sábado, 28 de julio de 2012

¿El tiempo importa?



Albert Serra apunta largo.




Leyendo Caimán Cuadernos de cine en su número veraniego me encuentro con que Albert Serra está rodando en Kassel para la 13ª edición de dOCUMENTA una curiosidad en la que aparecen Hitler, Goethe y Fassbinder titulada Los tres cerditos. Inicialmente el proyecto es una película de 200 horas que se proyectará allí durante diez días ininterrumpidamente (incluyendo las noches).





Más de cinco horas con John Giorno.





Ocho horas para el Empire.






Si el arte está para curiosear, no solo se curiosea en los límites de un lienzo, hay que jugar con las normas, desaprender lo que nos han enseñado. Y eso se hace interrogándose y poniéndolo en práctica aunque resulte ridículo. La osadía y la curiosidad implican valentía. Habla Serra de lo importante de la idea más que de la ejecución y nos lleva al Andy Warhol de Sleep (1963) y sobre todo al de Empire (1964), ocho horas de un mismo plano del Empire State Building. Evidentemente el pasado mes de junio ambas películas no se proyectaron en la programación que hizo la filmoteca a raíz de un Photoespaña 2012 casi fantasma.






Lo que se dice un tocho.
Si te dicen de ver una película de tres horas te lo piensas, te quejas,  pero si te dicen doscientas, ya no están hablando en serio, ya no dudas, ya hablamos de otra cosa. Hablamos de una idea más que de una ejecución como decíamos antes. En todo caso lo que no sea satisfacción inmediata, tener paciencia, no llega al común de los mortales. Eso bien lo sabían los censores en España.  Antes de la censura total de Franco, con el general Primo de Rivera a principio de siglo estaban excluidas de censura todas las publicaciones que sobrepasaran las doscientas páginas. ¿Por qué? ¿Porque esas obras el público no las iba a leer y quien tuviera el ánimo ya estaba de por sí bastante intoxicado? ¿O es que pensaban en los censores, en que podrían caer en el letargo más amargo?  ¿Quién sabe? Pero así fue.






Ingrid Bergman repasa los tiempos del beso con Alfred Hitchcock.





¡Ay la duración! Muy importante en verdad. En el caso contrario, ahí tenemos los besos del macarthismo de los años 50 en Hollywood. Estos censores no guardaban celosos el precepto de Shakespeare «La brevedad es el alma del ingenio» sino que estaban más interesados en que las almas no se pervirtieran. Encadenados (1946) es el caso más famoso de violentar la norma. Ya que no podían durar los besos más de tres segundos va Hitchcock y lo hace más sensual todavía. En un primerísimo primer plano, Cary Grant e Ingrid Bergman en el balcón se dan un gran beso o muchos besos como se quiera ver, entre miradas y palabras. La promesa de un beso, el periodo de tonteo, de espera, el deseo más que su realización nos genera más alteraciones neuronales y más satisfacción y es muy erótico.










De todas formas, todo el mundo sabe que el tiempo es relativo, no abusoluto, de ahí lo de más largo que un día sin pan. El día que pasas sin pan no es más largo que cuando lo tienes dentro pero parece que sí, sientes cómo se estira y lo que percibimos, sentimos es lo importante porque la realidad ¿qué es? La realidad está para manipularla y jugar con ella. Hagamos como lady Astor que tan jugosas citas, ciertas o no nos suministró, quien declaró: «En adelante no pienso confesar más de 52 años aún a riesgo de convertir a mis hijos en ilegítimos».

lunes, 23 de julio de 2012

Manual de Saint-Germain-des-Prés según Boris Vian





Bares ¡qué lugares!




Sin buscar, sólo cotilleando después de haber encontrado el objetivo en una librería, me encontré con un curioso libro sobre la cultura parisina antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Y a la vez me encontré con una editorial que no conocía. Se trata de la editorial Gallo Nero y del libro de Boris Vian Manual de Saint-Germain-des-Prés. En la presentación de la editorial en su página de Internet declaran: «Publicaremos lo que nos gusta: los libros que nos han sorprendido, los libros que nos han hecho soñar, los que nos han dado consuelo, los que nos han ayudado a olvidar y los que nos han susurrado quienes somos».



