En ocasiones, una servidora se saca un texto de una
pequeña obra, a veces esa obra se engrandece y lleva a otras cosas más allá de
sí misma y en otras ocasiones se parte de algo inabarcable y llega la tarea ingente
de hacer una selección lesiva. Esta vez mi propósito era hablar de David
Levine, en realidad hablar de su obra como caricaturista en el New York Review of Books (como si fuera
eso reducir mucho).
Nixon cagando bombas.
Los Gorbachov y los Reagan en la cama.
Benazir Bhutto, primera mandataria musulmana.
No sabía en realidad dónde me metía. En esos momentos
buscaba algo ligero de lo que hablar puesto que no tenía demasiado tiempo y me
dije pues ¡David Levine! Unas caricaturas aquí y allá, algún comentario que las
una et voilà pero me salió el tiro
por la culata. No solo a medida que iba indagando me daba cuenta que caricaturas
desde 1963 hasta 2007 son muchas caricaturas sino que esas caricaturas no eran
inocentes. Haciendo el recorrido temporal te das cuenta de que ahí hay una
historia paralela de la humanidad en esos años. Aquí, señores, hay dinamita.
Marie Curie aplicándose el cuento.
Los hermanos Gershwin con su tarea.
Lo que me sorprendió era ver el perfil de seleccionados.
No solo por la diversidad de profesiones e intereses mostrados a través de los
personajes públicos sino también por la diversidad de lugares de origen. Uno
piensa en EEUU y le sale una retahíla de cosas negativas sobre todo la de
mirarse el ombligo y tenerse como punto de referencia y medida para todo. Una
vez refutado esto (en este caso particular y concreto) me he frotado las manos.
Alice B. Toklas, la todo de Gertrude Stein.
Sartre dentro de Flaubert por El idiota de la familia.
David Levine, que nació en Brooklyn, participó en The New York Review of Books desde que
se creó esta revista en 1963. También trabajó para Esquire, Time o Playboy. Además de sus ilustraciones
tiene una obra pictórica que contrasta bastante con esta porque sus acuarelas
retratan ciudadanos comunes con bastante compasión. Reubicándonos en la
caricatura, desde 1963, David Levine dibujó algunos personajes que se repiten
insistentemente, como los presidentes Lyndon Johnson o George Bush, Sartre o
Freud mismo. Susan Sontag es una muestra curiosa del paso del tiempo pues nos
aparece sin raya canosa, después con su famosa raya canosa y al final toda
canosa ella.
Susan Sontag 1.
Susan Sontag 2.
Susan Sontag 3.
No sé si está bien comparar, o si incluso hay
comparación posible porque los elementos y circunstancias han cambiado, pero
permitiéndome la generalización y viendo los personajes que dibujaba David
Levine, me viene una época o una publicación, más diversificada, donde todas
las materias se expandían más allá de su propio círculo. La especialización y
guetos que ahora tenemos es evidente. Lo
digo porque o eres político, o eres cultureta, o eres científico. Hay que
asomarse a todo. Y la verdad es que ha sido un muy buen ejercicio para mí
acercarme a estos dibujos y descubrir figuras candentes entonces que fabricaron
nuestra historia actual. Porque el pasado hay que usarlo como trampolín hacia
el presente y si no se sabe dónde está el trampolín, no saltamos y nos quedamos
sentados en un sillón.
Así celebró Levine mi nacimiento: con Antonin Artaud en la taza.
Las caricaturas de David Levine son una verdadera clase
de historia de la humanidad con todo lo que conlleva. Te hace tomar con
perspectiva los acontecimientos pasados y mirar con lupa los recientes. Te
ayuda a ampliar el campo de visión que muchas veces es limitado. Y te hace
descubrir historias, obras e intereses que no estaban suficientemente en la
palestra. Tomar en serio este recorrido caricaturesco es una tarea ingente pero
necesaria. En el panorama político externo aparecen Franjo Tudjman, el primer
presidente croata tras la independencia del país en 1991; Ernesto Zedillo, ex
presidente mexicano; la nicaragüense Violeta Chamorro; la pakistaní Benazir
Bhutto; el portugués Antonio de Spinola; el ruso Rasputín o el alemán Konrad
Adenauer por poner algunos ejemplos de los conocidos.
