Leyendo Caimán
Cuadernos de cine en su número veraniego me encuentro con que Albert Serra está
rodando en Kassel para la 13ª edición de dOCUMENTA una curiosidad en la que
aparecen Hitler, Goethe y Fassbinder titulada Los tres cerditos. Inicialmente el proyecto es una película de 200
horas que se proyectará allí durante diez días ininterrumpidamente (incluyendo
las noches).
Más de cinco horas con John Giorno.
Ocho horas para el Empire.
Si el arte está para curiosear, no solo se curiosea en
los límites de un lienzo, hay que jugar con las normas, desaprender lo que nos han
enseñado. Y eso se hace interrogándose y poniéndolo en práctica aunque resulte
ridículo. La osadía y la curiosidad implican valentía. Habla Serra de lo
importante de la idea más que de la ejecución y nos lleva al Andy Warhol de Sleep (1963) y sobre todo al de Empire (1964), ocho horas de un mismo
plano del Empire State Building. Evidentemente el pasado mes de junio ambas
películas no se proyectaron en la programación que hizo la filmoteca a raíz de
un Photoespaña 2012 casi fantasma.
Lo que se dice un tocho.
Si te dicen de ver una película de tres horas te lo
piensas, te quejas, pero si te dicen
doscientas, ya no están hablando en serio, ya no dudas, ya hablamos de otra
cosa. Hablamos de una idea más que de una ejecución como decíamos antes. En
todo caso lo que no sea satisfacción inmediata, tener paciencia, no llega al
común de los mortales. Eso bien lo sabían los censores en España.Antes de la censura total de Franco, con el
general Primo de Rivera a principio de siglo estaban excluidas de censura todas
las publicaciones que sobrepasaran las doscientas páginas. ¿Por qué? ¿Porque
esas obras el público no las iba a leer y quien tuviera el ánimo ya estaba de
por sí bastante intoxicado? ¿O es que pensaban en los censores, en que podrían
caer en el letargo más amargo?¿Quién
sabe? Pero así fue.
Ingrid Bergman repasa los tiempos del beso con Alfred Hitchcock.
¡Ay la duración! Muy importante en verdad. En el caso
contrario, ahí tenemos los besos del macarthismo de los años 50 en Hollywood. Estos
censores no guardaban celosos el precepto de Shakespeare «La brevedad es el
alma del ingenio» sino que estaban más interesados en que las almas no se
pervirtieran. Encadenados (1946) es
el caso más famoso de violentar la norma. Ya que no podían durar los besos más
de tres segundos va Hitchcock y lo hace más sensual todavía. En un primerísimo
primer plano, Cary Grant e Ingrid Bergman en el balcón se dan un gran beso o muchos
besos como se quiera ver, entre miradas y palabras. La promesa de un beso, el periodo
de tonteo, de espera, el deseo más que su realización nos genera más
alteraciones neuronales y más satisfacción y es muy erótico.
De todas formas, todo el mundo sabe que el tiempo es
relativo, no abusoluto, de ahí lo de más largo que un día sin pan. El día que
pasas sin pan no es más largo que cuando lo tienes dentro pero parece que sí,
sientes cómo se estira y lo que percibimos, sentimos es lo importante porque la
realidad ¿qué es? La realidad está para manipularla y jugar con ella. Hagamos
como lady Astor que tan jugosas citas, ciertas o no nos suministró, quien
declaró: «En adelante no pienso confesar más de 52 años aún a riesgo de
convertir a mis hijos en ilegítimos».
Sin buscar, sólo cotilleando después de haber
encontrado el objetivo en una librería, me encontré con un curioso libro sobre
la cultura parisina antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Y a la vez me
encontré con una editorial que no conocía. Se trata de la editorial Gallo Nero
y del libro de Boris Vian Manual de
Saint-Germain-des-Prés. En la presentación de la editorial en su página de
Internet declaran: «Publicaremos lo
que nos gusta: los libros que nos han sorprendido, los libros que nos han hecho
soñar, los que nos han dado consuelo, los que nos han ayudado a olvidar y los
que nos han susurrado quienes somos».
