sábado, 10 de diciembre de 2011

El buen cine de Edgar Neville.



El señor director Edgar Neville.



Mucha gente no quiere oír ni hablar de cine español ni mucho menos verlo y son muchos los motivos que argumentan. Yo respetándolos, me los paso…de lado. Creo que el cariño, o la atención al cine español me viene por descubrir más o menos de seguido a Almodóvar y a Edgar Neville y a partir de ahí una cadeneta. Si una descubre modernidad, frescura, diálogos chispeantes junto con un director que cambia de género sin problemas y me río, descubro y me sorprende ahí me quedo. Y con ellos descubrí Madrid. Sobre todo con Edgar Neville. Más que con las películas de la movida, las de Colomo o las de Trueba, las imágenes que se establecieron en mi cabeza fue con las de  este director. Y eso sucedió en una época donde la televisión emitía tantos ciclos y refrescaba tantos directores... Era una enseñanza pública de la que ya no queda rastro como muchas otras. ¿Habéis visto rastro alguno de Edgar Neville en la televisión en los últimos diez años? Yo las descubrí y las disfruté entonces.



La Gran Vía madrileña detenida por un caballo.




Hablamos de Madrid puesto que la mayor parte de la filmografía de Edgar Neville es castiza, se ven sus calles, sus paseos, sus casas y tabernas. Cuando en Neville se habla de casticismo o folclorismo no es el de exaltación de la patria en ningún momento, es un reflejo neorrealista. Ver sus películas era conocer un costumbrismo, un humor envuelto en algo lejano pero cercano. Algo así como la necesidad del que viene de fuera, de que fuera una villa (que realmente lo era, que realmente lo es) pero a la vez una gran ciudad. Tal vez anticipó o germinó mi decisión de traslado, incluso ese breve lapso catalán con la filmación de Nada (1947) como parte de mi  recorrido  tal como Andrea llegaba a la calle Aribau.



Callejuelas de Madrid vistas por Edgar Neville.



      
El Retiro, las Vistillas, las callejuelas, las recuerdo tal como recuerdo la salida del metro de Lavapiés en Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951), la salida que estaba en medio de la plaza y quitaron hace unos años. Surcos, otra película a rescatar del cine español, muy crítica, muy acorde a los tiempos de hoy de la que recuerdo esa salida del metro por parte de una familia que venía del campo a la ciudad con maletas, con mantas que envolvían enseres y gallinas…o tal vez estas sean un añadido del tópico sobre el hombre de campo muy Paco Martínez Soria. Es hora de revisarla para aclararlo.


Es curiosa la fijación de ese perfil de ciudad en mí porque las películas de Edgar Neville reflejan la España de los años cuarenta e incluso de antes: La torre de los siete jorobados (1944) está ambientada en el siglo XIX, como también El crimen de la calle Bordadores (1946), concretamente a finales del XIX o Domingo carnaval (1945) en 1917. Reforzando la idea de ser (yo) llegada de otros tiempos.



Dos hombres y una mujer.




Estas tres películas junto con La vida en un hilo (1945) las podemos ver durante la semana de Navidad en la Filmoteca española. Y no me arriesgo, ni es algo impuesto el deciros que vayáis al menos a una porque os van a gustar. Es el tramo de oro de la filmografía del director y las hizo seguidas. Y aunque es verdad ese reflejo castizo, no lo es menos que tiene una filmografía variada en género y echando un vistazo a esas cuatro películas se puede comprobar.




Charlot y Edgar.



Edgar y otros españoles tan amigos de Laurel y Hardy.