Luis Buñuel y sus ojazos.
Antonio Muñoz Molina, plena actualidad.
Ya que estamos donde estamos nosotros, también salen
personajes españoles de su pluma, desde el inevitable Pablo Picasso que aparece
en varias ocasiones hasta llegar a Antonio Muñoz Molina a raíz de la
publicación en Norteamérica de su novela Sefarad.
Entre tanto he visto a Cervantes (por el ensayo de Nabokov), Ortega y Gasset, Lorca,
Buñuel, Arturo Barea en un artículo titulado An honest man de Gerald Brenan y Adolfo Suárez.
Dick Cheney todo guerrero.
La evolución humana hasta Lyndon Johnson.
El recorrido político interno norteamericano no es
menos interesante, ya con la lectura más profunda de la crítica-comentario la
cual se agradece. La simpática evolución
del hombre hasta Lyndon Johnson o Dick Cheney todo guerrero él espero que
sirvan de espoleta para vuestra curiosidad.
En la muerte de Malcolm X.
En pocas ocasiones el rostro desaparece y cuando lo
hace es que el símbolo que representa ese personaje es significativo. Por eso
tenemos a Malcolm X como la cruz del calvario. Caricatura hecha justo en el
momento de su muerte, es un símbolo del
sacrificio. O la del mismo Fidel Castro: un libro, un puro, la barba y la gorra.
Sin llegar a tales extremos tenemos al águila Nixon cagando bombas o el detalle
de Toscanini donde solo aparece su pelo enrollándose en el arco de algún
músico, símbolo de su intensidad y sus gestos dramáticos.
John Searle. No somos simples computaciones.
Bertrand Russell, activista él.
Derrida iconoclasta.
Y llega la cultura: pensadores, cineastas, escritores,
pintores, etc. Inmenso recorrido de la segunda mitad del siglo XX e incluso más
atrás ya que aunque en la mayoría de ocasiones se ciñe al contexto del momento,
vemos aparecer a gente como François Rabelais, Giordano Bruno, Katherine Mansfield,
Montaigne, Antonin Artaud, Manet y más. Porque el hoy se explica con el ayer.
La influyente Pauline Kael en una butaca.
Sylvia Plath en su campana de cristal.
La gran Isak Dinesen.
Al final, y yo contenta me he quedado con una lista de
personajes que han despertado mi curiosidad y que me queda por indagar: la
cantante Beverly Sills, la poeta y editora francesa Adrienne Monier, la
ganadora del nobel de la paz Alva Myrdal, la novelista y ensayista Mary
McCarthy, la novelista y activista Nancy Cunard, etc. Y ahora que lo veo son
todas ellas mujeres, supongo que aún hay que forzar la ley de la compensación
por ese olvido (si no es que ninguneo) a la mujer social.
Algo que no he probado, algo que me encanta y algo que
me provoca indiferencia. Parece el catálogo de necesidades de una novia pero es
lo que me provocan las tres representaciones de Brandy Alexander que aquí
convoco. Y a cada una la sitúo temporalmente como algo que dejar atrás, algo
que retener y algo que vendrá. Distinción nivelada por gustos.
Por la futura compañía.
Para empezar calentándonos, Brandy Alexander es un cóctel
cremoso hecho a base de brandy, crema de cacao, nata, hielo y nuez moscada. Eso
es lo que dicen porque yo no lo he comprobado. Aceptaré ciegamente cualquier
invitación que me haga descubrirlo sea en las condiciones que sean y que por eso
de ser la primera vez, no olvidaré. Quien desee tener un recuerdo conmigo que se
ponga en contacto. Soy la primera que admito que soy un sujeto difícil en el
terreno del gusto. Parece un sacrilegio pero yo como para sobrevivir y eso
deriva también en el líquido elemento sea del color que sea. Difícil para
conquistarme por ese terreno: los dulces no son tentación y para con el alcohol
se puede decir que no tengo una nariz privilegiada. Este
es mi Brandy Alexander del futuro, el que está por venir, una promesa, sin
juicio pero con esperanza.