Como lectora añado que «leeremos» los que nos produzcan curiosidad. Pero no era el autor el que me despertaba esa curiosidad, sino una época, unas calles y unos artistas coronado todo por una portada donde aparecía Simone de Beauvoir a la que dentro se describe así: «Joven, vivaz, de voz agradablemente ronca, cabellos negros y ojos de Delft, rostro despejado y zapato plano, le gusta por igual el viaje y la discusión, cuarenta kilómetros a pie al día y cuarenta horas de discusión cuando es de su interés». Una obra que prometía información, datos, contextos, conexiones y secretos.  Así que me la llevé a casa.



Mapa del barrio parisino en la edición del Manual.




La edición cuidada, incluye un mapa muy útil donde algo menos que in situ vas ubicando los distintos bares, librerías y demás lugares de encuentro cultural. Un mini tour literario para la próxima visita a París. Podemos seguir el recorrido callejero de la editorial Gallimard, ver la rue Visconti en la que murió Racine y que tiene una web muy curiosa: www.ruevisconti.com o la rue Bonaparte que ostentaba «entre otros privilegios el de cobijar a Sartre».




Parte del tour.





Se trata de un libro publicado en 1979, veinte años después de haber muerto Boris Vian y casi treinta años después de haber sido escrito. El estilo es directo y personal. Parte de la experiencia directa, de los comentarios y vivencias de amigos. Nació como una propuesta de guía que evidentemente no era la usual siendo él quien era y cosa que él mismo reconoce: «Se recomienda remitirse a su Saint-Germain-des-Prés, mon village, una obra atractiva y muy pintoresca, y desde luego, exenta de las bromas estúpidas y de mal gusto que encontrarán sobre todo en el presente capítulo».




Boris Vian y su trompeta.




Un Boris Vian bastante correcto dentro de la imagen suya que tenemos a raíz de su literatura. Tal vez un respiro en su ficción pues justo unos meses antes era condenado a pagar 100.000 francos de multa por haber escrito Escupiré sobre vuestra tumba que había escrito bajo el seudónimo de Vernon Sullivan y del que decía había sido su traductor. La obra fue prohibida. A sus libros y a los de Sartre se le atribuían la responsabilidad de gran cantidad de suicidios, delitos y asesinatos que se cometían entonces. Leyéndolo ahora después de toda la violencia y degradación que absorbemos no nos alteramos.


Bastante estructurada, parece ser que la obra es la respuesta a todos los tópicos y chismes que multitud de periódicos hacían circular ridiculizando esa flora y fauna germanopratina. En uno de esos artículos surgió un aforismo muy gracioso que he subrayado sobremanera: «Un existencialista es un hombre que tiene Sartre pero no traje».




El viejo y mítico Tabou.




El existencialismo y las cuevas son los extremos de un todo. Una filosofía y un espacio físico. Lo más intangible y lo más banal. Estos son los dos términos por el que viajamos. Esta ruta de Boris Vian es como un complemento curioso y divertido de las memorias de Simone de Beauvoir. Así, el escritor nos cuenta sobre la cueva madre del existencialismo: «Y el 11 de abril de 1947 se inaugura el Club del Tabou, cuyos miembros fundadores son Roger Vailland, Frédéric Chauvelot, Bernard Lucas y Jean Domarchi. Los amigos de los amigos de los amigos, e incluso algunos más, acuden en masa». Simone de Beauvoir por su parte declara en La fuerza de las cosas: «Con motivo de mi regreso di una fiesta […] Vian, que se ocupaba del bar, sirvió inmediatamente mezclas implacables: muchos invitados cayeron en el embotamiento. Giacometti se durmió. Yo fui prudente y resistí hasta el alba. Un mes después se abrió el Tabou, un cabaret en la rue Daupine donde Anne-Marie Cazalis, joven poetisa pelirroja, laureada con el premio Valéry algunos años antes, recibía a sus clientes; Vian y su orquesta se instalaron en el Tabou cuyo éxito fue enorme e inmediato. Se bebía, se bailaba y también se peleaba mucho, adentro y en la puerta».