Como lectora añado que «leeremos»
los que nos produzcan curiosidad. Pero no era el autor el que me despertaba esa
curiosidad, sino una época, unas calles y unos artistas coronado todo por una
portada donde aparecía Simone de Beauvoir a la que dentro se describe así: «Joven,
vivaz, de voz agradablemente ronca, cabellos negros y ojos de Delft, rostro
despejado y zapato plano, le gusta por igual el viaje y la discusión, cuarenta
kilómetros a pie al día y cuarenta horas de discusión cuando es de su interés». Una obra que prometía información, datos,
contextos, conexiones y secretos. Así
que me la llevé a casa.
Mapa del barrio parisino en la edición del Manual.
La edición cuidada,
incluye un mapa muy útil donde algo menos que in situ vas ubicando los distintos bares, librerías y demás lugares
de encuentro cultural. Un mini tour
literario para la próxima visita a París. Podemos seguir el recorrido callejero
de la editorial Gallimard, ver la rue Visconti en la que murió Racine y que
tiene una web muy curiosa: www.ruevisconti.com
o la rue Bonaparte que ostentaba «entre otros privilegios el de cobijar a
Sartre».
Parte del tour.
Se trata de un libro
publicado en 1979, veinte años después de haber muerto Boris Vian y casi
treinta años después de haber sido escrito. El estilo es directo y personal. Parte
de la experiencia directa, de los comentarios y vivencias de amigos. Nació como
una propuesta de guía que evidentemente no era la usual siendo él quien era y
cosa que él mismo reconoce: «Se recomienda remitirse a su Saint-Germain-des-Prés, mon village, una
obra atractiva y muy pintoresca, y desde luego, exenta de las bromas estúpidas
y de mal gusto que encontrarán sobre todo en el presente capítulo».
Boris Vian y su trompeta.
Un Boris Vian bastante correcto dentro de la imagen
suya que tenemos a raíz de su literatura. Tal vez un respiro en su ficción pues
justo unos meses antes era condenado a pagar 100.000 francos de multa por haber
escrito Escupiré sobre vuestra tumba
que había escrito bajo el seudónimo de Vernon Sullivan y del que decía había
sido su traductor. La obra fue prohibida. A sus libros y a los de Sartre se le
atribuían la responsabilidad de gran cantidad de suicidios, delitos y
asesinatos que se cometían entonces. Leyéndolo ahora después de toda la
violencia y degradación que absorbemos no nos alteramos.
Bastante estructurada, parece ser que la obra es la
respuesta a todos los tópicos y chismes que multitud de periódicos hacían
circular ridiculizando esa flora y fauna germanopratina. En uno de esos
artículos surgió un aforismo muy gracioso que he subrayado sobremanera: «Un
existencialista es un hombre que tiene Sartre pero no traje».
El viejo y mítico Tabou.
El existencialismo y las
cuevas son los extremos de un todo. Una filosofía y un espacio físico. Lo más
intangible y lo más banal. Estos son los dos términos por el que viajamos. Esta
ruta de Boris Vian es como un complemento curioso y divertido de las memorias
de Simone de Beauvoir. Así, el escritor nos cuenta sobre la cueva madre del
existencialismo: «Y el 11 de abril de 1947 se inaugura el
Club del Tabou, cuyos miembros fundadores son Roger Vailland, Frédéric
Chauvelot, Bernard Lucas y Jean Domarchi. Los amigos de los amigos de los
amigos, e incluso algunos más, acuden en masa». Simone de Beauvoir por su parte
declara en La fuerza de las cosas: «Con
motivo de mi regreso di una fiesta […] Vian, que se ocupaba del bar, sirvió
inmediatamente mezclas implacables: muchos invitados cayeron en el
embotamiento. Giacometti se durmió. Yo fui prudente y resistí hasta el alba. Un
mes después se abrió el Tabou, un cabaret en la rue Daupine donde Anne-Marie
Cazalis, joven poetisa pelirroja, laureada con el premio Valéry algunos años
antes, recibía a sus clientes; Vian y su orquesta se instalaron en el Tabou
cuyo éxito fue enorme e inmediato. Se bebía, se bailaba y también se peleaba
mucho, adentro y en la puerta».
Picasso y sus actores.
En otro momento, con las referencias a la
representación de la obra de Picasso El
deseo atrapado por la cola, Vian se limita en nombrar a participantes como
Queneau, Sartre, Simone, Michel Leiris, Dora Maar, Jean Aubier o Albert Camus.