La metonímica sensación que te provoca este cóctel
parece ser el tema de la canción de Feist. Brandy Alexander fue compuesta por
la misma Feist y Ron Sexsmith para el tercer álbum de la artista canadiense. The reminder es verdaderamente una
joyita musical donde Feist te pide que te acerques a ella, bien con el sonido de los
pájaros en los árboles en The park,
bien con los chasquidos de los dedos en la que aquí tratamos, para finalmente
deslumbrarte.
Álbum re-fijado: The reminder.
En Brandy
Alexander se hace una confesión «He’s my Brandy Alexander» y «I’m his
Brandy Alexander». Personas: las típicas él y ella. Te lo va a contar de tú a tú, avisándote primero con un
chasquido, empezando con algunas palabras, para con la confianza que da el
verse rodeada de la banda, declararlo: «On milky skin my
tongue is sand until / The
ever distant band begins to play». Ese él de la canción le anima, le
ayuda a cantar, es cómodo aunque peligroso, entra fácilmente. Es un hombre, es
un cóctel. Pero aquí no hay tristeza ni sentimientos desgarrados. Ella se sitúa
en la tranquilidad y lo comparte con nosotros pero no con él directamente. Es
una compañía de las buenas en la vida que no llegará a fusionarse pero que
merecen tenerse cerca. Este es mi Brandy Alexander
del presente, el que permanece, el que acompaña, el que no se pierde.
Tanta belleza me agota.
Chuck Palahniuk nos describe un/una Brandy Alexander
ficticia. Aunque no es la protagonista ni el narrador de su novela Monstruos
invisibles, lo que sí es, es el alma de la fiesta. Ella es princesa, reina
suprema, reina deluxe, el tótem de
las drag queen, toda ella es un
planeta en sí misma. Una reina que se alimenta a base de analgésicos y
estrógenos, con una cintura de cuarenta centímetros y cuyas manos son la única
parte de su cuerpo que los cirujanos no pudieron cambiar. El autor nos lleva en
volandas; en realidad nos ancla allá y cuando él quiere: «Pasemos a» y «volvamos
a» son el esqueleto de la novela. Es un vaivén de momentos y situaciones en una
suerte de road movie con personajes, como así los reconoce el autor, productos televisivos que se insertan en
escenografías, escenas e incluso diálogos: «Tengo que decir las tres palabras
más manidas de cualquier guión».
Diane Ladd también quiere ser la reina de la fiesta.
La protagonista, que aspira a tener la suerte de los
feos y sobre todo aspira a la invisibilidad, se parapeta junto a Brandy
Alexander de la que no está tan distanciada como creía. Nadie consigue entender
a la protagonista así que se dedica a escribir sus expresiones en papel, con
sangre, sobre polvo, etc., durante un viaje lleno de drogas, maquillaje,
coches, y mucho fuego: «La colección de peluches es un holocausto de pieles».
El crepitar del fuego en el incendio (no desvelo nada pues aparece nada más girar la tapa) y en los cigarrillos, en unos personajes
excesivos recuerda mucho a Corazón
salvaje (Wild at heart, David Lynch, 1990). La excesiva Brandy Alexander es
un ejemplo de los muchos nombres inventados que aparecen en la novela como Alfa
Romeo, Wells Fargo, Bubba-Joan, Daisy Saint Patience... Los bautismos los
realiza la fundacional Brandy; bautismos que simbolizan el nuevo futuro, amplio,
de búsqueda y cambiante porque los personajes «estamos en el otoño de nuestro
desencanto». Este es mi Brandy Alexander del
pasado, el que queda atrás, cuya huella se borró ya.
[Este es un extracto de un texto publicado en Transit: cine y otros desvíos hace un par de años donde hablaba de
Chantal Akerman y Simone de Beauvoir que derivó más tarde en un ensayo guardado
en un cajón. Abajo está el enlace para quien quiera leerlo en su contexto y
visitar esa estupenda mirada cinematográfica que es Transit].