Casi siempre eran historias suyas que guionizó puesto que antes que cineasta escribió obras de teatro (La vida en  un hilo después de película la elaboró también como obra teatral muy exitosa  en 1959). Pero sin duda era un hombre del cine que descubrió en EEUU siendo allí diplomático. En la Metro estuvo como guionista y dialoguista para las versiones españolas y llegó a aparecer en Luces en la ciudad (Charles Chaplin,1931) por su amistad con Chaplin. También amigo de Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna y Lorca, muy en relación con la generación del 27 y escritor en La Codorniz junto a Mihura, Mingote y Tono aunque también rodó tres cortometrajes para el Departamento Nacional de Cinematografía durante la guerra civil, es un director que estrenó durante la dictadura franquista cosa que no significa doblegarse. Hay que agradecer que a pesar de todo en esa época tuviera un lugar. Y no realizó ninguna revisión histórica para el momento, cosa a tener en cuenta. Un hombre crítico con la burguesía de su tiempo, un humor tal vez no comprometido políticamente pero sí socialmente.



Muchos y buenos actores.




Cuando llegué a Madrid, creo que más o menos al tiempo que descubría  lo cerca que estaba la Puerta del Sol de la Plaza Mayor, descubrí la calle Bordadores. Me emocionó y me quedé un rato mirando los manises (así llamamos por mi tierra a los azulejos ya que Manises, pueblo valenciano tiene muy buenos azulejos: denominación propia). Yo creía que esa era la calle verdadera, del suceso, tal como nos hace creer el cine y todo lo asumí. Ahora descubro que el crimen en que se basa tuvo lugar en la calle Fuencarral. Qué se le va a hacer. En realidad la calle me atraía no por el suceso sino por la vinculación cinematográfica y eso no ha cambiado.




El Madrid callejero a punto de alterarse.




El crimen de la calle Bordadores es un ejemplo de cine policiaco. Y encontrarlo en el ambiente madrileño da como resultado una película cuya construcción sorprende, donde los personajes no pueden estar mejor definidos e interpretados y donde tenemos un magnífico ejemplo para descubrir los usos y costumbres de una época. Basado en un hecho real, el crimen de la calle Fuencarral como así se le llamó fue el primer caso mediático donde estuvieron implicados clases sociales de todo tipo.




El día de carnaval no es necesario enseñar el rostro.




Domingo de Carnaval sigue la estela de la anterior en cuanto a perfil de personajes pero es otro tipo de género. Es la película que más difusa tengo en mi mente. De La vida en un hilo recuerdo la frescura de unos diálogos llenos de absurdo, un juego a tres bandas encantador que me recordaba a Ernst Lubitsch. De alguna manera se le puede denominar como de alta comedia. Era sorprendente que todo el mundo no conociera esta película. Es seguramente, una de las comedias más brillantes del cine español.



Alta comedia española.




Hace unos años, al ver a Gwyneth Palthrow en Dos vidas en un instante (Sliding doors, Peter Howitt, 1998) me vino a la cabeza la película de Edgar Neville  enfadándome con algo parecido a un plagio. Y a su vez, al ver por ejemplo a Sean Penn que dirigió El juramento (The pledge, 2001) y saber que había una española El cebo (1958) de Ladislao Wajda que le daba mil vueltas (ambas adaptaciones de una obra de Friedrich Dürrenmatt), me hizo razonar por aquel entonces que no todo es dinero, que los americanos lo pueden reelaborar, engrandecer pero que el cine afortunadamente no siempre es presupuesto y para que te llegue hacen falta otras cosas.



Conchita Montes.



Antes de hablar de la última y más curiosa de las cuatro películas es evidente que se descubren aquí también unos actores del cine español que hoy quedan en memorias ya ancianas y no se van recuperando. Aquí están Rafael Durán, Guillermo Marín, Julia Lajos,  Manuel Luna, Rafael Calvo, Isabel de Pomés y Conchita Montes. Esta última, pareja de Edgar Neville desde los años treinta. Con rostro y un porte aristocrático interpretó tal vez por eso a mujeres decididas de clase media, resuelta y muy digna. Licenciada en derecho comenzó en la interpretación con Edgar Neville, escribía también en La codorniz y adaptó además de protagonizar la novela de Carmen Laforet Nada que dirigió su pareja.




Fernando y Conchita asisten a Bucéfalo.