Simone de Beauvoir analiza un poco más en La
plenitud de la vida: «La lectura se efectuó hacia las siete de la noche en
la sala de los Leiris; habían dispuesto algunas hileras de sillas, pero acudió
tanta gente que un gran número de oyentes se quedó de pie al fondo de la
habitación y en el vestíbulo….para Sartre, para Camus, para mí, sólo se trataba
de una diversión. Pero en ese medio tomaban en serio, al menos en apariencia,
todos los actos y gestos de Picasso. Él se hallaba presente y todos le
felicitaron; reconocí a Barrault; me señalaron el hermoso rostro de Braque».
La guía de Vian está congelada en el tiempo, es la visión directa del inmediato momento en que todo pasó. Las memorias de la escritora francesa tiene algo de perspectiva y algo de melancolía porque se observa la caída. Ella los llama «ecos afligientes del viejo Saint-Germain».
Juliette Gréco de negro, como debía ser.
Intenta desmitificar Vian las cuevas pero al mismo
tiempo las mitifica. Quiere ser él el que de primera mano confirme o desmienta
lo que en el subsuelo pasaba; cómo allí se bebía, cómo allí se vestía, en esas
cavernas de origen plutoniano. Uno de los uniformes que tenemos en mente a la
hora de pensar la época era ir todo de negro. Simone de Beauvoir nos explica la
procedencia: «Los músicos de los cabarets y sus fans habían invadido en el verano
la costa azul; habían traído la moda importada de Capri –inspirada por la
tradición fascista- camisas y pantalones
negros». Y Hollywood se encargará de fijarla. Así tenemos a una intelectual Audrey
Hepburn en Funny face (Una cara con ángel, 1957) bajando a las
cavernas donde la música de jazz tan querida por Boris Vian campa a sus anchas.
El Tabou es uno de los puntales pero también forman
parte de la historia germanopratense de los 20, 30 y 40 el Flore, el Deux
Magots, el Lipp, la Rhumerie, el Bar Vert, el Mephisto, la Rhumerie
Martiniquaise, el Vieux-Colombier, el Rose Rouge, etc. Lugares donde la cultura
se discutía más allá de en las mesas privadas o en las de editoriales. Boris
Vian recoge un pequeño y curioso análisis del existencialista por excelencia: «Sartre
divide así a la clientela hacia 1942: el Flore, la literatura joven; el Deux
Magots, los plumillas viejos; el Lipp, la política».
Estos son los lugares germanopratenses, pero los
habitantes de esta «isla», también llamados parroquianos o trogloditas,
conforman un listado que apabulla. Jacques Prévert (el que dio a conocer el
Flore), Juliette Gréco (la musa), Jean Cocteau (quien secuestró a la juventud
de las cuevas para que hiciesen de bacantes en su Orfeo), Maurice Merleau-Ponty (el único de los filósofos que sacaba
a las damas a bailar), Gertrude Stein (que reunía el todo-París y el todo-Nueva
York cultural) o Raymond Queneau, que a la hora de redactar la guía aún no
había publicado su obra más famosa Zazie
en el metro aunque Boris Vian se encarga de darnos un gran listado de sus
obras. «Queneau lo ha leído todo sin excepción y se acuerda de todo; para
Andersen aprendió danés, para Joyce los diecisiete idiomas de Finnegan’s Wake; ha coqueteado con el
turco, el gaélico, el papú, el bambara». Raymond Queneau puso voz en los comentarios de
un documental que estaría bien conseguir realizado por Marcello Pagliero que
hizo de Manfredi, el líder de la resistencia en Roma, città aperta (Roma,
ciudad abierta, 1945) sobre la historia de estas cuevas y sus habitantes.
Ya que no he conseguido llegar a él, aquí os dejo un curioso vídeo de Queneau
para que escuchéis su voz.
El jazz era el medio de vida de Boris Vian. Simone de
Beauvoir que quiero me permitan que invada esta entrada, en sus memorias
recalca en varias ocasiones la conexión del escritor con el jazz «A las seis
reunión de Les Temps Modernes en el
cuarto de Sartre. Su madre había hecho buñuelos y yo llevé coñac, que le compré
al dueño del hotel. Estaba Vian con su trompeta, iba a tocar en el Point-Gamma,
así se gana la vida. Su Chronique du
menteur era un poco fácil pero divertida». En la guía de la que hablamos aunque
Vian nos descubre algunos nombres del género como el de Lee Morse, es Juliette
Gréco quien recorre el libro. Otros cantantes como Jacques Douai o Moloujdi
aparecen pero es la cantante francesa la que salpica todo el libro. Ella, por
cierto también escribió sobre el barrio y aquella época en un libro titulado como
no Saint Germain des Prés como una de
sus canciones más conocidas.