Picasso y sus actores.
En otro momento, con las referencias a la representación de la obra de Picasso El deseo atrapado por la cola, Vian se limita en nombrar a participantes como Queneau, Sartre, Simone, Michel Leiris, Dora Maar, Jean Aubier o Albert Camus. Simone de Beauvoir analiza un poco más en La plenitud de la vida: «La lectura se efectuó hacia las siete de la noche en la sala de los Leiris; habían dispuesto algunas hileras de sillas, pero acudió tanta gente que un gran número de oyentes se quedó de pie al fondo de la habitación y en el vestíbulo….para Sartre, para Camus, para mí, sólo se trataba de una diversión. Pero en ese medio tomaban en serio, al menos en apariencia, todos los actos y gestos de Picasso. Él se hallaba presente y todos le felicitaron; reconocí a Barrault; me señalaron el hermoso rostro de Braque».


La guía de Vian está congelada en el tiempo, es la visión directa del inmediato momento en que todo pasó. Las memorias de la escritora francesa tiene algo de perspectiva y algo de melancolía porque se observa la caída. Ella los llama «ecos afligientes del viejo Saint-Germain».





Juliette Gréco de negro, como debía ser.



Intenta desmitificar Vian las cuevas pero al mismo tiempo las mitifica. Quiere ser él el que de primera mano confirme o desmienta lo que en el subsuelo pasaba; cómo allí se bebía, cómo allí se vestía, en esas cavernas de origen plutoniano. Uno de los uniformes que tenemos en mente a la hora de pensar la época era ir todo de negro. Simone de Beauvoir nos explica la procedencia: «Los músicos de los cabarets y sus fans habían invadido en el verano la costa azul; habían traído la moda importada de Capri –inspirada por la tradición fascista- camisas  y pantalones negros». Y Hollywood se encargará de fijarla. Así tenemos a una intelectual Audrey Hepburn en Funny face (Una cara con ángel, 1957) bajando a las cavernas donde la música de jazz tan querida por Boris Vian campa a sus anchas.









El Tabou es uno de los puntales pero también forman parte de la historia germanopratense de los 20, 30 y 40 el Flore, el Deux Magots, el Lipp, la Rhumerie, el Bar Vert, el Mephisto, la Rhumerie Martiniquaise, el Vieux-Colombier, el Rose Rouge, etc. Lugares donde la cultura se discutía más allá de en las mesas privadas o en las de editoriales. Boris Vian recoge un pequeño y curioso análisis del existencialista por excelencia: «Sartre divide así a la clientela hacia 1942: el Flore, la literatura joven; el Deux Magots, los plumillas viejos; el Lipp, la política».





Estos son los lugares germanopratenses, pero los habitantes de esta «isla», también llamados parroquianos o trogloditas, conforman un listado que apabulla. Jacques Prévert (el que dio a conocer el Flore), Juliette Gréco (la musa), Jean Cocteau (quien secuestró a la juventud de las cuevas para que hiciesen de bacantes en su Orfeo), Maurice Merleau-Ponty (el único de los filósofos que sacaba a las damas a bailar), Gertrude Stein (que reunía el todo-París y el todo-Nueva York cultural) o Raymond Queneau, que a la hora de redactar la guía aún no había publicado su obra más famosa Zazie en el metro aunque Boris Vian se encarga de darnos un gran listado de sus obras. «Queneau lo ha leído todo sin excepción y se acuerda de todo; para Andersen aprendió danés, para Joyce los diecisiete idiomas de Finnegan’s Wake; ha coqueteado con el turco, el gaélico, el papú, el bambara».  Raymond Queneau puso voz en los comentarios de un documental que estaría bien conseguir realizado por Marcello Pagliero que hizo de Manfredi, el líder de la resistencia en Roma, città aperta (Roma, ciudad abierta, 1945) sobre la historia de estas cuevas y sus habitantes. Ya que no he conseguido llegar a él, aquí os dejo un curioso vídeo de Queneau para que escuchéis su voz.








El jazz era el medio de vida de Boris Vian. Simone de Beauvoir que quiero me permitan que invada esta entrada, en sus memorias recalca en varias ocasiones la conexión del escritor con el jazz «A las seis reunión de Les Temps Modernes en el cuarto de Sartre. Su madre había hecho buñuelos y yo llevé coñac, que le compré al dueño del hotel. Estaba Vian con su trompeta, iba a tocar en el Point-Gamma, así se gana la vida. Su Chronique du menteur era un poco fácil pero divertida». En la guía de la que hablamos aunque Vian nos descubre algunos nombres del género como el de Lee Morse, es Juliette Gréco quien recorre el libro. Otros cantantes como Jacques Douai o Moloujdi aparecen pero es la cantante francesa la que salpica todo el libro. Ella, por cierto también escribió sobre el barrio y aquella época en un libro titulado como no Saint Germain des Prés como una de sus canciones más conocidas.