Junto a estos actores medio tapados en la filmografía de Edgar Neville también se encuentra Fernando Fernán Gómez destacando el protagonista que hizo en El último caballo (1950). Esta, junto con Duende y misterio del flamenco (1952) son las otras dos películas indispensables de Edgar Neville. La segunda es un documental insólito sobre el folclorismo andaluz donde en los mismos espacios del sur se explicitan los cantes y bailes desde su esencia. El último caballo es bucéfalo, el caballo de Fernando Fernán Gómez (aparte del de Alejandro Magno) que se erige como último estandarte de un mundo que va cambiando y se inunda de máquinas.








Toda una película neorrealista en toda regla que pude ver en Alicante cuando en un seminario que se llamaba «Azorín y el cine» nos la pusieron en pantalla grande. El último caballo era una de las favoritas de Azorín. Un autor que acogió y defendió el cine como arte a tener en cuenta en una época que pocos lo hacían sobre todo los de la generación del 98. Alberti es el otro literato del que recuerdo una adscripción tan fuerte al cine. En el último poema de Cal y canto (1927) aparece la famosa declaración «Yo nací, respetadme, con el cine». Aunque Alberti es de una generación posterior a Azorín.



Azorín llegó a Madrid el mismo año en que lo hacía el cinematógrafo, en 1896. Coincidencia feliz de un hombre que escribió: «En el cine encuentro yo dos cosas: la explicación del tiempo y la comunicación, lícita, con el resto del mundo». Su gran cantidad de artículos dedicados al cine están agrupados en dos libros: El cine y el momento (1953)  y El efímero cine  (1955). El autor de Doña Inés (1925), un  libro que recuerdo como una lectura emocionante por lo de buena «escritura», estaba asombrado y encantado con el nuevo arte: «He visto en tres años unas seiscientas (películas); no es mucho; algunas, deliberadamente o por las circunstancias, las he visto dos, tres o más veces». Esta avidez en aquel entonces donde estaba por aparecer la televisión en España y no se podía contar con la casa para elegir qué y cuándo ver cada cosa da un valor a la cantidad declarada.



Descendiendo por la torre.




Sobre la creación genuina de este devorador de comida que así fue Edgar Neville, tenemos los ejemplos de las películas de la Filmoteca salvo La torre de los siete jorobados que es una adaptación de la novela de Emilio Carrere. Esta última es verdadero cine de misterio. Entradas secretas, situaciones surrealistas, objetos con mucho polvo e historia y seres a destiempo es lo que nos ofrece una curiosa película, pequeña joya del cine español que sigue la estela de esos pocos españoles fantasiosos como fue Segundo de Chomón y con otra intención, más bien estética continuaría Jess Franco.



No es el fantasma de ninguna  ópera.




Cuatro propuestas, cuatro para empezar a curiosear y descubrir que decir que el cine español es malo o «no me gusta», es para los dejados. Las podéis ver en pantalla grande ahora y quién sabe cuándo las podáis volver a ver. Así que yo de vosotros aprovecharía.



Nota 1: Filmoteca de Madrid – Cine Doré. Calle Santa Isabel, 3. Metro Antón Martín.

Martes 20 19:30 La torre de los siete jorobados (1944)
Miércoles 21 17:30 La vida en un hilo (1945)
Jueves 22 19:30 Domingo de carnaval (1945)
Viernes 23 El crimen de la calle Bordadores 20:00 (1946) 


martes, 6 de diciembre de 2011

Sois hOnrados Bandidos. Una comedia de Blake Edwards.




El director norteamericano Blake Edwards.