Todo un mundo ese Saint-Germain-des-Prés de entonces que
«odia la somnolencia mortal de los días idénticos». Palabra de Boris Vian.
Ayer fui al cine. Elegida la película por la curiosidad,
resultó ser muy convencional y nada sorprendente. Ni la voy a nombrar. En fin, que como tráiler previo
apareció Moonrise Kingdom. Sé que Wes
Anderson tienes miles de seguidores pero yo no estoy en el pack y no la veré.
El tráiler me gustó porque las imágenes estaban cubiertas por Françoise Hardy y
su Le temps de l’amour cuya música
compuso el que sería luego su pareja y otro gran cantante francés, Jacques
Dutronc.
Y hoy, toda la semana para ser exactos, tenemos mucho
calor. El sol está ahí arriba con todo su poderío. Es lo que tiene estar en
verano. Lo de ayer y lo de hoy me ha
llevado a recordar otra canción de Françoise Hardy, Soleil para así rendirle tributo. La fidelidad del sol es imposible
de pedir al amor. Esa es la consigna. Y aparece la maison, esa metáfora necesaria que es una constante de la cantante
parisina con proyectos futuros en el aire como en la misma Soleil «oublier la maison et
l’enfant aux cheveux blonds que nous n’avons pas» o como pasado totalmente
añorado en La maison ou j’ai grandi donde
se pregunta una y otra vez «où est ma
maison».
Soleil (1970). Muy representativo.
Tanto Soleil
como Le temps de l’amour hablan del amor
pasado, del amor inconsistente o el que no será. En realidad casi toda su
discografía está llena de melancolía y tristeza, del paso del tiempo, de
añoranzas, de huellas y recuerdos.
Soleil a
pesar de los pesares calurosos es una canción con nocturnidad y alevosía como
debe ser toda canción melancólica porque se canta a la fidelidad del sol
poniendo el acento en la oposición que mantiene el amor con el sol por eso de
que va y muchas veces no viene, el amor se entiende. Una nocturnidad que me lleva
a la oscuridad en la que termina otra gran canción suya Le premier bonheur du jour, una canción compacta que empieza
saludando al sol y termina bendiciendo casi la oscuridad, esta vez en compañía.
Françoise Hardy a día de hoy.
Françoise Hardy es la banda sonora adecuada para un
resurgir, pongamos el caso, ya que guarda cierto equilibrio entre la música en
tonos suaves casi naif y unas letras que tras su fachada sencilla, emotiva y
referencial se esconde todo un no-presente nada recomendado para los momentos
de bajón. El pasado que se echa en falta y que se sabe que no volverá y un
futuro que tal vez no sea el esperado sobrevuelan sobre una persona solitaria
tal como ya desde sus 18 años y con su primer éxito (Tous les garçons et les filles) selló. Además fue un incentivo para
intentar entender el francés, captar algo del idioma con esta canción Soleil sobre todo después de haber
intentado alcanzar a Jacques Brel en su La
valse à mille temps.
Evening wind (1921). A partir de ahora todo empieza hoy.
Hacía falta volver a casa. Y volver a casa puede ser
una calle, un rincón, una persona, incluso una canción. Porque volver a casa no
es huir, es identificarte y tranquilizarte. Y esa tranquilidad, esa vuelta a
casa la he llevado a cabo con Edward Hopper. El primer día de la exposición que
le dedica durante casi tres meses el museo Thyssen- Bornemisza de Madrid al
pintor estadounidense era inevitable que fuese mi primera visita.
Edward y Jo se despiden del teatro de la vida.
Allí estaba su última obra Two comediants (1966) que los críticos tan necesitados de cerrar el
círculo y de frases lapidarias se encargaron de interpretar. Dos comediantes en
blanco en un escenario vacío y sin más figuras evidentemente parecen saludar y
despedirse. Son Edward Hopper y Jo su mujer que murió un año después que el
pintor. Tantas veces pintando a los espectadores, a los observadores, a la
platea y su última obra es el escenario mismo. Es una bonita manera de
despedirse se haya hecho conscientemente o no. Además de la curiosidad de saber
que perteneció durante muchos años a Frank Sinatra.