Todo un mundo ese Saint-Germain-des-Prés de entonces que «odia la somnolencia mortal de los días idénticos». Palabra de Boris Vian.

martes, 26 de junio de 2012

Soleil: El sol (y la sombra)...en Françoise Hardy.




Françoise Hardy y su flequillo.




Ayer fui al cine. Elegida la película por la curiosidad, resultó ser muy convencional y nada sorprendente.  Ni la voy a nombrar. En fin, que como tráiler previo apareció Moonrise Kingdom. Sé que Wes Anderson tienes miles de seguidores pero yo no estoy en el pack y no la veré. El tráiler me gustó porque las imágenes estaban cubiertas por Françoise Hardy y su Le temps de l’amour cuya música compuso el que sería luego su pareja y otro gran cantante francés, Jacques Dutronc.










Y hoy, toda la semana para ser exactos, tenemos mucho calor. El sol está ahí arriba con todo su poderío. Es lo que tiene estar en verano.  Lo de ayer y lo de hoy me ha llevado a recordar otra canción de Françoise Hardy, Soleil para así rendirle tributo. La fidelidad del sol es imposible de pedir al amor. Esa es la consigna. Y aparece la maison, esa metáfora necesaria que es una constante de la cantante parisina con proyectos futuros en el aire como en la misma Soleil «oublier la maison et l’enfant aux cheveux blonds que nous n’avons pas» o como pasado totalmente añorado en La maison ou j’ai grandi donde se pregunta una y otra vez «où est ma maison».




Soleil (1970). Muy representativo.



Tanto Soleil como Le temps de l’amour hablan del amor pasado, del amor inconsistente o el que no será. En realidad casi toda su discografía está llena de melancolía y tristeza, del paso del tiempo, de añoranzas, de huellas y recuerdos.  


Soleil a pesar de los pesares calurosos es una canción con nocturnidad y alevosía como debe ser toda canción melancólica porque se canta a la fidelidad del sol poniendo el acento en la oposición que mantiene el amor con el sol por eso de que va y muchas veces no viene, el amor se entiende. Una nocturnidad que me lleva a la oscuridad en la que termina otra gran canción suya Le premier bonheur du jour, una canción compacta que empieza saludando al sol y termina bendiciendo casi la oscuridad, esta vez en compañía.




Françoise Hardy a día de hoy.





Françoise Hardy es la banda sonora adecuada para un resurgir, pongamos el caso, ya que guarda cierto equilibrio entre la música en tonos suaves casi naif y unas letras que tras su fachada sencilla, emotiva y referencial se esconde todo un no-presente nada recomendado para los momentos de bajón. El pasado que se echa en falta y que se sabe que no volverá y un futuro que tal vez no sea el esperado sobrevuelan sobre una persona solitaria tal como ya desde sus 18 años y con su primer éxito (Tous les garçons et les filles) selló. Además fue un incentivo para intentar entender el francés, captar algo del idioma con esta canción Soleil sobre todo después de haber intentado alcanzar a Jacques Brel en su La valse à mille temps.


martes, 12 de junio de 2012

Edward Hopper. El espejo y reflejo.




Evening wind (1921). A partir de ahora todo empieza hoy.



Hacía falta volver a casa. Y volver a casa puede ser una calle, un rincón, una persona, incluso una canción. Porque volver a casa no es huir, es identificarte y tranquilizarte. Y esa tranquilidad, esa vuelta a casa la he llevado a cabo con Edward Hopper. El primer día de la exposición que le dedica durante casi tres meses el museo Thyssen- Bornemisza de Madrid al pintor estadounidense era inevitable que fuese mi primera visita.





Edward y Jo se despiden del teatro de la vida.




Allí estaba su última obra Two comediants (1966) que los críticos tan necesitados de cerrar el círculo y de frases lapidarias se encargaron de interpretar. Dos comediantes en blanco en un escenario vacío y sin más figuras evidentemente parecen saludar y despedirse. Son Edward Hopper y Jo su mujer que murió un año después que el pintor. Tantas veces pintando a los espectadores, a los observadores, a la platea y su última obra es el escenario mismo. Es una bonita manera de despedirse se haya hecho conscientemente o no. Además de la curiosidad de saber que perteneció durante muchos años a Frank Sinatra.