Hace poco se habló en este blog de la película En un lugar solitario de Nicholas Ray. Entre otras cosas era una película que dejaba ver un poco los entresijos de la industria cinematográfica norteamericana. Y de ahí salieron varios ejemplos. Ha aparecido otro caso en la programación de diciembre de la filmoteca española a raíz del homenaje que le está ofreciendo a Blake Edwards que falleció justo hace un año. Parece que no pero citándolas de corrido nos damos cuenta que fue un gran director, imaginativo, honesto, nada fácil, que supo diluirse en la industria en el mejor sentido. Guionista de muchas de sus películas y guionista para otros la sola mención de las grandes películas que hizo en la década de los sesenta; Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961), Días de vino y rosas (Days of wine and roses, 1962), La pantera rosa (The pink panther, 1963) o El guateque (The party, 1968) hace inevitable que lo consideremos con todo el peso de la palabra.



Una película sobre Hollywood.




La película que nos ofrece la filmoteca sobre el mundo cinematográfico es S.O.B.  (1981), así, con sus siglas. El significado que Edwards (sin que la publicidad le delatara) quiso dotar a las siglas era «son of the bitch» que por si no conocéis el inglés necesario a nivel de calle significa «hijo de puta». Un compañero de universidad  tenía la película y era la primera vez que oía hablar de ella. Más tarde cuando los canales autonómicos te hacían tremendos ciclos de cine ahora ya desaparecidos, en la televisión valenciana (Canal nou) la emitieron. Recuerdo de ella reírme a gusto, con un humor inteligente pero físico y soez en ocasiones. Una mezcla muy atractiva y que guardo en mi memoria con satisfacción. Pero de eso hace ya catorce años y desde entonces no la he vuelto a ver. Ahora, a través de la filmoteca española se me ofrece la oportunidad de revisarla.



Hablando de filmotecas, me acabo de enterar que la filmoteca catalana lleva un par de semanas sin programación, es decir, cerrada. Cuando viví allí hace un par de años salió la noticia a raíz del nuevo elegido director (Esteve Riambau) que se iba a trasladar al Raval. Parece ser que era un proyecto ya de largo recorrido. Pero a día de hoy  no hay  filmoteca ni en el Raval ni donde estaba antes entre Sants y Montjuic; en un lugar un poco apartado, en un espacio poco atractivo, muy años cincuenta con una sola sala aunque muy grande. La opción del Raval era muy inteligente. Pero ahora no sé si por la crisis o por mal funcionamiento interno de las instituciones se ha quedado la casa sin barrer y los catalanes sin filmoteca. La página web de la filmoteca abre con esa información, diciendo que en «breve» se retomará la programación en el Raval. Ya veremos cuánto dura esto.




Queda claro que Hollywood tiene mucho que ver.





Volvamos al título puesto que es curioso. En España se mantuvo el título con las siglas pero desvelaron las siglas con la incorrección ortográfica incorporada: «sois honrados bandidos». En un intento de no alejarse del original pero forzando la máquina en exceso. A día de hoy hasta resulta gracioso.




¿Enseño mis boobies o no?




Retomando el tema de la película de Blake Edwards, éste hizo de alguna manera un ajuste de cuentas personal con la industria. El protagonista, un director-productor (Blake Edwards lo fue entre otras de Darling Lili y S.O.B.) que por vez primera ha tenido un fracaso cinematográfico, intenta levantarlo con ayuda de su mujer, personaje que lo interpreta la misma Julie Andrews, esposa de Blake Edwards. El fracaso y enfado real de Blake Edwards vino por Darling Lili (1970) también interpretado por su mujer con la que rodó siete películas. La posible solución del personaje de S.O.B.,  la busca en el intento de convertir la película en un musical pseudo-pornográfico donde su mujer, una actriz de películas familiares (la misma Julie Andrews) enseñaría el pecho. ¿Julie Andrews enseñará el pecho? Eso aquí no se desvela. La solución musical tiene su origen en Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the rain, 1952) donde Gene Kelly, Debbie Reynolds y Donald O’Connor idean convertir El caballero duelista, un drama de época en un musical.




Momento de tensión con la actriz. 




Los tres amigos de Felix tienen un cometido.