Hotel by a railroad (1952). La mirada en otro lado.
Desde siempre, desde mi primer vistazo al primer cuadro
hubo una conexión. Ese impasse, el
no-momento o el momento previo en sus escenas fue antes un indicio de soledad en
negrura pero ahora la lectura es el primer paso para todo, el momento de
reflexionar, el momento de ser conscientes como esa mujer en Hotel by a Railroad (1952). Aquí el
hombre mira por la ventana y es la mujer sentada atrás en camisón la que lee,
en realidad la que finge leer, la que asume que está ahí pero sabe que hay otra
cosa, representa el paso previo a tantas otras, a tantas y tantas mujeres que miran
por la ventana. Es impresionante la de ventanas que hay en la obra de Hopper,
la de figuras que se asoman. En From
Williamsburg bridge (1928) es solo una mancha blanca a lo lejos, en Morning in a city (1944) es tan evidente
que lo hace hasta la desnudez.
Estoy aquí pero también estaré allí.
Anna no quiere cortinas.
Y ahí como en tantos momentos en las películas de
Chantal Akerman veo a Aurore Clément (Anna) descorriendo las cortinas desnuda
en Les rendez-vous d’Anna (1978) y en
esa película también están Dawn in
Pensylvania, (1942) o Compartment C,
Car 193, (1938). Anna es otra mujer en tránsito, sola, en hoteles, con
maletas de por medio. Y los espacios vacíos o de tránsito, las calles de Nueva
York y los hoteles de Nueva York son las imágenes de News from home (1977) y Hôtel
Monterey (1972) también de la directora belga. Hasta me pareció encontrar
tras subir las escaleras de Stairway at
48 rue de Lille, París (1906) que era la casa donde vivió en su primera
visita a París el mismo Edward Hopper a Jack y Julie (Nuit et jour, 1991). Son evidentes las interferencias y referencias, juegos y relaciones, concomitancias y
paralelismos con cierto cine hecho en América. Algo de Hitchcock, algo de Sed de mal en algún grabado, algo de
Wenders (el más evidente y estrepitoso) pero toda visión es subjetiva y la mía
se dirige hacia Chantal. Y para mí son evidentes. Son dos obras que además de
cerebrales son muy emocionales para mí, son un espejo a la vez tranquilizador y
perturbador como toda verdad. Los acepto, los quiero o en eso estoy.
New York movie (1939). El gran cuadro.
En la exposición del Thyssen hay una buena selección de
obras aunque siempre se echa en falta alguna que otra. Yo no quería saber qué
obras estaban y cuáles no entre tanta noticia televisiva y revistera (Caimán. Cuadernos de cine le dedica un
suplemento en este mes de junio que tiene muy buena pinta). El no querer saber
era para que el momento me deparara la sorpresa de encontrarme frente a frente
con New York Movie (1939), el
verdadero espejo. Y al final una pequeña desilusión o más bien otro pequeño
objetivo a cumplir.
Porque como alguien me dijo una vez que la canción Inés de Luz Casal le recordaba a mí, es
hora de decir que sí y muchas cosas más porque es melancolía pero a la vez
sanador que alguien se pare, se apoye en la pared, se toque el rostro y sea
consciente del tiempo; que alguien se meta en un cine y respire y al salir se
ponga a hablar con el que le adelanta porque todo en esta vida está para
aprovecharlo. El uno, el dos, el tres y la multitud. Porque además la obra de
Hopper tiene mucho de juego, es una realidad pero es un teatro, es un reflejo
pero también a veces es como un decorado de Lego (Portrait of Orleans, 1950), es irónico y casi subversivo como esa
gente en People in the sun (1960). Y
es una enseñanza más que te da de la vida; la dualidad, la seriedad y la risa,
la melancolía, la ironía.
Solitary figure in a theater (1902-1904). La soledad era esto.
People in the sun (1966). La soledad puede ser esto.
La editorial Acantilado editó a mitad de 2011 Disturbios de James Gordon Farrell, una
novela que nadie debería perderse. La razón práctica para la nueva edición de
esta novela escrita en 1970 fue que le concedieron con cuarenta años de retraso
el premio Booker, uno de los de más prestigio en lengua inglesa. Por el cambio de reglas a la hora de conceder
el premio muchas novelas no fueron tenidas en cuenta ese año y el año pasado se
saldó la deuda concediendo una especie de premio al Booker perdido a esta
novela.