Hotel by a railroad (1952). La mirada en otro lado.




Desde siempre, desde mi primer vistazo al primer cuadro hubo una conexión. Ese impasse, el no-momento o el momento previo en sus escenas fue antes un indicio de soledad en negrura pero ahora la lectura es el primer paso para todo, el momento de reflexionar, el momento de ser conscientes como esa mujer en Hotel by a Railroad (1952). Aquí el hombre mira por la ventana y es la mujer sentada atrás en camisón la que lee, en realidad la que finge leer, la que asume que está ahí pero sabe que hay otra cosa, representa el paso previo a tantas otras, a tantas y tantas mujeres que miran por la ventana. Es impresionante la de ventanas que hay en la obra de Hopper, la de figuras que se asoman. En From Williamsburg bridge (1928) es solo una mancha blanca a lo lejos, en Morning in a city (1944) es tan evidente que lo hace hasta la desnudez.





Estoy aquí pero también estaré allí.




Anna no quiere cortinas. 





Y ahí como en tantos momentos en las películas de Chantal Akerman veo a Aurore Clément (Anna) descorriendo las cortinas desnuda en Les rendez-vous d’Anna (1978) y en esa película también están Dawn in Pensylvania, (1942) o Compartment C, Car 193, (1938). Anna es otra mujer en tránsito, sola, en hoteles, con maletas de por medio. Y los espacios vacíos o de tránsito, las calles de Nueva York y los hoteles de Nueva York son las imágenes de News from home (1977) y Hôtel Monterey (1972) también de la directora belga. Hasta me pareció encontrar tras subir las escaleras de Stairway at 48 rue de Lille, París (1906) que era la casa donde vivió en su primera visita a París el mismo Edward Hopper a Jack y Julie (Nuit et jour, 1991). Son evidentes las interferencias y referencias,  juegos y relaciones, concomitancias y paralelismos con cierto cine hecho en América. Algo de Hitchcock, algo de Sed de mal en algún grabado, algo de Wenders (el más evidente y estrepitoso) pero toda visión es subjetiva y la mía se dirige hacia Chantal. Y para mí son evidentes. Son dos obras que además de cerebrales son muy emocionales para mí, son un espejo a la vez tranquilizador y perturbador como toda verdad. Los acepto, los quiero o en eso estoy.





New York movie (1939).  El gran cuadro.
En la exposición del Thyssen hay una buena selección de obras aunque siempre se echa en falta alguna que otra. Yo no quería saber qué obras estaban y cuáles no entre tanta noticia televisiva y revistera (Caimán. Cuadernos de cine le dedica un suplemento en este mes de junio que tiene muy buena pinta). El no querer saber era para que el momento me deparara la sorpresa de encontrarme frente a frente con New York Movie (1939), el verdadero espejo. Y al final una pequeña desilusión o más bien otro pequeño objetivo a cumplir.











Porque como alguien me dijo una vez que la canción Inés de Luz Casal le recordaba a mí, es hora de decir que sí y muchas cosas más porque es melancolía pero a la vez sanador que alguien se pare, se apoye en la pared, se toque el rostro y sea consciente del tiempo; que alguien se meta en un cine y respire y al salir se ponga a hablar con el que le adelanta porque todo en esta vida está para aprovecharlo. El uno, el dos, el tres y la multitud. Porque además la obra de Hopper tiene mucho de juego, es una realidad pero es un teatro, es un reflejo pero también a veces es como un decorado de Lego (Portrait of Orleans, 1950), es irónico y casi subversivo como esa gente en People in the sun (1960). Y es una enseñanza más que te da de la vida; la dualidad, la seriedad y la risa, la melancolía, la ironía.





Solitary figure in a theater (1902-1904). La soledad era esto.




People in the sun (1966). La soledad puede ser esto.

domingo, 20 de mayo de 2012

Disturbios: la historia en particular.



Invitación a un hotel.