La crítica de Edwards o el cachondeo viene por los dos extremos. No hay más que ver cómo abre la película con esa pieza musical donde Julie Andrews vuelve a sus pasos de Mary Poppins y después la que intenta sexualizar. Ojo con el segundo vídeo: sobre las imágenes en Youtube han colocado la canción Lady in red. Después de enfadarme resulta que le da una vuelta más irónica a la intención del director. Así que aquí está:











Hollywood es un monstruo destructor. Félix Farmer que así se llama el desesperado director-productor llega a la desesperación y con él llegamos casi al slapstick ya que todo este drama personal está servido en una sátira, en una comedia negra, diabólica, llena de mala leche pero siempre cómica. Félix Farmer me recuerda al protagonista de una de mis películas favoritas de Luis Buñuel La vida criminal de Archibaldo de la Cruz (de la que me gusta más este título que el otro, Ensayo de un crimen, 1955). Cada uno acercándose de una manera a la muerte propia o ajena y completamente diferentes me parecen dos personajes sobrepasados por la vida que pretenden llevar.




Felix lo intenta.




Hollywood constituye un universo en sí mismo y por eso tenemos un montón de personajes pululando encarnados por caras conocidas. Junto con Julie Andrews aparece William Holden que fue su última interpretación, en una especie de venganza interpretativa por su malogrado guionista Joe Gillis de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950). La muerte de William Holden tal como cuentan que fue, me vino a la mente y la reconocí en la muerte de un personaje de la película de David Lynch Carretera perdida (Lost highway, 1997) otra película que desde su estreno no he vuelto a ver. Mesa, cabeza, sangre… Más honrados bandidos: Marisa Berenson inamovible su físico del Barry Lyndon (1975) de Kubrick y a día de hoy en Io sono l’amore (2009), curiosa pero insustancial película italiana; El J.R. televisivo (Larry Hagman); Robert Loggia, un duro, duro que tengo unido a Sangre fresca (Innocent blood, John Landis, 1992) una película a redescubrir extraña y muy potente; Robert Preston el que sería el Pigmalión de Julie Andrews en Víctor o Victoria (1982) también de Blake Edwards; Shelley Winters, etc.



Como las fotos de estudio de antaño.



¡Ah! Y todo envuelto en la música de Henry Mancini, un fiel colaborador de Blake Edwards.



NOTA 1: S.O.B. tiene dos pases en la filmoteca de Madrid: el domingo 11 de diciembre a las 20:30 y el martes 13 de diciembre a las 21:40.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Francesca Woodman. Arte fotográfico.




Francesca Woodman dos veces.




Nota oficiosa: Ninguna de las fotografías que veréis aquí son las que se encuentran en la exposición que se indica o al menos que yo recuerde. Todo para que las descubráis vosotros mismos.



Hasta el 21 de enero podéis disfrutar de una exposición de veinte fotografías de Francesca Woodman en la galería La Fábrica en Madrid en la que ya se mostraron hace un par de años otras tantas obras de la artista. Ahora mismo se está viviendo una fiebre por redescubrir a esta fotógrafa ya que se prepara para la primavera en el Guggenheim neoyorquino una muestra suya que llegará después de que acabe la que ahora mismo tiene lugar en el San Francisco Museum of Modern Art donde se incluyen fotografías inéditas que los familiares no habían querido exhibir antes. Este redescubrimiento no es una moda pasajera, o no debiera serlo. No creo que aparezca ante el público por cubrir una cuota. La obra de Francesca Woodman tiene personalidad, carácter, ideas y reparte sensaciones.



1975-1976. La naturalidad del cuerpo.