El aparente protagonista, el comandante inglés Brendan
Archer tras batallar en la Gran Guerra nos adentra en el hotel Majestic,
verdadero protagonista de la novela. Un enorme hotel situado en la costa
sureste de Irlanda, de más de 300 habitaciones que en su época brillaba en todo
su esplendor y ahora está en decadencia. El comandante va en busca de su
supuesta prometida y allí se encuentra con un grupo curioso y representativo de
la Irlanda de un determinado momento histórico. Un grupo, un país, descrito con
un irónico humor sorprendente: «Pienso que no hay ninguna necesidad de
prescindir de la razón simplemente porque uno esté en Irlanda».
Un premio tras cuarenta años.
Aunque publicada en 1970 está ambientada en los
años 1919-1921. Ambas fechas se encuadran en un momento crucial del país. La
novela se desarrolla justo cuando se producía una «guerra desigual, esporádica
pero brutal que se inició en 1919 entre el Sinn Féin/IRA y el ejército
británico de ocupación» en palabras de John Banville el autor del prólogo; la
«guerra» anglo-irlandesa por la independencia es llamada de forma eufemística «Troubles», título original de la novela
que aquí han traducido como Disturbios.
Los ecos de esa guerra se dejan entrever en el hotel pero con cierto humor y
surrealismo en ocasiones. Decíamos que coincidía el marco en el que se
desarrolla la historia y el momento de su publicación pues en 1970 renacieron esos
disturbios en Irlanda del Norte. Si en la primera ocasión era la oposición
unionistas-fenianos ahora será la de los protestantes-católicos, oposición
también presente en la novela sobre todo en el personaje de Edward Spencer, el
director del hotel.
El señor James Gordon Farrell.
Más allá del sentido metafórico, observamos la
decadencia física del hotel y de la gente que lo habita. Inconveniente
decadencia para este grupo pero acorde a los tiempos: la desaparición de esa
fauna que fue la aristocracia anglo-irlandesa que produce al tiempo horror y
humor. Vienen a la mente dos referencias claras en este sentido: el cuento La casa tomada de Cortázar (los ruidos,
el arrinconamiento) y la película El
ángel exterminador (1962) de Buñuel (sobre todo el metafórico final de la
película que en la novela saltea durante toda la narración). Y porqué no,
también de El gatopardo de Lampedusa
porque es un reflejo de una época de cambios inevitables; la decadencia, las
ruinas, la violencia, envuelto todo en un surrealismo absurdo en el que unos
luchan por mantener su estatus y otros por violentarlo. La novela está
salpicada con noticias, artículos de los periódicos de entonces, donde no solo
se habla del contexto inmediato del hotel (Inglaterra-Irlanda) sino también de
sus colonias en un momento crucial como son Egipto, India, etc. Una referencia
muy real. La mayoría de los títulos de J.G. Farrell tienen un contexto
histórico muy marcado. Es una especie de novela histórica personal. Aquí
aparecen salpicadas referencias al lejano Oriente (donde pasó parte de su
infancia), Oxford e Inglaterra-Irlanda que de un modo u otro forman parte de su
biografía.
Troubles/Disturbios.
Muestra un evidente cambio generacional y se hacen
repetidos comentarios a la frívola generación de entreguerras en relación con
la seriedad de sus mayores. La alta sociedad que aparece por el hotel son a
veces absurdos, a veces crueles y son por ello satirizados pero también hay
cierta atracción. Algo parecido a Evelyn Waugh. Nos encontramos con el director
del hotel Edward Spencer que deja de hablar con su hijo por casarse con una
católica; sus hijas, la huidiza prometida del comandante, Angela Spencer y las
desubicadas gemelas; la impertinente Sarah Devlin que ya no desea los hábitos
de ligue de antaño; el tutor Evans; el adusto doctor Ryan; y una cohorte de damas ancianas que se muestran con
toda su indolencia. Todos se ven reflejados en una verdadera fauna que les
rodean y que forman parte de los elementos más cómicos de la novela:
innumerables gatos, pavos reales, cerdos, etc. Hilarante el momento de la
aparición de la hembra de pavo real. Personajes brutales pero cómicos, incluso
surrealistas. Todos observados de cerca por el comandante, el único que tanto
el autor como los demás personajes identifican sin el nombre de pila o
apellidos. Es como un espectro que pasa por allí, manipulado inconscientemente,
como llevado por la narcótica inercia del país. Un fuera de lugar que
incomprensiblemente se ve arrastrado como si la voluntad se le hubiera
evaporado. Algo hay en Irlanda, como si se viera arrastrado por la locura de
sus habitantes que le hace quedarse. Atracción y extrañeza, las mismas que
expone muy bien el autor.
