reacción de estas películas que he citado con hombres pero realmente, no importa. Me interesa la reacción ante los personajes femeninos de las mujeres puesto que somos nosotras las que somos representadas, las que podemos identificarnos, podemos enrabietarnos o podemos negarnos en rotundidad. Un detalle donde sí entran en consideración los hombres es que en todas, los directores son ellos.





¿Protección? El hombre, detrás.






Tal vez sea por eso por lo que nos dan la palabra. La culpa, la ley de la compensación les hace darnos el personaje de la pura actividad y desestabilización y lo digo en positivo. Ese es mi punto de vista. Su intención al final no es ser equitativos, sino inconscientemente partidarios de la mujer por pura ley de la compensación histórica. Pero ese es mi punto de vista, repito. En realidad me sorprendió al hablar con unas amigas que ellas distaban de lo que yo pensaba. Ellas criticaban por pesadas, por histéricas, por desestabilizadoras de la felicidad a esas protagonistas femeninas. Ellos son las víctimas, los pobrecitos que queriéndolas como las quieren no tienen la culpa de lo que se les viene encima, me venían a decir. Incluso alguna incidió en esa sensación al hablarme de la obra de teatro A cielo abierto que este año se representó en el Teatro Español con Nathalie Poza y José María Pou. Yo no la vi, pero tal vez esa sensación de mi amiga tiene algo que ver con la nueva versión que estos meses se representa en España de El diario de Adán y Eva de Mark Twain. Yo vi la famosa representación que pusieron en pie Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza y ahora leo que Ana Millán y Fernando Guillén Cuervo la vuelven a llevar a los escenarios con la actualización temporal más allá de su título Hoy: el diario de Adán y Eva. Leo en una entrevista de boca de Ana Millán: «Hemos nivelado la descompensación que existía en la dramaturgia», refiriéndose a que antes el personaje masculino se comía al femenino. Esta vez es una mujer la que decide hacer del personaje femenino una raspa, que así la define la actriz. Palabra que me encanta. Me llamaron así de pequeña muchas veces y muchas más la escuché a mi alrededor y me niego a que sea un término peyorativo. Pues raspa sí, para defender y para estar. Este será un caso, de nuevo, para que el personaje femenino sea acusado de desestabilizador. En el making-of de Copia certificada, Juliette Binoche habla de esa opción femenina de arriesgarse a estar en situaciones incómodas y poner al descubierto la vulnerabilidad de una, comentando que se sufre pero por el bien futuro.






Vitalidad femenina.





Ensimismamiento masculino.




La mujer mira a su alrededor, el murmullo de la vida le llega y quiere incorporarse a él. El hombre se satisface. No compartimos y no cambiamos juntos y a partir de ahí hay que hacer el esfuerzo para poder caminar en paralelo. Esta diferencia la vi clara y manifiesta en Copia certificada. La pareja protagonista va al baño, pero por separado, en diferentes momentos y en diferentes espacios. Delante de ellos, un espejo que somos nosotros y detrás de ellos una ventana. La metafórica ventana. La ventana de ella está cerrada pero aún así ella se acerca al escuchar gente afuera y mira aunque sea por las rendijas de la ventana. ¿Y él? La ventana de él está completamente abierta y suena un campanario pero nunca mira, nunca se gira. Puede que girándose uno y mirar por la ventana se amenace la estabilidad, pero arriesguémonos. Las mujeres tenemos visión gran angular. La de los hombres es más focalizada.  






Estoy aquí.





Mi joya eres tú.





Llegados a este punto he de desvelar que la intención de escribir aquí y ahora partió de la similitud que encontré en dos carteles de dos películas donde unos pendientes ocupaban todo el protagonismo. Una de esas películas acabo de nombrarla: Copia certificada y la otra es Madame de… (Max Ophüls, 1953). El peso de los pendientes difiere en las dos. Mientras que en Madame de… la atención es total hacia ellos, en Copia Certificada es un detalle.  Pero en ambas es una conexión con el hombre. El personaje de Juliette Binoche se los pone solo cuando pretende que su pareja la mire, para volver a recuperarlo o intentar que no se aleje. Se los quita cuando el propósito desaparece. Además el lenguaje del amor está aquí simbolizado con la lengua empleada. Cuando hay unión hablan el mismo idioma, cuando no, ella en francés y él en inglés o ella, adaptándose, en inglés.  La protagonista de la película de Ophüls opera igual que Juliette. Siendo un regalo del marido, los vende, los aleja de sí y vuelven a ella como regalo del amante. Entonces los mitifica, los vuelve centrales en su vida. Los pendientes son el reflejo de la conexión con el hombre al que se quiere. Si esos pendientes colgantes están, la conexión existe, si no, la conexión desaparece. 







¿Quiénes somos?






Rumiando sobre las joyas.