La autora falleció con solo 22 años en 1981 lanzándose al vacío desde su apartamento en Manhattan, lo que aporta muchísima más curiosidad al descubrimiento y detenimiento en su obra. Su última acción le espantaría muchos interrogantes pero aparentemente iba bien encaminada. Nacida en una familia de artistas, había estudiado fotografía en la Escuela de Bellas Artes de Rhode Island incluyendo un año en Roma para acabar instalándose en Nueva York pasando antes por New Hampshire. Este es su recorrido artístico. Se dice que empezó pronto con la fotografía, con 13 años y era compulsivamente fotógrafa. Al ver las fotos una tiene la sensación de ver a una artista con la seguridad de quien tiene una mirada, un camino trazado, una búsqueda dirigida, una línea marcada por la confianza y el querer hacer. Tenemos y tuvo la suerte de saber desde un principio donde focalizar y lo hizo en la fotografía. Una fotografía donde la mirada, la extrañeza, la curiosidad iba hacia adentro. El formato pequeño de sus fotografías y el blanco y negro (muy pocas son en color) invitaba al recogimiento, a intentar captar todo un mundo interior.



Mimetismo sin espejo.




La mayor parte de sus fotografías las realizó además en interiores desprovistos de muebles, casi vacíos, abandonados, pasajeros, fantasmales: otra forma más de intentar entender el mundo de uno mismo sin distracciones. Espejos rotos, polvo, colillas en el suelo, incluso molduras descolgadas aparecen en estos interiores: dos de las fotos más impactantes y conocidas es la del encuentro con su rostro en el espejo tras doblar una esquina de rodillas como una gata y otra en la que fantasmalmente atraviesa una chimenea. Y juega con ese espacio pero no marcando el juego como haría un surrealista sino como un encuentro con la vida. La naturalidad de la composición; algo tan difícil de lograr. Cuando el espacio la encorseta aparece sin movimiento, vencida, como en esa fotografía inquietante liberada a destiempo del encierro entre animales.




Liberada tardía.





Su cuerpo en  multitud de fotografías, se puede decir que en la mayor parte de ellas, aparece fragmentado, asomado, y siempre, bien sea a trozos o entera, aparece desnuda o a punto de estarlo con una mirada directa a cámara. El cuerpo está en estilo directo: se trata de sentirlo suelto, revelándose o en contacto con algo ligero, vistiéndolo en ocasiones pero no para metamorfosearse tal como hace Cindy Sherman, otra fotógrafa de su propio cuerpo. Francesca no quiere huir; quiere revelarse, desvelarse. No hay nada más emocionante en una fotografía que el notar que algo se revela, que una mente y un cuerpo a la par digan así soy yo, así son las cosas. En un documental que ha visto la luz este año, The Woodmans (C. Scott Willis), su padre recuerda que a su hija en Italia, en los museos, lo que le interesaba de las pinturas era dibujar a las mujeres con trajes llenos de mucha fantasía. Como si fuera el comienzo del interrogante: ¿qué hay detrás de todo ese montaje, de todo ese envoltorio? Y empezó a desnudarse. La desnudez, el sexo femenino aparece y no es violento, no es una insolencia ni una provocación; es un desnudo evidente, lógico, claro, sencillo y verdadero. Una imagen tan poco impuesta como ese pelo suyo recogido pero vivido.




¿Premonición de su caída?





Cuando sale al exterior, no rompe su mundo; es ella en contacto con los árboles, con el barro, con las plantas. Es otra manera de intentar averiguarse. Al no tener datos externos de la época, a veces creeríamos estar viendo fotografías de los años veinte. Es ella casi su único perfil humano. Incluso llega a desdoblarse ante los espejos o encontrando algún doble de ella misma. E incluso llega a triplicarse: en una fotografía vemos tres cuerpos desnudos en cuyo rostro aparece la fotografía de Francesca y una foto más suya en la pared. Es una de sus fotografías más complejas en cuanto a su construcción. Pero se conoce el juego, el juego se revela porque en realidad no se trata de un juego sino de un trato entre el espectador y ella puesto que ella es la que lleva sus zapatos planos y la que se distancia.




Cuatro veces Francesca.