La editorial Acantilado editó a mitad de 2011 Disturbios de James Gordon Farrell, una novela que nadie debería perderse. La razón práctica para la nueva edición de esta novela escrita en 1970 fue que le concedieron con cuarenta años de retraso el premio Booker, uno de los de más prestigio en lengua inglesa.  Por el cambio de reglas a la hora de conceder el premio muchas novelas no fueron tenidas en cuenta ese año y el año pasado se saldó la deuda concediendo una especie de premio al Booker perdido a esta novela.
El aparente protagonista, el comandante inglés Brendan Archer tras batallar en la Gran Guerra nos adentra en el hotel Majestic, verdadero protagonista de la novela. Un enorme hotel situado en la costa sureste de Irlanda, de más de 300 habitaciones que en su época brillaba en todo su esplendor y ahora está en decadencia. El comandante va en busca de su supuesta prometida y allí se encuentra con un grupo curioso y representativo de la Irlanda de un determinado momento histórico. Un grupo, un país, descrito con un irónico humor sorprendente: «Pienso que no hay ninguna necesidad de prescindir de la razón simplemente porque uno esté en Irlanda».

Un premio tras cuarenta años.


Aunque publicada en 1970 está ambientada en los años 1919-1921. Ambas fechas se encuadran en un momento crucial del país. La novela se desarrolla justo cuando se producía una «guerra desigual, esporádica pero brutal que se inició en 1919 entre el Sinn Féin/IRA y el ejército británico de ocupación» en palabras de John Banville el autor del prólogo; la «guerra» anglo-irlandesa por la independencia es llamada de forma eufemística «Troubles», título original de la novela que aquí han traducido como Disturbios. Los ecos de esa guerra se dejan entrever en el hotel pero con cierto humor y surrealismo en ocasiones. Decíamos que coincidía el marco en el que se desarrolla la historia y el momento de su publicación pues en 1970 renacieron esos disturbios en Irlanda del Norte. Si en la primera ocasión era la oposición unionistas-fenianos ahora será la de los protestantes-católicos, oposición también presente en la novela sobre todo en el personaje de Edward Spencer, el director del hotel.


El señor James Gordon Farrell.



Más allá del sentido metafórico, observamos la decadencia física del hotel y de la gente que lo habita. Inconveniente decadencia para este grupo pero acorde a los tiempos: la desaparición de esa fauna que fue la aristocracia anglo-irlandesa que produce al tiempo horror y humor. Vienen a la mente dos referencias claras en este sentido: el cuento La casa tomada de Cortázar (los ruidos, el arrinconamiento) y la película El ángel exterminador (1962) de Buñuel (sobre todo el metafórico final de la película que en la novela saltea durante toda la narración). Y porqué no, también de El gatopardo de Lampedusa porque es un reflejo de una época de cambios inevitables; la decadencia, las ruinas, la violencia, envuelto todo en un surrealismo absurdo en el que unos luchan por mantener su estatus y otros por violentarlo. La novela está salpicada con noticias, artículos de los periódicos de entonces, donde no solo se habla del contexto inmediato del hotel (Inglaterra-Irlanda) sino también de sus colonias en un momento crucial como son Egipto, India, etc. Una referencia muy real. La mayoría de los títulos de J.G. Farrell tienen un contexto histórico muy marcado. Es una especie de novela histórica personal. Aquí aparecen salpicadas referencias al lejano Oriente (donde pasó parte de su infancia), Oxford e Inglaterra-Irlanda que de un modo u otro forman parte de su biografía.

Troubles/Disturbios.