Y un apunte más. Los pendientes de Madame de… son auténticos, los de Copia certificada no necesitan serlo y tal vez sean falsos, copias, ya que de la copia trata la película. En ella se habla en cuanto a las obras de arte de lo que es falso y genuino. Y a su vez y en el fondo lo más importante es hablar de lo falso y genuino en las relaciones de pareja. Él y ella no son y luego son pareja por obra y gracia del engaño y la complicidad cinematográfica con el espectador.




Yo siempre iré un paso por delante.




De lo genuino se dice que es auténtico, fiable, duradero, que tiene valor intrínseco. Pero a día de hoy no hay nada, ni una historia detrás, ni un papel firmado, ni una intención, que nos asegure que una relación es duradera, fiable y auténtica. Cada momento es una prueba y a su vez cada momento es la verdad. Y desde nuestros ojos de espectadores, esa copia de una relación como lo es doblemente la relación de los dos en Copia certificada es la más verdadera, porque nos implicamos y nos identificamos. Es nuestro reflejo y es en el reflejo, en la copia cuando verdaderamente nos miramos. Hace falta que sean otros ojos los que describan la relación del personaje de Juliette Binoche con su hijo para que esta se descubra en esa relación. Ella anda metros delante de su hijo con los ojos cerrados, el hijo con una pesada mochila jugando con una maquinita. Ella vive con eso, lo repite, pero lo reconoce y lo llora cuando alguien le refleja.




Espectadora en conexión.





En un juego reflexivo de varias aristas podemos volver a ver a Juliette Binoche llorando en otra película de Abbas Kiarostami. En Shirin (2008) llora al ver la película que todas las demás mujeres iraníes contemplan. En el momento en que llora Juliette Binoche la voz en off que escuchamos de la película que contemplan todas es la voz del personaje femenino Shirin que se dirige tanto a otros personajes femeninos de la película como a nuestros personajes femeninos sentados en la butaca del cine: «¿Lloráis por mí o por vosotras mismas?». El bendito reflejo que nos propone el cine.






Hoy estoy que destaco.






Y el reflejo además viene ligado a la interpretación. Lo que vemos es interpretado y tanto la interpretación como la visión pueden no ser fiables. El conocido guionista francés de Buñuel, Jean-Claude Carrière aparece en la película Copia certificada. Da la espalda al espectador y delante tiene una mujer a la que parece que  increpa pero al moverse descubrimos que el hombre estaba increpando a otra persona por el móvil y no a la mujer que tiene en frente. Y otro tanto la interpretación de la estatua de la plaza por parte del hombre y de la mujer.





Copia de una copia.






Leyéndome me  doy cuenta de que corro el riesgo de sesgar tajantemente al hombre y la mujer. Solo quiero llegar al extremo para hacer visibles las diferencias que tanto positivas como negativas se nos presentan en el reflejo artístico sobre todo cinematográfico. Es en este sector donde la gran carga de responsabilidad todavía no se deja sobre los hombros femeninos y esto sí, es una realidad. Son cantidad las historias de parejas contadas por hombres y en verdad tienen que existir pero esa visión masculina: ¿hasta qué punto coincide con nuestra visión como mujeres?, ¿hasta qué punto es válida su visión?, ¿hasta qué punto hasta nuestra propia visión está mediatizada?, ¿hasta qué punto la integramos?, y sobre todo ¿hasta qué punto nos interesa seguir siendo como somos?


jueves, 12 de septiembre de 2013

Me llamo Ana...Ana María.





Adaptando la realidad a una misma.





Dime tu nombre y te diré quién eres. Exagerado sí. Pero de nombres va este texto. Del mío concretamente. Me llamo Ana María. Me hago llamar Ana. Me hace más gracia celebrar el día de mi santo que el de mi cumpleaños. Y con más razón por ser verano en vez de otoño, por estar de vacaciones en vez de trabajando. Aunque no lo digo, aunque no lo celebro.



Es evidente que naces. Y ya todo empieza a fraguarte: el mes, el año, el tipo de árbol que tienes ante tu casa, la madre que te da unas indicaciones y no otras, la cantidad de hermanos que tengas, la edad en que te dan las llaves de casa, la distancia de tu casa al colegio, las prohibiciones y las libertades, la cantidad de sol que entra por tu ventana, la profesora que te cae en suerte, la anchura de tu cintura, la profesión de tu familia, los acentos de tu alrededor… Y una de esas cosas es tu nombre. Al fin y al cabo es en lo que primero te reconoces, te individualizan y te individualizas.





La sobremesa francesa.





Unos meses atrás me vi viendo una película que por mí misma no hubiera elegido, pero como era en francés y ahí estoy dándole al idioma pues acepté. Sé que debo dejarme llevar y más en estas cosas tan poco importantes. Pues agradecí la propuesta. Se trataba de Le prénom (El nombre, 2012, Alexandre de La Patellière y Mathieu Delaporte). La elección del nombre del futuro bebé del protagonista, una cosa a priori tan inocente provoca un gran caos alrededor del grupo de amigos. Y como buena película francesa que se precie está llena de diálogos ligeros, jugosos e ingeniosos. Justo hace escasos días una de las actrices, un puntal importante en la película, Valérie Benguigui que consiguió el César a la mejor actriz de reparto falleció.