Su rostro expuesto pero falseado de alguna manera y sus calcetines, daría para que el pie de foto de esta última fotografía pudiera ser una frase suya que escribió en su diario «I whish I could change my mind as easily as I change socks but then I don’t change socks so easily». Frase juguetona y graciosa que bien podría ser de algún surrealista o quizá de Vicente Huidobro o incluso de Ramón Gómez de la Serna pero realmente Francesca Woodman en la frase y en su obra se aleja del movimiento surrealista. Su obra tiene un componente más dramático en cuanto a que no trabaja sobre otros, no trastoca una realidad dada sino que ella misma se convierte en la fuente de producción y de revelación.  




Horizontale, el juego más agresivo de Francesca Woodman.




Unica Zürn atada por Hans Bellmer.



En uno de los volúmenes que sirven de complemento a la exposición se pueden ver unos cuadernos sobre los que «actuó» Francesca. Unos antiguos cuadernos de ejercicios que encontró en Roma que como las capas de un árbol Francesca colabora a que contengan más «historia» y donde introduce fotografías y notas. La verdad es que parecía agarrarse al arte como algo vital, necesario. Hubiera sido una artista de largo recorrido porque no se intuye ningún agotamiento que sería ilógico en alguien tan joven sino algo de impostura y lo que tenemos es una curiosidad tal que a lo mejor es el reverso de aquello que le hizo saltar al vacío.


Nota: La Fábrica (galería) está en la calle Alameda tras el Caixa Forum en esa calle con varias galerías. Y su horario es de martes a sábado de 11:00 a 14:00 y de 16:30 a 20:30.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Baby, it's cold outside: una canción con mucho juego.






En estos días leo Para matar el recuerdo. Memorias españolas de Jean-Claude Carrière, el que fuera guionista de la etapa francesa y última de Luis Buñuel. Regalo de una amiga que me emocionó recibirlo por lo que de Buñuel contenía. Estoy en ello y me decepciona un poco la escritura pero me muestra detalles y datos directos que de nuevo me arrastran a querer revisar esas últimas películas de Buñuel a las que no tuve mucho apego por el contraste con el entusiasmo que me provocaron las mexicanas pero que voy redescubriendo emocionada. El caso es que lo cito porque allí comenta Carrière que todas las mañanas lo primero que hacían Buñuel y él era contarse los sueños. Y si no se acordaban, llegaban a inventárselos «ya que, como diría Breton: “El que no sueña es un cabrón”». Pues bien, hace poco soñé (y sueño mucho) que cantaba una canción y la gente me admiraba y yo estaba muy digna y muy puesta en el papel. Está muy bien soñar pero sabes que ahí, afortunadamente tú no tienes manejo de la situación así que no puedo mentir y resulta que soñé que cantaba el Olvídame y pega la vuelta de Pimpinela. Y aún encima sin que nadie me diera la réplica porque es una canción de dos, para dos y de disputa. Y desde mi fuero interno me puse a imaginar de nuevo  tener un partenaire  para pelearme versión musical pero cantando Baby, it’s cold outside si es posible. Y hacerlo con todo lo teatrero que pueda tener la canción tal cual la versión de Louis Armstrong y Velma Middleton.







Porque hay maneras y maneras de interpretar la canción. Desde la más simple interpretación que puede llegar a ser como música de ascensor (ascensor americano y de hotel claro) tal cual comentaba el personaje de Kevin Spacey en American Beauty (Sam Mendes, 1999), o la más intencionada. En intenciones podemos ir de la mujer sometida y dulce a la más cañera y mandona dependiendo de quién la cantara. No es lo mismo Doris Day que Betty Garrett. Y otros decidieron brillar solitos y que el partenaire fuera un coro como lo hicieron Dean Martin o Jo Stafford.