Muestra un evidente cambio generacional y se hacen repetidos comentarios a la frívola generación de entreguerras en relación con la seriedad de sus mayores. La alta sociedad que aparece por el hotel son a veces absurdos, a veces crueles y son por ello satirizados pero también hay cierta atracción. Algo parecido a Evelyn Waugh. Nos encontramos con el director del hotel Edward Spencer que deja de hablar con su hijo por casarse con una católica; sus hijas, la huidiza prometida del comandante, Angela Spencer y las desubicadas gemelas; la impertinente Sarah Devlin que ya no desea los hábitos de ligue de antaño; el tutor Evans; el adusto doctor Ryan; y una  cohorte de damas ancianas que se muestran con toda su indolencia. Todos se ven reflejados en una verdadera fauna que les rodean y que forman parte de los elementos más cómicos de la novela: innumerables gatos, pavos reales, cerdos, etc. Hilarante el momento de la aparición de la hembra de pavo real. Personajes brutales pero cómicos, incluso surrealistas. Todos observados de cerca por el comandante, el único que tanto el autor como los demás personajes identifican sin el nombre de pila o apellidos. Es como un espectro que pasa por allí, manipulado inconscientemente, como llevado por la narcótica inercia del país. Un fuera de lugar que incomprensiblemente se ve arrastrado como si la voluntad se le hubiera evaporado. Algo hay en Irlanda, como si se viera arrastrado por la locura de sus habitantes que le hace quedarse. Atracción y extrañeza, las mismas que expone muy bien el autor.
Y ante todo, el hotel, el más importante; ese hotel que una vez fue y ya no es, con un reloj de péndulo «que había sobre la mesa de recepción que sólo indicaba la hora correcta, por accidente, una vez cada doce horas», ventanas sin cristales, lámparas sin poder encenderse porque han sido invadidas por una marea verde, un bar invadido por los gatos, sofás que tapan raíces que surgen del suelo, pistas de tenis invadidas por tréboles y alfombras de las que salía polvo si se andaba fuerte por ellas entre otras cosas y muchas más por descubrir.
Espacios, personajes, historia; un cúmulo de incentivos para acercarse a un autor que falleció a los 44 años cuando estaba realizando la parte más importante de su obra. Acantilado está preparando la edición para este 2012 de la última parte de «la trilogía del imperio», La defensa de Singapur (1978) de la que Disturbios es su primera parte y El sitio de Krishnapur (1973), la segunda.
[Texto publicado originalmente en Neosib]

lunes, 14 de mayo de 2012

Clarice Lispector: lo enrevesado tiene un tope.



Clarice Lispector.



Lo habitual, lo sano es gastar saliva y tinta en hablar de algo que te guste. Este es el momento de la excepción.  Sobre todo cuando encuentras algo tan particular, cuando das varias oportunidades y se va conformando el rechazo. Y sobre todo porque te pones a darle vueltas a cómo será ese perfil de gente que opine lo contrario, que le guste lo que a ti no y no te haces a la idea.





¿Clarice o Cindy?





Pues llegó el turno de descubrir, siempre en parte, a Clarice Lispector la escritora brasileña (1925-1977). He de reconocer que cuando escuché por primera vez su nombre creí que se trataba de una cantante, tal vez por el productor Phil Spector (más tarde apareció Regina Spektor que cubrió esa suposición). Tan fuerte y atractivo me parecía el nombre, que parecía inventado para una actriz. Algo así como lo que Jean Cocteau dijo sobre Marlene Dietrich: «Su nombre empieza con una caricia y termina como un látigo». Se forjó en mi mente como nombre de diva. Y ahora que la descubro físicamente parece ser una de esas mujeres inventadas de Cindy Sherman. Ella misma de alguna manera me lo confirma en su Solo para mujeres: «Tu trabajo es descubrir en tu propio rostro la mujer que serías si fueses más atractiva, más personal, más inconfundible. Cuando “creas” tu rostro, teniéndote a ti misma como base, tu alegría es la de un descubrimiento, la de una revelación».





Traspasada cierta línea peligrosa.
Todo en ella es una expresión de su subjetividad. Y esa expresión se hace particular trasladada a los temas y formas empleadas. El tema me interesa pero existe una delgada línea que se puede traspasar y llevar al hastío. Y Clarice Lispector me lo ha provocado. Tal vez fuera, me decía, que empecé mal la travesía con ella. Aprendizaje fue lo primero que cayó en mis manos. Ella misma declaraba que sus libros reclamaban «una lectura irracional, una empatía natural». Tal vez ese sea el único modo, en parte, de conexión. La empatía de raíz no llegó y eso que intenté no juzgar, pero conforme iba avanzando en la lectura me iba violentando. Las reflexiones, dudas y descubrimientos de los protagonistas se quedaban en ese límite vergonzoso, de fácil novela rosa y manual breve de psicología y que no llega a salvarse. Salvación que hubiera llegado si tuviera ese punto kitsch, naif pero no es así: «Eres la misma de siempre. Solo que te abriste en rosa rojo-sangre. Tiré las dos docenas de rosas porque te tengo a ti, rosa grande y de pétalos húmedos y espesos. Lori, voy a estar tan ocupado que tal vez lo mejor sea casarnos para estar juntos» o «¿Te parece que ofendo mi estructura social con mi enorme libertad?» representaban el iceberg de mi impaciencia.