Un nombre ¿puede importar tanto? En la película aparece el caso extremo, a nivel mundial, de lo que nos pasa a todos. Nuestra opinión sobre un nombre u otro viene asentado por las personas que hemos conocido durante nuestra vida, llamadas así. Seguro que es así, si no, comprobadlo. A uno o una no le gusta un nombre porque así se llamaba el que te hizo la vida insoportable en el colegio, o porque era un don nadie, o porque era la repipi del lugar, etc.
Eso en el tema de la mirada a los otros pero con el nombre propio ¿qué referencia te creas? Reflexiono sobre esto porque siempre que encontraba  a alguien reconocido con mi nombre no sé, me sentía mejor. Y no era habitual pues no es curioso ni singular y es compuesto con lo que lo hace más difícil. Ana María. Puede que esta necesidad de reconocimiento fuera por el tema de la falta de autoestima juvenil. Puede ser.





"Dichosa tú, Ana María, sirena y pastora al mismo tiempo, morena de aceitunas y blanca de espuma" Lorca.




El caso es que las primeras personas con ese nombre que conocí fueron Ana María Dalí y Ana María Moix. Hermanas de. Y esta situación de dependencia, de ser detalles de la historia principal pues no ayudaban la verdad. Y para más inri Ana María Gómez González, va la muchacha y se lo cambia a Maruja Mallo. ¿Cómo me iba a sentir importante con mi nombre? Partiendo de esa base me iba a ser difícil destacar.





La Ana María por excelencia.





Luego aparecieron Ana María Sánchez, soprano nacida a pocos kilómetros de donde yo y Ana María Matute que ya ella cubriría cualquier duda pero no llegó a tiempo.


En torno al tema, tengo un recuerdo de la universidad que de tantos que he olvidado y lo insignificante que es me lleva a pensar que esto de lo que ahora hoy hablo tiene mucho peso en mí. Veíamos unos compañeros y yo, en el paraninfo de la universidad, la obra Yonquis y yanquis de Alonso de Santos en noviembre de 1996. Ahora reviso los personajes y no coinciden,  pero en fin, yo recuerdo que en un momento de la obra un grupo habla y ese grupo tenían los mismos nombres que los de mis compañeros y el mío. No recuerdo nada más de la obra, sólo eso. Y en ese momento crecí sentada en la butaca. Nadie es libre conscientemente de los restos encallados en su memoria. Veo que el nombre era más yo que cualquier otra cosa.





La bienvenida en mi hogar.






Otro recuerdo que ha florecido al ir escribiendo y a alguno que a otro se lo he contado es que en mi habitación, en la que dejé atrás, hay un pequeño cuadrito de esos de las ferias donde te dicen unas cuantas características de tu persona a raíz de tu nombre. Una especie de horóscopo no numérico sino alfabético. Y sí, como una letanía me lo sé. Y… o mis padres ahorraron para no comprar dos o yo decidí que sería simplemente Ana, no lo sé. Pero declara el cuadrito: “Ana. Nombre de origen hebreo. Significa graciosa. Las Anas están muy dotadas para los trabajos difíciles. Disciplinadas y filosóficas”.





Maruja Mallo eliminó su Ana María.





¿Qué fue antes el cambio en la persona o el cambio de nombre? ¿Qué fue antes el huevo o la gallina? ¿Reduje mi nombre y eso ayudó al cambio? ¿O el cambio se había iniciado y la reducción del nombre fue un síntoma?
Pero ¡qué transcendencia madre mía! Si me llego a construir otro nombre a mi imagen y semejanza… Pero solamente lo reduje. Pequeño cambio. Una pequeña osadía que me permití. Y como siempre sin ser consciente del todo. Mi firma, la firma tan declarativa ella, empezó con la escritura de mi nombre completo: los dos nombres propios y los dos apellidos. No recuerdo edades pero después llegó el momento de escribir los dos nombres propios y las iniciales de los dos apellidos. Hasta llegar al que actualmente reina y campea: Ana. Capicúa, asidua y breve. Todo un proceso de depuración. Y una vez realizado el cambio ya no necesitaba identificar Anas importantes. ¿La madurez y la confianza? Esperemos que sea eso.




A mí me cuesta muchísimo llamar a otra persona de manera diferente a su nombre, incluso acortarlo de manera cariñosa. Me parecería extraño, ya no sería esa persona, sería un sacrilegio. Toda la gente que conozco permanece con su nombre. ¿Les gusta? ¿Se reconocen en él? ¿Habrán considerado la posibilidad de cambiarlo? No es tan simple como el cambio del color del pelo. No es cuestión de media hora. ¿Los que lo acortan o lo decoran es porque no se reconocen o porque quieren llamar la atención? ¿Huyen o se reconocen? ¿Cuáles son los motivos?