Shanghai desde un bar.
Simone en sus obras describe los espacios, pero como simples contextos de
sus protagonistas. En cambio en Chantal Akerman son muy reveladores. Chantal
siempre establece una relación entre el interior y el exterior. Incluso en su
fragmento en O estado do mundo (2007) vemos Shanghái mientras
escuchamos el hilo musical y las conversaciones de un bar desde el que filma.
Siempre alguien observa desde un interior: las observadoras suelen ser las
mismas Chantal y Simone o, en su caso, su representación (Anna).
Tel Aviv desde un apartamento.
En Là-bas (2006), ejemplo extremo de la distancia impuesta entre la
ventana y el mundo, se ve a sí misma de pequeña cuando miraba por la ventana
cómo jugaban otros niños en la calle porque su madre no la dejaba salir. Ahora
lo recuerda estando encerrada en un apartamento extraño en Tel Aviv. De nuevo
Chantal se descubre. Mira el mundo pero siempre encuadrado, tomando cierta
distancia. Tal como quiere que lo veamos nosotros. Enseña el mundo al
espectador pero dándole opción, para que no sea una imposición. Lo mismo
sentimos con Jeanne (Jenne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles, 1976), que aunque estemos con ella hora tras hora, la cámara no
la sigue, la respeta dándole tiempo para que entre y salga del plano,
observándola muchas veces en la distancia con la presencia de marcos que crea
el pasillo, las molduras de las puertas… Siempre el espectador es consciente de
la construcción tanto por la duración como por esos planos tan frontales y en
ocasiones tan simétricos.
Anna siempre de paso.
Los espacios interiores, siempre tan presentes bien porque se filma desde
ellos o porque es lo que se filma, son espacios codificados. Cuando son propios
del personaje, le asfixian y si no, son lugares de paso. A veces la misma casa
se convierte en un lugar de paso, como ocurre en Les rendez-vous d’Anna (1978).
Asistimos a un recorrido con ella por parte de Europa, de hotel en hotel.
Cuando finalmente llegamos a su casa, esta parece ser otro hotel, otro lugar de
paso, igual de frío, con la misma cama, con la nevera vacía, con la misma
incomunicación que cuando está afuera (uno tras otro, mecánicamente escucha los
mensajes del contestador y antes habíamos asistido a intentos frustrados de
llamadas de teléfono). Incluso el encuentro con Daniel, con quien tiene una
relación, sucede en un hotel durante unas pocas horas libres. Los personajes de
Chantal, que han dejado atrás algo y están en plena búsqueda, no tienen espacio
o lo terminan alterando para que ningún recuerdo, ninguna idea le distraiga.
Por eso, la protagonista de Je, tu, il, elle (1974) que es la misma
Chantal Akerman, termina vaciando su habitación y dejando solo un colchón.
Un travelling sobre una historia nacional.
Bien sea en su ficción o en sus documentales, los apartamentos, cocinas,
hoteles son la base para sus personajes. Los espacios permanecen para la cámara
antes y después de la intrusión de los seres humanos. Más bien es como si
estuvieran incómodos en ellos. Están en un proceso de búsqueda, por lo que no
se sienten ubicados. En D’est (1993), por ejemplo, los planos exteriores
en un constante travelling contrastan con esos interiores en
plano fijo (muchas cocinas), pero guardan en su interior lo mismo: una
constante espera. La inmanencia, siempre la inmanencia. Las figuras de esta
instalación/documental están siempre esperando en consonancia con la situación
social y política de esos países del este y la idiosincrasia de los personajes
de la directora. En La-bàs permanece encerrada en un
apartamento prestado desamparada y su propio apartamento es invadido en L’homme
a la valisse (1983), lo que le sirve para experimentar la sorpresa, la
hostilidad, la evasión…
Chantal destruye la cocina.