Y ante todo, el hotel, el más importante; ese hotel
que una vez fue y ya no es, con un reloj de péndulo «que había sobre la mesa de
recepción que sólo indicaba la hora correcta, por accidente, una vez cada doce
horas», ventanas sin cristales, lámparas sin poder encenderse porque han sido
invadidas por una marea verde, un bar invadido por los gatos, sofás que tapan
raíces que surgen del suelo, pistas de tenis invadidas por tréboles y alfombras
de las que salía polvo si se andaba fuerte por ellas entre otras cosas y muchas
más por descubrir.
Espacios, personajes, historia; un cúmulo de
incentivos para acercarse a un autor que falleció a los 44 años cuando estaba
realizando la parte más importante de su obra. Acantilado está preparando la
edición para este 2012 de la última parte de «la trilogía del imperio», La defensa de Singapur (1978) de la que Disturbios es su primera parte y El sitio de Krishnapur (1973), la
segunda.
Lo habitual, lo sano es gastar saliva y tinta en hablar
de algo que te guste. Este es el momento de la excepción. Sobre todo cuando encuentras algo tan
particular, cuando das varias oportunidades y se va conformando el rechazo. Y
sobre todo porque te pones a darle vueltas a cómo será ese perfil de gente que
opine lo contrario, que le guste lo que a ti no y no te haces a la idea.
¿Clarice o Cindy?
Pues llegó el turno de descubrir, siempre en parte, a
Clarice Lispector la escritora brasileña (1925-1977). He de reconocer que
cuando escuché por primera vez su nombre creí que se trataba de una cantante, tal
vez por el productor Phil Spector (más tarde apareció Regina Spektor que cubrió
esa suposición). Tan fuerte y atractivo me parecía el nombre, que parecía
inventado para una actriz. Algo así como lo que Jean Cocteau dijo sobre Marlene
Dietrich: «Su
nombre empieza con una caricia y termina como un látigo».
Se forjó en mi mente como nombre de diva. Y ahora que la descubro físicamente
parece ser una de esas mujeres inventadas de Cindy Sherman. Ella misma de
alguna manera me lo confirma en su Solo
para mujeres:«Tu trabajo es descubrir en tu propio rostro la mujer
que serías si fueses más atractiva, más personal, más inconfundible. Cuando
“creas” tu rostro, teniéndote a ti misma como base, tu alegría es la de un
descubrimiento, la de una revelación».
Traspasada cierta línea peligrosa.
Todo en ella es una expresión de su subjetividad. Y esa
expresión se hace particular trasladada a los temas y formas empleadas. El tema
me interesa pero existe una delgada línea que se puede traspasar y llevar al
hastío. Y Clarice Lispector me lo ha provocado. Tal vez fuera, me decía, que
empecé mal la travesía con ella. Aprendizaje
fue lo primero que cayó en mis manos. Ella misma declaraba que sus libros
reclamaban «una lectura irracional, una empatía natural». Tal vez ese sea el
único modo, en parte, de conexión. La empatía de raíz no llegó y eso que
intenté no juzgar, pero conforme iba avanzando en la lectura me iba
violentando. Las reflexiones, dudas y descubrimientos de los protagonistas se
quedaban en ese límite vergonzoso, de fácil novela rosa y manual breve de
psicología y que no llega a salvarse. Salvación que hubiera llegado si tuviera
ese punto kitsch, naif pero no es
así: «Eres
la misma de siempre. Solo que te abriste en rosa rojo-sangre. Tiré las dos
docenas de rosas porque te tengo a ti, rosa grande y de pétalos húmedos y
espesos. Lori, voy a estar tan ocupado que tal vez lo mejor sea casarnos para
estar juntos» o
«¿Te
parece que ofendo mi estructura social con mi enorme libertad?»
representaban el iceberg de mi impaciencia.