Una mujer se desvela...
La pasión según G.H. sobrepasó cualquier nivel de abstracción establecido. Supone la versión más enrevesada y retórica de los libros de autoayuda en modo ficción. De una idea pasa a treinta, no sé cómo en un mismo párrafo, en una misma línea si me apuran y no te queda sensación de riqueza sino de pérdida: perdido tú lector, perdida tú lectora. Ella lo intuye y te dice: «Por hablarte ¿te asustaré y te perderé? Pero, si no hablase, me perdería y por perderme te perdería» en una especie de captatio benevolentiae que parece una constante suya. Hablarle al lector le habla mucho, eso sí. Algún que otro crítico le ha llamado «egocentrismo literario».








Hechos en carne viva.
En realidad el propósito de la autora, su mirada, es interesante pero cómo la filtra juega en su contra. Cuando entra en materia, cuando filtra mejor su yo, algo que aparece constantemente y enseguida en su obra, tiene un interés exótico. En La hora de la estrella, durante las doce primeras páginas te dice que te va a contar, se enreda, se explica, ahora de verdad te lo cuento nos dice, pero antes otra cosa, y te voy a contar: «Pero volvamos a hoy. Porque, como se sabe, hoy es hoy. No me están entendiendo y sigo, no muy claro, que se ríen de mí con risas entrecortadas y ásperas de viejos». Cuando decide entrar en materia nos cuenta una historia, extrema, particular con imágenes muy definidas y duras donde la muerte y la intensa vida aparecen salpicadas tanto en la misma historia como cuando la narradora (aquí narrador) se deja caer: «Si todavía escribo es, porque no tengo nada más que hacer en el mundo mientras espero la muerte». Este es mi pequeño interés en Clarice lispector, que aparece cuando ella, el narrador no aparece, cuando deja hablar a los hechos, un hecho, valga la redundancia que hasta ella misma destaca: «Estoy entrando en un terrible interés por los hechos. Los hechos son piedras duras. No hay modo de huir. Los hechos son palabras dichas por el mundo». Pero estos encuentros son diminutas islas en un inmenso océano farragoso.




Pose mentirosa porque no hay resistencia.





El interés de base de la escritora viene por la nueva voz dada a las  autoras, la visión particular, la reflexión desde las entrañas, pero hay que superar el modo y esa es una barrera a veces infranqueable. Tal vez sea una cuestión de estilos y de empatía como se ha dicho antes. Otra autora, Simone de Beauvoir de una escritura también muy del yo, de mirada al mundo, tiene eso que a mí me hace introducirme en su mundo sin impedimentos: el yo no molesta, no apabulla, resurge con una voz cristalina hasta en la duda: «Quizá toda admiración sea un engaño; quizá solo se encuentre en el fondo de todos los corazones un mismo carnaval incierto; quizás el único lazo posible entre dos almas sea la compasión. Ese pesimismo no bastó para reconfortarme» (Memorias de una joven formal). En cambio, en los textos de la brasileña se necesitan resoluciones aunque fueran cuestionadas después de identificadas, aunque fueran repensadas después de ignoradas pero aquí hay un largo, largo camino de reflexión que no son más que galimatías. Sé que cualquier texto aquí puesto está sacado de contexto pero ante esto que les cito ¿qué me dicen?: «Sólo después iba yo a entender. Lo que parece falta de sentido es el sentido. Todo momento de “falta de sentido” es exactamente la aterradora certidumbre de que allí hay un sentido y que no solamente no capto, sino que no quiero porque no tengo garantías». Parece que todo lo que escribiera supusiera para ella una lucha, una dura lucha contra las palabras.




Ese nivel filosófico, psicológico o metafísico si lo quieren llamar es lo que más destaca en su literatura y si estás en ese nivel te enganchará, digo yo, y si no, solo te quedan los hechos que te los cuenta traspasándote las entrañas y son tan pocos que te provoca impotencia y tirar la toalla. La conciencia liberada tiene esos peligros. Cada uno estará de un lado o de otro. Es necesario que a no todo el mundo le guste lo mismo, es algo incluso de pura supervivencia y lógico. Por mi parte me desvío, las oportunidades que le di serán para otro u otra.