Su primer corto Saute ma ville (1968) constituye un
proceso de aniquilación de la asociación “mujer/cocina” a través de una pequeña
locura que terminará con ella literalmente al ver que no consigue nada. Todas
las acciones típicas de la mujer como cocinar o limpiar conducen, tarde o
temprano, a la locura (también Jeanne Dielman nos lo demuestra). Chantal se va
encerrando en la cocina tal cual lo está en su espacio Jeanne. Las dos darán
por terminado su espacio bruscamente. Es la vía de escape. El título en ambas
habla del espacio reducido de la mujer, de la opresión que representa y de la
necesidad de superarlo.
Alain Resnais es peculiar y con eso hay que partir. Hoy
la palabra más que al cineasta se la tomamos a las canciones francesas que nos
presenta en su película On connaît la
chanson (1997). Cuando surgió en su momento se destacó en ella a la pareja
Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri porque con Resnais elaboraron el guión, porque
formaban parte del elenco y porque a partir de ahí ellos mismos elaboraron sus
propias películas. Ya colaboraron con Resnais en 1993 en Smoking/No Smoking. En realidad es ella la que ha dirigido las cuatro
películas que escribieron juntos. Y ella aunque aquí no cante, lo hace y hasta
lo ha hecho en español. Ya que hablamos de ellos, ellos intervienen en una de
las escenas que más me gustan: la de la tesis de historia y los capullos
preguntando.
Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri.
Esta película me desborda en el mejor sentido de la
palabra. Contiene más de treinta y cinco canciones francesas. Cuando la vi en
el cine me faltaba tiempo para reconocer, aprender, recordar y disfrutar de
todas ellas. No se trata de un musical usual. Aquí no se baila, ni se mueve la
cabeza un pelo; el dinamismo de los actores está dictado por las letras de las
canciones que cuadran con la vivencia de ellos en ese momento. Mueven la boca
pero es un entrecomillado pues a quienes escuchamos, es a los cantantes
originales de tales canciones. Eso forma parte del encanto del reconocimiento. La
voz de Edith Piaf, al escucharla en la película, la reconocía pero esa canción
concreta no. Y en otras ocasiones al revés. Y al volverla a ver disfruto más
porque ya conozco más de la historia de la chanson
française.
Él la consuela a ritmo de Julien Clerc.
Al igual que era inabarcable para mí tanta canción
junta, también lo es ahora que puedo detenerme en ella porque me parece
excesivo mostrar cada una de las canciones. Con pena de mi corazón y en aras de
la imposible brevedad intentaré escoger algunas.
Para empezar, antes hablábamos de Edith Piaf y si hay
una canción que me guste mucho de ella, que enseguida cuajó en mí es L’accordeoniste. Cuando alguna canción
me gusta voy a la parte de dentro buscando al compositor y ahí me encontré con Michel
Emer. Cuando en el cine fui a ver el biopic que hizo Olivier Dahan de la
cantante esperaba el momento de la aparición de dicha canción y allí estaba el
mismo Michel Emer (el personaje) entrando en el salón de Edith vestido de
uniforme tocándosela al piano. A Edith le bastó un par de líneas para saber que
la quería hacer suya. En On connaît la
chanson no está L’accordeoniste
sino J’m’en fous pas mal que canta
Camille (Agnès Jaoui) a su hermana (Sabine Azéma) al hablar de Marc (Lambert
Wilson).
Hay otra canción de la Piaf que aparece pero en diálogo,
sin reproducción musical ninguna; la primera frase del estribillo de la célebre
Non, je ne regrette rien. La «parole» es lo que importa aquí y la
tradición. Por eso ningún actor canta en realidad con su propia voz pero
resulta que aparece en escena Jane Birkin interpretando el pequeño papel de
esposa de Jean-Pierre Bacri, cantando curiosamente su propia canción que compuso
su pareja Serge Gainsbourg.
Gainsbourg también «canta» aquí pero aprovecharé para
suplantarle por Rufus Wainwright ya que aquí mando yo. Admiro a Gainsbourg como
compositor pero como intérprete me parece un poco cargante. Me pasa lo mismo
que con Marlon Brando. Ambos me parecen demasiado oscuros, como si por mi parte
necesitaran espabilarse. Esa sensación se instauró con el actor cuando le vi en
La
ley del silencio (On the waterfront,
Elia Kazan, 1954). En fin, que disfrutemos de Rufus en esta canción en la que
colaboró para que el hijo de Serge, Lulu, sacara su primer álbum, como no,
relacionado con su padre.