Una mujer se desvela...
La
pasión según G.H. sobrepasó cualquier nivel de abstracción
establecido. Supone la versión más enrevesada y retórica de los libros de
autoayuda en modo ficción. De una idea pasa a treinta, no sé cómo en un mismo
párrafo, en una misma línea si me apuran y no te queda sensación de riqueza
sino de pérdida: perdido tú lector, perdida tú lectora. Ella lo intuye y te
dice: «Por hablarte ¿te asustaré y te perderé? Pero, si no hablase, me perdería
y por perderme te perdería» en una especie de captatio benevolentiae que parece una constante suya. Hablarle al
lector le habla mucho, eso sí. Algún que otro crítico le ha llamado «egocentrismo
literario».
Hechos en carne viva.
En realidad el propósito de la autora, su mirada, es
interesante pero cómo la filtra juega en su contra. Cuando entra en materia,
cuando filtra mejor su yo, algo que aparece constantemente y enseguida en su
obra, tiene un interés exótico. En La
hora de la estrella, durante las doce primeras páginas te dice que te va a
contar, se enreda, se explica, ahora de verdad te lo cuento nos dice, pero
antes otra cosa, y te voy a contar: «Pero volvamos a hoy.
Porque, como se sabe, hoy es hoy. No me están entendiendo y sigo, no muy claro,
que se ríen de mí con risas entrecortadas y ásperas de viejos». Cuando
decide entrar en materia nos cuenta una historia, extrema, particular con
imágenes muy definidas y duras donde la muerte y la intensa vida aparecen
salpicadas tanto en la misma historia como cuando la narradora (aquí narrador)
se deja caer: «Si
todavía escribo es, porque no tengo nada más que hacer en el mundo mientras
espero la muerte». Este es mi pequeño interés en Clarice lispector, que
aparece cuando ella, el narrador no aparece, cuando deja hablar a los hechos,
un hecho, valga la redundancia que hasta ella misma destaca: «Estoy
entrando en un terrible interés por los hechos. Los hechos son piedras duras.
No hay modo de huir. Los hechos son palabras dichas por el mundo». Pero estos
encuentros son diminutas islas en un inmenso océano farragoso.
Pose mentirosa porque no hay resistencia.
El
interés de base de la escritora viene por la nueva voz dada a las autoras, la visión particular, la reflexión
desde las entrañas, pero hay que superar el modo y esa es una barrera a veces
infranqueable. Tal vez sea una cuestión de estilos y de empatía como se ha
dicho antes. Otra autora, Simone de Beauvoir de una escritura también muy del
yo, de mirada al mundo, tiene eso que a mí me hace introducirme en su mundo sin
impedimentos: el yo no molesta, no apabulla, resurge con una voz cristalina
hasta en la duda: «Quizá toda admiración sea un engaño; quizá solo se encuentre
en el fondo de todos los corazones un mismo carnaval incierto; quizás el único
lazo posible entre dos almas sea la compasión. Ese pesimismo no bastó para
reconfortarme» (Memorias de una joven formal). En cambio, en los textos de la
brasileña se necesitan resoluciones aunque fueran cuestionadas después de
identificadas, aunque fueran repensadas después de ignoradas pero aquí hay un
largo, largo camino de reflexión que no son más que galimatías. Sé que cualquier
texto aquí puesto está sacado de contexto pero ante esto que les cito ¿qué me
dicen?:
«Sólo después iba yo a entender. Lo que parece falta de sentido es el sentido.
Todo momento de “falta de sentido” es exactamente la aterradora certidumbre de
que allí hay un sentido y que no solamente no capto, sino que no quiero porque
no tengo garantías». Parece que todo lo que escribiera supusiera para ella una lucha, una dura lucha contra las palabras.
Ese nivel filosófico, psicológico o metafísico si lo quieren llamar es lo que más
destaca en su literatura y si estás en ese nivel te enganchará, digo yo, y si no,
solo te quedan los hechos que te los cuenta traspasándote las entrañas y son
tan pocos que te provoca impotencia y tirar la toalla. La conciencia liberada
tiene esos peligros. Cada uno estará de un lado o de otro. Es necesario que a
no todo el mundo le guste lo mismo, es algo incluso de pura supervivencia y
lógico. Por mi parte me desvío, las oportunidades que le di serán para otro u
otra.