Porque la canción se trata de una insistencia amorosa porque el que la sigue la consigue. Un hombre (bendita Betty Garrett) insiste a una mujer que se quede un rato más, a tomar algo más porque hace frío afuera y ella que si mi padre, que si mi madre…


La canción la compuso Frank Loesser que ya está en los altares por haber compuesto Guys and dolls (1950) otra lucha evidente de sexos de la que parece especializado. Baby, it’s cold outside se dio a conocer cantada por él y por Margaret Whiting pero  apareció visualmente por primera vez y con todos los créditos, puesto que ganó el Oscar a la mejor canción, en la película La hija de Neptuno (Neptune’s daughter, 1949) con Esther Willliams. Sí señores,  Esther Williams y Xavier Cugat (and his orchestra). ¡Qué tiempos aquellos de los domingos por la tarde con esas coreografías acuáticas! En la película se canta dos veces cambiando los roles. En la primera el que lleva la batuta es el hombre protagonista (Ricardo Montalbán) y la mujer protagonista es la que se resiste (Esther Williams) y en la segunda la que manda es la mujer secundaria (Betty Garrett) y el que se deja mandar es él, secundario (Red Skelton).






Pero ¡ojo! Eran esos tiempos, ya saben ustedes:  cuando la mujer llevaba las riendas en primer lugar tenía que ser en tono cómico y en segundo lugar tenía que ser la actriz secundaria. Era todo lo que nos daban. Y Betty Garrett parece que lo copó. Ese mismo año llevaba las riendas en otra canción para dos, Come up to my place en Un día en Nueva York (On the town, Stanley Donen & Gene Kelly) insistiendo nada más y nada menos que a Frank Sinatra. Un musical de Leonard Bernstein cuya mejor versión para mí es la que interpretó Mandy Patinkin, el Íñigo Montoya de La princesa prometida (The princess bride, Rob Reiner, 1987).



Betty Garrett junto a un paleto Frank Sinatra.



Retomando nuestra canción central aquí tenemos una muestra de mujer cándida pero que de tanto ir al extremo se pasa. La versión de Ann Margret llega casi hasta la obscenidad. Es casi tan impúdico como el Je t’amie, moi non plus de Gainsbourg. Ahora entiendo el impacto y la imagen proyectada de Ann Margret que veíamos como tema en un capítulo de Mad Men que se habría con su Bye, bye, Birdie (1963).











Para cortar de golpe tanta sexualidad he encontrado una versión que me lleva a muchos recuerdos de infancia y que finalmente acepto sin pelea. En esta versión  Piggy ataca al mismo Rudolf Nureyev como una versión previa de Sarah Jessica Parker atacando a Baryshnikov. Solo que Piggy da una imagen completamente distinta que Sarah y a saber a cuál mejor (ironía).







Tras tal rastreo me he dado cuenta que los americanos usan esta canción: primero, como una manera de complementar entrevistas en shows americanos como los de Johnny Cash, Megan Mullally (la Karen de Will & Grace) o los teleñecos,  hacer guiños parejiles (Elsa Lanchester y su esposo  Charles Laughton en un programa de radio) y anuncios televisivos.






Y segundo, la usan como canción navideña. ¿Tal vez por el frío que hace afuera? Porque no hace falta más que mirar la cantidad de portadas en las que los artistas cantan la canción y en todas sale el reno, el árbol, la nieve, etc.  En Elf (Jon Favreau, 2003) aprovechan la ocasión del marco navideño y la colocan, y la verdad es que no está nada mal.







Aquí la cantaba Zooey Deschanel como previo calentamiento a la versión que ha sacado hace poco ya profesionalmente con su grupo She & Him. Evidentemente un disco con canciones ¡navideñas!:  A very She & Him Christmas.






Sexo, Navidad… Menudos saltos que provoca la canción. Os dejo ahora con una versión muy nórdica que tiene un video muy inquietante aunque no ocurra nada. Un blanco y negro que recuerda al primer Polanski.







Uno de mis deseos sigue siendo cantarla a pesar de lo bueno y lo malo que se haya visto aquí pero si hay que cantar por cantar, una canción para cantar con un amigo, que es una de mis preferidas y que la cantaron dos amigos-amigos: Frank Sinatra y Sammy Davis Jr., Me and my shadow. Esta será para otro momento pero aprovechando la coyuntura terminamos con la versión de Baby, it’s cold outside de Sammy Davis Jr. y Carmen McRae porque ellos lo valen. Disfruten.