El recorrido artístico de la película es asombroso:
France Gall, Johnny Hallyday, Gilbert Becaud, Alain Bashung, Charles Aznavour,
Léo Ferré, Sylvie Vartan… Tal vez sea Téléphone por tratarse de un grupo de
rock el que propone cierto aire contemporáneo.
Agnès Jaoui interpreta a una guía que prepara una tesis
de historia muy particular. André Dussolier, enamorado, le sigue encantado por
esos recorridos parisinos admirándola. Uno de esos paseos guiados les lleva
ante la tumba de Victor Noir. La tumba, la escultura que hay allí es una excusa
para que tenga lugar una conversación entre ellos pero como tengo ahora
curiosidad por todo lo francés pues me he encontrado curioseando con que esta
tumba tiene una historia muy curiosa.
Victor Noir fue un periodista y también se le puede
llamar mártir republicano. Su tumba se encuentra en el cementerio de Père
Lachaise. Su escultura, bastante realista, reproduce su cuerpo tal como quedó
en el suelo tras recibir un disparo. La escultura tiene algo destacado: una protuberancia
en sus pantalones. Y alrededor de eso se ha generado el mito de que la tumba
genera a las mujeres una vida sexual feliz, fertilidad o encontrar pareja. Se
dará lo que se pida. Pero para que se llegue a buen puerto hay que hacer un
ritual que consiste en colocar una flor en el sombrero de la estatua, besar sus
labios y rozar el área genital. Por lo que ambas zonas brillan destacadas ante
tanta oscuridad verduzca.
On
connaît la chanson tiene un gran comienzo. Empieza con una
broma al nivel del Ser o no ser (To be or not to be, 1942) de Ernest
Lubitsch donde la rigidez de los alemanes durante la II guerra mundial se rompe con la famosa canción
de la artista norteamericana que triunfó en Francia Joséphine Baker. Es la
única vez que una canción no la canta el elenco de la película sino un
personaje histórico: el general alemán que tal vez por su amor a París evitó el
desastre.
Algunas canciones, unas pocas, se usan en más de una
ocasión con una sola frase como comentario de la situación. Estos repuntes para
nada agotan la situación sino que hace que nos sintamos más cómodos como
espectadores sobre todo si no reconoces muchas de las canciones. Una de estas
canciones es la que escuchamos aquí arriba; una canción de France Gall que «interpreta»
el personaje de Odile a la que da vida Sabine Azéma compañera del director y
siempre muy presente en sus últimas películas.
Otra de las canciones repetidas gracias al personaje de
Jean-Pierre Bacri que hace una gira por algunos médicos intentando descubrir
qué le pasa es una de mis preferidas: Je
n’suis pas bien portant. Se trata de un casi esfuerzo lingüístico de
velocidad de los que me gustan a mí como el que realizaba Jacques Brel en Le vals à mille temps. Por cierto,
excuso la no aparición de Brel por ser belga aunque sea una excusa muy débil.
Para mí hubiera sido redonda (aceptando la excepción de
Brel) si hubieran incluido alguna canción de Françoise Hardy. En vez de eso nos
dejan una de su pareja Jacques Dutronc muy adecuada para describir al personaje
mujeriego y egoísta de Marc que interpreta Lambert Wilson.
Hermanas comentando una infidelidad a modo Alain Souchon.
El padre de Odile y Camille termina la película
dirigiendo la mirada a cámara y preguntándonos si conocemos esa canción, la de
cada una de esas canciones de la historia francesa, pero sobre todo la de ese
plancton de historia que recorre todas ellas, la de las relaciones personales
que al fin y al cabo cuentan. Y así termina una película hermosa y muy francesa
inevitablemente. Homenaje a la chanson
française con los primeros títulos de crédito surgiendo de la derecha como
reproduciendo la canción en una caja de música con manivela.